Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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La pieza que faltaba
El silencio después del ataque fue más peligroso que el ataque mismo.
Isabella no volvió a escribir. No llamó. No apareció.
Eso significaba que estaba reorganizando.
Yo no.
Yo estaba lista.
El departamento de Adrián estaba en penumbra cuando llegué esa noche. No toqué. Él abrió casi de inmediato, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta.
—Entró en pánico —dijo sin saludar.
—¿Isabella? —pregunté.
—Movió dinero hoy. Más de lo habitual. Y llamó a dos miembros del consejo.
Cerró la puerta detrás de mí y caminó hacia la mesa donde tenía varios documentos extendidos.
—Encontré el documento original del traslado —continuó—. No solo la firma correcta. También el motivo real.
Me acerqué.
El papel estaba ahí. Oficial. Sellado. Irrefutable.
—Intentaron cambiar la causa del accidente —dijo—. No fue negligencia. Fue sabotaje.
Sentí el aire abandonar mis pulmones lentamente.
—Lo sé.
Adrián me miró.
—Lo sabes.
No era una pregunta. Era confirmación.
El momento había llegado.
Me senté frente a él. No temblaba. No dudaba. Solo respiraba más lento de lo normal.
—Valeria no murió en ese accidente —dije.
El mundo se detuvo.
Adrián no se movió. Ni un músculo.
—Repite eso —dijo en voz baja.
Lo miré. Directo. Sin máscara.
—Valeria no murió.
El golpe no fue externo. Fue interno. Lo vi en sus ojos. En la forma en que su mandíbula se tensó, en cómo sus manos se cerraron apenas sobre la mesa.
—No juegues conmigo —susurró.
—Nunca lo haría con esto.
El silencio que siguió fue brutal.
—Entonces dime dónde está —exigió.
Respiré hondo.
—Aquí.
No hubo grito. No hubo dramatismo.
Solo un segundo largo en el que su mente intentó encajar lo imposible.
—No —dijo finalmente.
—Sí.
Me levanté despacio.
—Sobreviví. Con ayuda de Lucía. Isabella alteró los reportes. Declaró muerte inmediata. Cerró el caso antes de que nadie pudiera revisar nada.
Adrián retrocedió un paso, como si necesitara distancia para no caer.
—Eso es imposible —murmuró—. Yo… yo vi…
—Viste lo que ella permitió que vieras.
Sus ojos se clavaron en mi rostro. Buscando. Recordando.
—No… —repitió, pero esta vez no sonó convencido.
—Cambió el informe. Manipuló la escena. Te protegió del escándalo… y me borró.
El silencio era tan pesado que dolía.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
—Porque yo sabía algo —respondí—. Algo que ella no podía permitir que saliera a la luz.
Adrián respiraba más rápido ahora.
—¿Por eso volviste?
—Sí.
—¿Por venganza?
La palabra quedó suspendida.
—Por justicia.
Se acercó lentamente. Muy lentamente. Hasta quedar frente a mí.
—Mírame —dijo.
Lo hice.
Sus manos se elevaron despacio, como si tocarme fuera atravesar un espejismo. Sus dedos rozaron mi rostro con una delicadeza casi dolorosa.
—Dime tu nombre —susurró.
El aire tembló.
—Valeria.
La palabra rompió algo en él.
No lloró. Adrián nunca fue de lágrimas visibles. Pero sus ojos se llenaron de una emoción cruda, desarmada.
—Estás viva… —murmuró, incrédulo.
—Sí.
El siguiente segundo fue inevitable.
Me abrazó.
No con deseo. No con impulso.
Con necesidad.
Sus brazos me rodearon como si temiera que desapareciera otra vez. Como si el mundo pudiera arrancarme si no me sostenía con suficiente fuerza.
Y yo… yo me dejé sostener.
—Pensé que te había perdido —susurró contra mi cabello.
—Lo hiciste —respondí—. Pero no como crees.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Ambos nos separamos apenas para mirar la pantalla.
Un mensaje.
Isabella: Sé que ya lo sabe. Esto acaba de empezar.
El abrazo se tensó.
Porque ahora no había máscaras.
No había mentiras a medias.
La verdad estaba expuesta.
Y la guerra… oficialmente declarada.