Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 15: Un nombre que nadie debía pronunciar
La campanita del Café del Puerto sonó una vez más.
Nica observó por la ventana cómo el automóvil negro en el que se habían marchado el hombre de los ojos grises y el empresario mayor desaparecía al final de la calle.
No podía quitarse de la cabeza la conversación que había escuchado.
"No podés seguir ocultándolo para siempre."
"Todavía no es el momento."
Aquellas palabras se repetían una y otra vez en su mente.
—¿En qué pensás tanto? —preguntó Marta mientras secaba unas tazas.
Nica volvió a la realidad.
—En nada...
Marta arqueó una ceja.
—Cada vez que decís "en nada", es porque estás pensando en demasiadas cosas.
Las dos sonrieron.
—¿Tan transparente soy?
—Muchísimo.
Nica soltó una risa y siguió acomodando las mesas.
Al terminar el turno del almuerzo, Marta se acercó con un delantal limpio entre las manos.
—¿Te animás a hacerme un favor?
—Claro.
—Necesito que lleves este pedido a una casa cerca del puerto. El repartidor tuvo un problema y no va a llegar.
Nica tomó la caja.
—¿Está muy lejos?
—No. Son unas diez cuadras. Vas a ver una casa blanca con un jardín enorme. Preguntá por la señora Emilia.
—Perfecto.
Era la primera vez que salía del café para hacer un reparto.
Se colocó la campera, tomó la caja y comenzó a caminar.
El aire del mar era fresco y agradable.
Mientras recorría las calles, saludó a varias personas que ya la reconocían.
—¡Hola, Nica!
—¡Buen día!
Todavía le sorprendía que la llamaran por su nombre.
En la ciudad donde había crecido, la conocían como la señorita Beaumont.
Allí simplemente era Nica.
Y le encantaba.
Después de unos minutos encontró la dirección.
Era una hermosa casa blanca rodeada de flores.
Golpeó la puerta.
Una mujer de unos setenta años abrió con una sonrisa cálida.
—¡Qué puntual!
—Buenos días. Le traje su pedido del Café del Puerto.
—Pasá un momento, querida.
Nica dudó.
—No quiero molestar.
—No molestás.
Solo necesito que me ayudes a mover una caja. Mi espalda ya no es la misma de antes.
Nica dejó el pedido sobre la mesa y la ayudó encantada.
La señora Emilia la observó con cariño.
—Tenés muy buenos modales.
—Gracias.
—¿Hace mucho vivís en Puerto Azul?
Nica sintió el impulso de inventar una historia.
Pero ya estaba cansada de mentir.
—No... llegué hace poco.
—¿Y te gusta?
Ella miró por la ventana hacia el mar.
—Muchísimo.
La mujer sonrió.
—Entonces hiciste bien en quedarte.
Hay lugares que eligen a las personas... no al revés.
Aquella frase le recordó al colgante con forma de brújula que había comprado durante el festival.
Quizá el destino realmente la había llevado hasta allí.
Antes de irse, la señora Emilia tomó una pequeña maceta con una planta de lavanda.
—Llevátela.
Nica abrió los ojos sorprendida.
—No puedo aceptarla.
—Claro que podés.
Toda casa necesita algo que le recuerde a uno que siempre hay nuevos comienzos.
Nica tomó la maceta con cuidado.
—Muchas gracias.
—Y cuando florezca... acordate de sonreír.
Al salir de la casa, decidió regresar caminando por la costanera.
Necesitaba despejar la mente.
El mar estaba especialmente tranquilo.
Las gaviotas volaban sobre el agua y algunos chicos jugaban al fútbol en la arena.
Se sentó unos minutos en el banco de siempre.
Apoyó la pequeña maceta a su lado.
—Creo que voy a ponerle "Esperanza"...
Sonrió al darse cuenta de que estaba hablándole a una planta.
En ese momento, alguien se sentó a su lado.
No hizo falta mirar.
Reconoció el perfume antes que la voz.
—No pensé encontrarte acá.
Era él.
El hombre de los ojos grises.
Vestía una camisa celeste y un pantalón oscuro. Llevaba las mangas dobladas hasta los antebrazos, como si hubiera dejado el trabajo de lado por un rato.
—Yo tampoco esperaba verte.
Él observó la maceta.
—Linda elección.
—Me la regalaron.
—Entonces cuidala.
La lavanda tarda en crecer... pero cuando florece, llena todo de perfume.
Nica sonrió.
—¿También sabés de plantas?
Él soltó una risa.
—Digamos que tuve una buena maestra.
Por unos instantes permanecieron en silencio, contemplando el mar.
Después, él habló con una serenidad que llamó la atención de Nica.
—¿Alguna vez pensaste en volver?
La pregunta cayó como un rayo.
Nica dejó de sonreír.
Su mirada se perdió en el horizonte.
—No...
Respondió con firmeza.
—Hay puertas que, cuando se cierran, deben permanecer cerradas.
El hombre la observó sin decir una palabra.
Había dolor en su respuesta.
Mucho más del que ella estaba dispuesta a mostrar.
