—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 5 : El hombre que nunca cometía errores
...DANTE...
Si algo había aprendido desde niño era que el miedo también podía olerse.Tenía el aroma del sudor frío, del silencio y de los hombres que evitaban levantar la mirada cuando yo entraba en una habitación.
Mi padre solía decir que un líder no necesitaba ser querido, solo respetado y durante muchos años creí que ambas cosas significaban lo mismo, hasta que comprendí que el respeto nacido del miedo nunca era auténtico y aun así, seguía siendo el único idioma que este mundo parecía entender.
Eran las cinco de la mañana cuando terminé mi entrenamiento.
El gimnasio de la mansión permanecía en absoluto silencio. Dejé la toalla sobre un banco, tomé una botella de agua y me acerqué al enorme ventanal que dominaba la estancia. Desde allí contemplé los jardines, impecablemente cuidados, mientras la ciudad despertaba poco a poco bajo una luz grisácea.
Para la mayoría de las personas comenzaba un nuevo día para mí, simplemente continuaba una guerra que parecía no tener final.
Después de una ducha rápida me puse un traje gris oscuro. Elegí una corbata negra, ajusté en mi muñeca el reloj que había pertenecido a mi abuelo y comprobé, como cada mañana, que no llevaba anillos ni cadenas.
Nunca necesité adornos para demostrar quién era.
Cuando bajé al comedor, Lorenzo ya me esperaba con una carpeta entre las manos.
Llevaba doce años siendo mi mano derecha. En todo ese tiempo había aprendido a interpretar mis silencios mejor que la mayoría de las personas comprendía mis palabras.
—Buenos días, jefe.
Asentí apenas.
—¿Qué tenemos?
Dejó la carpeta sobre la mesa y comenzó el informe.
—Tres reuniones programadas. Dos cargamentos confirmados. Además, un senador quiere adelantar el encuentro de esta noche.
Abrí el expediente sin alterar el gesto, cada hoja representaba una decisión y cada decisión tenía el poder de costar una vida.
Pasé varias páginas antes de levantar nuevamente la vista.
—¿Algo más?
Lorenzo guardó silencio durante unos segundos.
No hacía falta conocerlo demasiado para entender que dudaba y solo eso bastó para captar toda mi atención.
—Encontramos al responsable de filtrar información sobre la ruta del puerto.
Cerré la carpeta con calma, eso era una buena noticia.
—¿Está seguro?
—Completamente.
No respondí enseguida.
Las decisiones importantes nunca debían tomarse con rabia ese había sido el primer error de mi padre.
Yo jamás pensaba repetirlo.
—Tráiganlo.
Una hora después lo tenía sentado frente a mí.
Temblaba.
No por las armas, ni por los hombres que lo rodeaban, temblaba por el silencio.
Siempre era el silencio el que terminaba quebrándolos.
Lo observé durante varios segundos. Era joven. Demasiado joven para haber elegido el bando equivocado.
—¿Vendiste información?
Su respiración se volvió errática antes de asentir.
—Sí.
No pregunté por qué me importará, y tampoco que lo habia incentivado hacerlo, eso al final del dia nunca cambiaba el resultado.
—¿Te arrepientes?
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro.
—Todos cometemos errores.
Sostuve su mirada.
—Es cierto.
Hice una breve pausa.
—Pero algunos errores cuestan demasiado.
Me puse de pie.
—Llévenselo.
Nunca observaba el final, ya solo dar la orden ya era una carga suficientemente pesada como para convertir la sentencia en un espectáculo.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, permanecí inmóvil durante unos segundos.
Había días en los que dirigir una organización se parecía demasiado a cargar una lápida sobre los hombros.
Lorenzo regresó poco después.
—Su madre preguntó por usted.
Miré el reloj.
Todavía tenía tiempo.
Asentí sin decir una palabra.
La residencia donde vivía estaba rodeada de jardines y árboles centenarios. Era un lugar sereno, tan silencioso que, por momentos, resultaba insoportable.
Entré en su habitación y la encontré junto a la ventana.
Tejía una bufanda que probablemente nunca terminaría.
Al escuchar mis pasos levantó la vista.
Su sonrisa seguía siendo la misma de siempre.
La misma con la que me recibía cuando era niño.
Solo que ahora ya no sabía quién era yo.
—Buenos días, mamá.
Sus ojos se iluminaron con una ternura desconocida.
—Qué amable eres por venir a visitarme.
Hizo una pequeña pausa antes de preguntar:
—¿Eres nuevo aquí?
Sentí el mismo dolor de siempre.
La enfermedad no solo estaba borrando sus recuerdos.
Me estaba borrando a mí.
Aun así, me acerqué y besé con cuidado su frente.
—Sí.
Forcé una pequeña sonrisa.
—Soy un viejo amigo.
Ella tomó mi mano con delicadeza.
—Me alegra que hayas venido.
Hoy me siento menos sola.
Aquellas palabras atravesaron todas las armaduras que había construido durante años.
Nos sentamos junto a la ventana.
Le leí algunas páginas de su libro favorito, hablamos del jardín, del clima y de los pájaros que se posaban en los árboles cada mañana.
Nunca hablamos de mí.
Porque ella ya no recordaba que alguna vez fui su hijo.
Cuando abandoné la residencia respiré profundamente, como si necesitara volver a aprender a hacerlo.
Había sobrevivido a balas, traiciones y ríos de sangre.
Había enterrado amigos.
Había visto hombres suplicar de rodillas.
Pero jamás aprendí a sobrevivir al hecho de que mi propia madre me mirara como si fuera un desconocido.
Al caer la tarde regresé a la mansión.
Lorenzo ya me esperaba en el recibidor.
—Todo está listo para la reunión privada.
Mientras ajustaba los gemelos de la camisa, hice la única pregunta que faltaba.
—¿La acompañante?
—Ya quedó reservada.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—La mejor del club. Tal como usted pidió.
Asentí.
No me interesaban los nombres.
Aquella mujer solo debía ayudarme a mantener una imagen impecable durante una reunión donde las apariencias valían mucho más que la verdad.
Tomé las llaves del automóvil y, antes de salir, observé mi reflejo en el enorme espejo del recibidor.
Había construido un imperio tomando siempre la decisión correcta.
Nunca improvisaba.
Nunca dejaba cabos sueltos.
Nunca aceptaba errores.
Lo que aún no sabía era que esa noche el destino había decidido cometer uno en mi nombre.
Y sería el único error capaz de cambiar mi vida para siempre.