Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
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Axel
Para Axel, la noche en el almacén de carga había sido, en una palabra, insoportable. No porque fuera difícil —espantar a rastreadores de pacotilla era como espantar moscas para un guerrero de su calibre—, sino porque el aburrimiento era su criptonita. Se había pasado horas sentado en una viga de acero oxidado, balanceando sus botas favoritas sobre la cabeza del padre de Luciana, mientras silbaba melodías prohibidas del Limbo.
Cada vez que el hombre flaqueaba, Axel bajaba con un suspiro dramático y apoyaba una mano invisible en la caja que el viejo intentaba levantar. «Venga, humano, que esto no pesa ni la mitad que mi ego», murmuraba con una sonrisa torcida. Había canalizado corrientes de aire celestial para refrescar el ambiente viciado del almacén y había marcado el suelo con runas de protección invisibles que hacían que cualquier sombra maligna que intentara entrar saliera disparada como si hubiera tocado un cable de alta tensión.
Pero lo que realmente ocupaba la mente de Axel mientras regresaba a la casa de Luciana al amanecer no eran los demonios, sino ella.
Había entrado en la casa atravesando la pared de la cocina, todavía con la adrenalina de la noche eléctrica en las venas, esperando encontrar a la "pequeña guerrera" asustada o hecha un manojo de nervios. En lugar de eso, la vio aparecer por el pasillo, con el cabello alborotado por el sueño y esa mirada de "no me hables hasta que tome café" que le resultaba extrañamente humana y terriblemente linda.
«Joder, Axel, concéntrate», se regañó a sí mismo mientras la observaba desde las sombras.
Había algo en la luz de la mañana que suavizaba los rasgos de Luciana. Ya no era la chica aterrorizada del club; era una mujer joven que, a pesar de tener el peso del mundo (y de su padre) sobre los hombros, conservaba una dignidad que a él le fascinaba. La vio sonreír al escuchar a su padre silbar, y esa pequeña curva en sus labios hizo que el corazón eterno de Axel diera un vuelco que no estaba en el manual de instrucciones del Consejo.
"Se ve... jodidamente real", pensó él, apoyado en la nevera mientras la estudiaba. Le gustaba cómo fruncía el ceño al soplar el café, y cómo su piel, ahora que él le había dado un poco de su energía, parecía brillar con una luz propia, mucho más pura que cualquier cosa que él hubiera visto en el Cielo.
Por un segundo, Axel se olvidó de las guerras, de los fugitivos del Séptimo Círculo y de sus propias quejas. Solo quería quedarse allí, invisible, viendo cómo ella recuperaba la esperanza. Pero el deber (y su propia naturaleza dramática) lo llamaba. No podía permitirse ser "el ángel tierno". Él era el chico malo, el que rompía ventanas y peleaba sucio.
—¿"Los ángeles se han acordado"? —soltó finalmente, materializando su voz con ese tono de superioridad que usaba como armadura.
Quería que ella lo viera impecable, como si no hubiera pasado toda la noche cargando cajas invisibles. Quería que ella viera que él era el control en medio de su caos. Pero por dentro, mientras ella le daba las gracias con esa mirada sincera, Axel sintió que su máscara de sarcasmo se agrietaba un poco más.
"Si sigue mirándome así, voy a terminar haciendo algo realmente estúpido, como ser un ángel de verdad", se dijo, obligándose a señalar hacia la ventana para romper el momento.
Se acabó el desayuno —sentenció Axel con una seriedad que no admitía réplicas—. Tenemos trabajo.
Luciana lo miró de arriba abajo, todavía con la taza de café a medio camino de la boca, y arqueó una ceja.
—¿Trabajo? Axel, no sé si en el cielo tienen calendario, pero aquí abajo es martes. Se te olvida que tengo que ir a la escuela —dijo ella, dejando la taza en la mesa con un golpe seco—. No puedo faltar, es mi último año y si quiero ir a la universidad en la ciudad...
Axel soltó una carcajada seca, una de esas risas que suenan a cristales rotos y libertad, y caminó hacia ella hasta quedar a escasos centímetros. Su aroma a ozono y lluvia llenó el espacio personal de Luciana, obligándola a levantar la barbilla.
—Créeme, la escuela es lo de menos ahora mismo, pequeña guerrera —le susurró, inclinándose hacia ella con una sonrisa peligrosa—. A menos que tu profesor de álgebra sepa cómo desterrar a un devorador de almas con un compás, no vas a aprender nada útil allí hoy. El pueblo está "sucio", Lu. Esas cosas que ves en las sombras no se van a quedar mirando mientras tú haces exámenes. O aprendes a usar ese brillo que llevas dentro, o no habrá universidad, ni ciudad, ni mañana.
La agarró suavemente de la muñeca, justo sobre la marca del pacto, y ella sintió un chispazo de calor que le recorrió el brazo.
—Tu educación empieza ahora —continuó él, sus ojos dorados brillando con una intensidad salvaje—. Y el aula va a ser la calle. Así que deja el café y muévete, porque el primer "alumno" que vamos a cazar ya está esperándonos en el mercado
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