Y, por primera vez desde que la conocía, comprendió que detrás de aquella sonrisa había una historia mucho más difícil de lo que imaginaba.
El sonido de las olas llenó el silencio que se había formado entre los dos.
Nica mantenía la mirada fija en el horizonte.
No quería volver a hablar de su pasado.
Había tardado demasiado en encontrar un poco de paz como para permitir que los recuerdos la arrastraran otra vez.
El hombre de los ojos grises tampoco insistió.
Sabía reconocer cuándo una persona necesitaba silencio en lugar de preguntas.
Después de unos minutos, tomó una pequeña piedra del suelo y la lanzó al mar.
Rebotó dos veces antes de hundirse.
—Nunca aprendí a hacer eso —dijo Nica, rompiendo el silencio.
Él sonrió.
—No es difícil.
Buscó otra piedra, esta vez más plana, y se la entregó.
—Intentá.
Nica la sostuvo entre los dedos.
La observó con atención.
—¿Y si sale mal?
—Entonces buscamos otra.
Ella respiró hondo y lanzó la piedra con todas sus fuerzas.
La piedra cayó al agua de inmediato.
Ni un solo rebote.
Nica hizo una mueca de decepción.
—Fue un desastre.
Él comenzó a reír.
No una risa burlona.
Una risa sincera.
—¿De qué te reís?
—De que pusiste la misma cara que una nena cuando pierde un juego.
Ella cruzó los brazos.
—No me estoy riendo.
—Ya lo sé.
Él tomó otra piedra.
—Mirá.
Con un movimiento suave de la muñeca, la lanzó.
La piedra rebotó cinco veces sobre la superficie antes de desaparecer.
Nica abrió los ojos con sorpresa.
—¡Eso fue increíble!
—Ahora otra vez vos.
Durante casi media hora intentaron una y otra vez.
Cada lanzamiento terminaba acompañado por risas.
Algunos salían bien.
Otros terminaban hundiéndose inmediatamente.
Pero a ninguno de los dos parecía importarle.
Por primera vez desde que escapó, Nica estaba disfrutando de un momento sin pensar en el mañana.
A unos cien metros de distancia...
Dentro del automóvil gris, el investigador bajó lentamente la cámara.
Había fotografiado toda la escena.
Las sonrisas.
Las conversaciones.
Las piedras rebotando sobre el agua.
Frunció el ceño.
Aquellas imágenes no mostraban a una heredera escondiéndose.
Mostraban a una joven viviendo la vida que siempre había querido.
Sacó el teléfono.
Buscó el número de Richard Beaumont.
Su dedo quedó suspendido sobre el botón de llamada.
Después volvió a guardarlo.
—Todavía no...
Necesitaba entender qué estaba pasando antes de informar nada.
—Creo que ya es hora de volver —dijo Nica al mirar el reloj.
—Marta debe estar esperándote.
Ella asintió.
Tomó la pequeña maceta de lavanda.
—Gracias.
Él la miró confundido.
—¿Por qué?
—Porque hoy... hacía mucho que no me reía así.
El hombre bajó la vista durante un instante.
Aquellas palabras parecieron tocar algo dentro de él.
—No me des las gracias todavía.
—¿Por qué?
—Porque todavía te debo una revancha.
Nica sonrió divertida.
—¿Una revancha?
—La próxima vez vas a lograr que la piedra rebote más veces que la mía.
Ella negó entre risas.
—Eso es imposible.
—No existe la palabra imposible.
Solo existe la falta de práctica.
Nica guardó esa frase en su memoria.
Le gustaba la manera en que aquel hombre veía la vida.
Antes de despedirse, él dio unos pasos hacia atrás.
—Nos vemos mañana.
—Como siempre.
Él sonrió.
—Como siempre.
Y se alejó caminando por la costanera.
Nica permaneció unos segundos observándolo.
No sabía casi nada sobre él.
Ni su nombre.
Ni su trabajo.
Ni su historia.
Y, sin embargo, cada vez que aparecía, conseguía que el mundo pareciera un lugar un poco más sencillo.
Cuando regresó al Café del Puerto, Marta estaba cerrando las ventanas.
—¡Al fin llegaste!
—Perdón... me entretuve un poco.
Marta observó la maceta que llevaba entre las manos.
—¿Y eso?
—Un regalo.
—Es hermosa.
Nica sonrió.
—Se llama Esperanza.
Marta soltó una pequeña carcajada.
—Hasta nombre le pusiste.
—Sí.
Creo que se lo merece.
Las dos terminaron de ordenar el local mientras conversaban sobre el festival y los clientes del día.
Todo parecía volver a la normalidad.
Pero esa tranquilidad duró muy poco.
Cuando Nica salió del café para regresar a la pensión, encontró un automóvil negro estacionado frente a la vereda.
No era un vehículo común.
Era un sedán de lujo.
Con los vidrios completamente polarizados.
El motor permanecía encendido.
Nica sintió un escalofrío.
Instintivamente dio un paso hacia atrás.
En ese mismo instante, la puerta trasera del automóvil comenzó a abrirse lentamente.
Y una voz masculina dijo con absoluta calma:
—Señorita Beaumont... por fin la encontramos.
Continuará...