Sin spoiled
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Capitulo 9
Narrador: Mateo Ubicación: Residencia de los Velázquez / Habitación de Leo
El comedor de mi casa siempre me ha parecido un escenario de teatro mal iluminado. Mi padre, Roberto, cree que la elegancia es sinónimo de penumbra. La lámpara de araña sobre la mesa de caoba proyectaba sombras alargadas que hacían que mis padres parecieran dos desconocidos sentados a kilómetros de distancia.
El único sonido era el de los cubiertos chocando contra la porcelana. Un tintineo metálico, rítmico, insoportable.
—¿Cómo ha ido el primer día tras la suspensión, Mateo? —preguntó mi padre sin levantar la vista de su filete. Su voz era como una lija fina.
—Igual que el último, papá. Calor, clases aburridas y gente que no sabe cerrar la boca —respondí, moviendo un guisante por el plato con el tenedor.
—Curioso —mi padre dejó el cuchillo. El sonido contra el plato resonó como un mazo—. Porque a mí me han llegado historias diferentes. He estado esta tarde en el club con el señor García, el padre de Bruno.
Mi madre, que hasta entonces fingía estar muy interesada en su copa de vino, se tensó.
—Roberto, por favor, estamos cenando —murmuró ella, lanzándome una mirada de advertencia.
—No, Lucía. Estamos intentando salvar lo que queda de nuestro nombre en esta ciudad —mi padre se inclinó hacia adelante. La luz de la lámpara acentuaba las arrugas de su frente—. Me dicen, Mateo, que no solo eres un busca-pleitos, sino que estás involucrado en asuntos mucho más... oscuros. Tráfico. Drogas. Y que usas a un chico de los barrios bajos para mover tu mercancía.
Me eché a reír. Fue una risa seca, involuntaria.
—¿En serio, papá? ¿Te crees las gilipolleces que cuenta un tipo cuyo hijo tiene la nariz torcida porque no sabe pelear como un hombre?
—¡No me hables así! —gritó, dando un puñetazo en la mesa que hizo saltar las copas—. No es solo Bruno. Hay rumores por todo el colegio. La directiva está preocupada. He tenido que asegurarles que son solo calumnias, pero me han dicho que te ven constantemente con ese... Candelario. Un chico con un expediente dudoso y una familia que... bueno, ya sabemos de dónde vienen.
—No sabes nada de Leo —dije, apretando los dientes—. Y su familia es mil veces más honesta que la mayoría de los que van a tu club de golf.
—Escúchame bien —mi padre bajó la voz, lo cual era siempre mucho más peligroso que sus gritos—. No hemos vuelto aquí para que arruines nuestras oportunidades de negocio. Mañana vas a ir al colegio, vas a pedir disculpas a Bruno delante de todos y vas a dejar de hablar con ese chico. Ni en el recreo, ni por mensaje, ni por la calle. Se acabó.
—No voy a hacer eso.
—¡Es una orden! —mi madre se tapó la boca con las manos. Mi padre se levantó, rodeando la mesa hasta quedar a pocos centímetros de mí—. Estás bajo mi techo. Mientras yo pague tus caprichos y tu ropa, haces lo que yo diga. Ese chico es veneno para tu imagen. Es basura, Mateo. Y si te juntas con la basura, acabas oliendo igual.
—Prefiero oler a basura que a la hipocresía que destilas tú —me levanté, tirando la silla hacia atrás—. Leo es la única persona real en este agujero de ciudad. Y no voy a dejarlo solo porque tú tengas miedo de lo que piensen tus amigos ricos.
—Si sales por esa puerta para ir a verle —dijo mi padre, con una frialdad glacial—, no te molestes en volver esta noche. Y mañana vendrás conmigo a la oficina para tramitar tu traslado a un internado militar en el norte. Se acabó el juego, Mateo.
Miré a mi madre. Busqué un rastro de apoyo. Ella bajó la vista al mantel.
—Vete a la mierda, papá —susurré.
Agarré mi chaqueta de cuero del respaldo y salí del comedor. Escuché a mi padre gritar mi nombre, escuché algo romperse —quizás una jarra, quizás su paciencia—, pero no me detuve.
Cerré la puerta principal con un estruendo que sacudió los cristales.
