Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9
Dante
Todo lo que Vera había dicho me había dejado incómodo.
No por incredulidad. Todo lo contrario.
Le creía. Ciegamente.
Yo más que nadie sabía cómo era Tobías. Conocía su ego, su capacidad para destruir sin ensuciarse las manos, y hasta dónde podía llegar cuando algo no salía como él quería. Tenía demasiadas preguntas para Vera, demasiadas piezas que no encajaban… pero ese ruido había cambiado el foco.
Fue seco. Metálico. Violento.
Caminé hacia la puerta de su habitación de inmediato. Miré el reloj: 6:00 p. m.
Marcus empezó a llorar.
—¿Dónde está el niño? —preguntó Vera, alarmada.
—En mi habitación.
No terminó de escucharme. Pasó a mi lado y lo tomó en brazos con una naturalidad que me sorprendió. Marcus se aferró a su cuello.
—¿La bruja? —dijo, medio dormido.
Vera me miró, arqueando una ceja.
—No sé de qué habla —mentí, con descaro.
Bajé las escaleras. Ella venía detrás.
—Quédate arriba —le dije.
—No —respondió sin dudar—. ¿Y si es alguien y se mete por la ventana? Tú eres el más grande aquí.
Rodé los ojos.
—Bien. Pero no te alejes.
Todo parecía normal. Demasiado normal. Revisé los alrededores de la casa, los galpones cercanos, el perímetro inmediato. Nada fuera de lugar… hasta que lo vi.
La planta eléctrica.
La que garantizaba energía a la mina por la noche.
La que mantenía los sistemas de seguridad básicos.
Estaba destruida.
No dañada. No averiada.
Saboteada.
—Dante… —dijo Vera en voz baja—. Esto es sabotaje.
—Lo sé.
Me agaché a revisar. Cortes limpios. Herramientas. Intención.
—Tenemos que revisar la entrada y salida de cada empleado —continué—. Hoy mismo.
—Yo puedo hacerlo —dijo ella—. Conozco los horarios.
—Hazlo. Y necesitamos otra planta. Traeré la de repuesto.
Entramos de nuevo. Vera no soltaba a Marcus, cosa que agradecí más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—También deberíamos comprar perros —dijo—. De cacería. Canne corso… o pastores milaneses.
La miré.
—Es una buena opción.
—Y circuito cerrado de televisión —añadió—. Entre antes, mejor.
—Ya lo pensé. Mañana traen los paneles solares para iluminar las vías internas. Pero no es suficiente.
Marcus había dormido mucho en la tarde y ahora tenía demasiada energía. Yo solo quería estar acostado viendo deportes, pero la realidad tenía otros planes.
—¿Tienes hijos? —preguntó Vera, de repente.
—No.
—¿Quieres tener hijos?
—No.
Sonrió.
—¿Qué? —pregunté.
—Pensé que, como tienes un sobrino y lo tratas con tanto amor…
—No —la interrumpí—. No es una opción. No me gustan los niños.
Ella volvió a sonreír. Como si no me creyera del todo.
Hablamos de cosas mundanas. De la finca. Del clima. De la comida horrible del pueblo. Me sorprendió lo fácil que fluía la conversación cuando no estábamos atacándonos.
—Tobías terminó contigo, ¿no? —pregunté.
—Su matrimonio se anunció en el periódico local —respondió—. Ahí terminó todo.
Apreté la mandíbula.
—Qué hijueputa.
—Sí —dijo—. Eso pensé yo.
Marcus me miró y trató de repetir la palabra.
—Hiju…puta.
—No —dije rápido—. Eso no.
Marcela me va a matar.
Pero la calma no duró.
Un ruido de motor se escuchó a lo lejos. Luces acercándose lentamente por el camino principal.
Me levanté de inmediato.
—Apaga las luces interiores —le dije a Vera—. Ahora.
—¿Qué pasa?
—Confía en mí.
Ella obedeció.
Me acerqué a la ventana lateral. Una camioneta oscura se detuvo a varios metros del portón. No entró. No tocó. Solo se quedó ahí… observando.
Demasiado tiempo.
Saqué el teléfono. Revisé los mensajes.
Uno nuevo.
Número desconocido.
La finca no les pertenece.
Váyanse antes de que esto empeore.
Sentí una sonrisa lenta, peligrosa, formarse en mi rostro.
—Vera —dije, sin apartar la vista del exterior—. Tenemos compañía.