Afuera, el cielo se había desplomado. Una tormenta tropical, de esas que parecen el fin del mundo, estaba azotando las calles. En diez segundos estaba empapado hasta los huesos. El agua estaba tibia, pero el viento me calaba.
No tenía llaves del coche. No tenía dinero para un taxi. Empecé a correr.
Corrí por las avenidas iluminadas, por debajo de los balcones que goteaban, esquivando los charcos que ya eran ríos. Mis pulmones ardían. La rabia me empujaba, una gasolina pura que me hacía ignorar el dolor de mis costillas aún resentidas por la pelea.
Cuando llegué al barrio de San Antonio, las luces eran más escasas. El barro se mezclaba con el agua de lluvia. Los perros ladraban desde los techos de zinc.
Llegué a la casa azul. La verja estaba cerrada. Las luces de la planta baja estaban apagadas, pero en la ventana superior, la de Leo, había un brillo tenue, amarillento.
Recogí un puñado de gravilla mojada y la lancé contra el cristal.
Tac. Tac.
Esperé. El ruido de la lluvia era ensordecedor. Lancé otro puñado.
La ventana se abrió. Leo asomó la cabeza, despeinado, con una camiseta vieja de una banda de rock. Sus ojos se abrieron de par en par al verme allí abajo, bajo el diluvio, tiritando y con la ropa pegada al cuerpo.
—¿Mateo? —gritó para hacerse oír—. ¡Estás loco! ¡Te vas a enfermar!
—¡Ábreme, Leo! —grité de vuelta, con los dientes castañeando—. ¡Por favor!
Un minuto después, la puerta de abajo se abrió con un chirrido. Leo me agarró del brazo y me tiró hacia dentro, cerrando la puerta con prisa. El silencio de la casa, roto solo por el goteo de mi ropa sobre el suelo de madera, fue casi doloroso.
—Dios mío, Mateo... —Leo me miraba con horror—. Estás azul. Ven, sube rápido antes de que mi madre se despierte.
Subimos las escaleras de puntillas. Entramos en su cuarto, el pequeño santuario de bocetos y carboncillo. Leo cerró la puerta y echó el pestillo.
—Quítate eso —ordenó, sacando una toalla de un armario—. Ahora mismo. Te voy a traer algo seco.
Me quité la chaqueta y la camiseta empapada. El frío me golpeó de golpe. Leo me lanzó la toalla y me froté la cabeza con fuerza. Me sentía aturdido, como si la lluvia me hubiera lavado el cerebro.
—Toma —Leo me pasó unos pantalones de chándal grises y una sudadera negra—. Son grandes, me los regaló mi primo, te valdrán.
Me cambié de espaldas a él. Cuando terminé, me senté en el suelo, apoyado contra la cama. La adrenalina se estaba evaporando, dejando paso a un agotamiento absoluto.
Leo se sentó frente a mí. Me miró la cara.
—¿Qué ha pasado? —preguntó en voz baja—. Tu padre, ¿verdad?
—Lo sabe todo, Leo. O mejor dicho, cree que lo sabe todo. Bruno le ha contado a su padre que soy un narcotraficante y que tú eres mi cómplice. Dice que soy basura. Que tú eres basura.
Leo bajó la vista. Empezó a juguetear con el borde de la alfombra.
—Lo sabía —susurró—. Sabía que esto llegaría a tu casa. Mateo, tienes que irte. Tienes que volver y decirles que es verdad, que yo te obligué, o lo que sea. No puedes perder a tu familia por mí.
—¿De qué hablas? —le agarré las manos. Estaban heladas—. Mi familia murió hace mucho tiempo, Leo. Solo queda un hombre que quiere controlar mi vida para no quedar mal en su club de golf. Me ha amenazado con un internado militar.
—¿Un internado? —Leo levantó la vista, el pánico reflejado en sus ojos—. No... no pueden hacer eso.
—Pueden —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. Pero no les voy a dejar. No voy a volver allí, Leo. No esta noche. No sé si volveré nunca.
El silencio se estiró entre nosotros. Fuera, un trueno hizo vibrar los cristales. Leo no soltó mis manos. Al contrario, apretó con más fuerza.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó.
—No lo sé. Solo sé que aquí, contigo, es el único sitio donde no siento que tengo que estar a la defensiva. En tu cuarto... con tus dibujos... me siento real.
Leo se acercó un poco más. Nuestras rodillas se tocaban. El aroma a alcohol de limpiar y a grafito de su habitación me envolvió.
—Mateo —dijo, su voz apenas un susurro—. ¿Por qué yo? Hay mil chicos más fáciles. Chicos con casas bonitas, con reputaciones limpias. ¿Por qué te empeñas en quedarte aquí, en el barro, conmigo?
—Porque tú ves las cosas, Leo —respondí, mirándolo fijamente—. Todo el mundo mira la superficie. Tú dibujas lo que hay debajo. Me dibujas como si fuera alguien que vale la pena salvar. Y por primera vez en mi vida, quiero creer que tienes razón.
Leo soltó un suspiro tembloroso. Se inclinó hacia adelante. Estábamos tan cerca que podía contar las pestañas de sus ojos.
—Yo no te salvo, Mateo —dijo—. Tú te salvas solo. Yo solo... sujeto la luz para que veas por dónde vas.
—Pues no la sueltes —le pedí—. Por favor, no la sueltes.
En ese momento, la distancia que habíamos mantenido en el callejón de la discoteca desapareció. No hubo dudas. No hubo miedo al qué dirán. Fue una colisión inevitable.
Fue Leo quien acortó los últimos milímetros. Sus labios rozaron los míos, con una timidez que se derritió en el instante en que le respondí.
El beso sabía a lluvia y a desesperación. Fue un choque de dientes, un suspiro compartido, una urgencia que llevaba años cocinándose en las sombras de nuestros mensajes nocturnos. Sus manos subieron a mi nuca, enredándose en mis rizos húmedos, mientras las mías buscaban su cintura, pegándolo a mí como si intentara fusionar nuestras gravedades.
Nos separamos un segundo, jadeando, pero no nos alejamos.
—¿Mateo? —susurró él contra mi boca, su voz rota—. Esto... esto va a hacerlo todo mucho más difícil.
—Lo sé —respondí, volviendo a buscar sus labios—. Lo sé.
Esta vez el beso fue más lento, más profundo. Me dejé caer hacia atrás, arrastrándolo conmigo sobre la alfombra vieja. El mundo exterior —Bruno, mi padre, los rumores, el instituto— dejó de existir. Solo existía el calor de su cuerpo sobre el mío, el tacto de su piel y el sonido de nuestras respiraciones compitiendo con la tormenta.
Pasamos el resto de la noche así, hablando en susurros sobre la alfombra, rodeados de arte. Me contó historias de sus dibujos, de cómo imaginaba que yo vivía en Barcelona. Yo le conté la verdad sobre mi soledad allí.
—Mi padre dice que el arte es un hobby para gente que no tiene nada mejor que hacer —dije, mirando un boceto de un árbol seco—. Dice que es una debilidad.
—Tu padre no sabe lo que es la fuerza —respondió Leo, trazando con su dedo las líneas de mi mano—. Crear algo de la nada... eso es poder, Mateo. Destruir es fácil. Cualquier idiota puede romper una nariz. Pero dibujar lo que sientes... eso es lo que asusta a la gente como él.
Cerca de las cinco de la mañana, la lluvia amainó. El gris del amanecer empezó a filtrarse por la ventana.
—Tienes que descansar —dijo Leo, levantándose y ofreciéndome la mano—. Duerme en mi cama. Yo me quedaré en el suelo.
—Ni hablar —me levanté, sintiendo que cada músculo de mi cuerpo protestaba—. Cabemos los dos. Si tu madre entra, diré que soy un fantasma.
Leo sonrió, esa sonrisa que era mi única brújula.
Nos tumbamos en la cama estrecha. Me dio la espalda y yo me pegué a él, pasando un brazo por su cintura. Enterré la cara en su cuello, respirando su olor.
—¿Mateo? —susurró él, antes de quedarse dormido.
—¿Dime?
—Pase lo que pase mañana... gracias por venir.
—No tenía otro sitio adonde ir, Leo.
Me quedé mirando la pared hasta que la luz del sol iluminó los dibujos. Sabía que en unas horas el teléfono empezaría a sonar. Sabía que mi padre vendría a buscarme. Sabía que Bruno tendría preparadas nuevas mentiras.
Pero mientras sentía el corazón de Leo latiendo contra mi brazo, supe que ya no era un náufrago. Tenía una isla. Y por primera vez, estaba dispuesto a luchar una guerra de verdad para no perderla.