Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 18: Un Sentimiento A Flor De Piel
A las diez en punto de la mañana, el doctor Benavides llegó puntualmente al despacho. Tras una reunión detallada en la que revisó la citación enviada por los familiares de la fallecida amante de Fernando, el abogado fue categórico: la ley amparaba por completo a Renata y a sus hijos legítimos. Tras asegurarles que él mismo se encargaría de responder formalmente la demanda para congelar cualquier pretensión de la otra parte, se despidió dejando un ambiente de inmenso alivio en la oficina.
Al quedarse a solas, la tensión que Renata había acumulado durante días pareció disiparse por completo. Ricardo, al notar el cambio en su rostro, no pudo evitar sonreír con satisfacción.
—Se lo dije, Renata. No había nada de qué preocuparse —comentó él, rodeando el escritorio con elegancia.
—No tengo palabras para agradecerle, señor Del Solar. De verdad... me ha devuelto la tranquilidad —respondió ella con la voz entrecortada por la emoción, mirándolo con profunda gratitud.
—Para celebrar esta buena noticia, me gustaría invitarla a almorzar —propuso Ricardo con tono cálido—. Se lo merece.
Renata se ruborizó de inmediato y bajó la mirada con timidez.
—Le agradezco mucho la intención, señor, pero... prefiero quedarme a adelantar el archivo de los informes trimestrales. Están un poco desordenados en el estante superior y me gustaría dejar todo impecable antes de terminar el día.
Ricardo la observó unos segundos, admirando una vez más su dedicación, y asintió suavemente.
—Está bien, no la voy a presionar. Pero el café... o mejor dicho, el postre, corre por mi cuenta más tarde.
Pasadas las tres de la tarde, el piso presidencial se encontraba en absoluto silencio. Ricardo trabajaba concentrado en su computadora cuando escuchó un leve ruido proveniente del cuarto de archivo contiguo a la recepción. Curioso, se puso de pie y caminó despacio hacia allá.
Al asomarse por la puerta, vio a Renata subida en el último peldaño de una pequeña escalera de madera. Llevaba los brazos estirados intentando alcanzar una carpeta pesada ubicada en el tramo más alto del estante.
—Renata, tenga cuidado, eso está muy alto. Deje que la ayude —advirtió Ricardo, dando unos pasos hacia ella.
—No se preocupe, señor, ya casi la tengo... —respondió ella, poniéndose en puntillas.
Pero justo al rozar el lomo del archivador, la gruesa carpeta cedió bruscamente, haciendo que Renata perdiera el equilibrio. Un ahogado grito de sorpresa se le escapó de los labios cuando el pie se le resbaló del peldaño.
—¡Renata! —exclamó Ricardo reaccionando con la rapidez de un reflejo.
En una fracción de segundo, él avanzó y la atrapó en el aire antes de que impactara contra el suelo. El peso de ella lo hizo retroceder un paso, pero logró sostenerla con firmeza, rodeándole la cintura con sus brazos fuertes mientras la espalda de Ricardo quedaba apoyada contra la pared lateral del archivo. Las carpetas cayeron al piso con un golpe sordo, pero ninguno de los dos escuchó el ruido.
El tiempo pareció detenerse por completo.
Renata, con el corazón latiéndole desbocado a mil por hora contra el pecho, se aferró instintivamente a los hombros de Ricardo. Cuando abrió los ojos, se encontró a escasos centímetros del rostro de su jefe. Sentía la calidez de su respiración agitada rozándole las mejillas y los labios.
Ricardo no la soltó. Su mano derecha permaneció firme en la cintura de Renata, mientras la otra ascendió despacio, con una delicadeza infinita, hasta posarse en la mejilla de ella para apartarle un mechón de cabello que le cubría el rostro.
—¿Se encuentra bien? —susurró él con una voz grave, profunda y cargada de una ternura que le erizó la piel a Renata.
—Sí... sí, señor... gracias a usted —alcanzó a murmurar ella, incapaz de apartar la mirada de los ojos oscuros de Ricardo, que ahora descendían involuntariamente hacia sus labios.
La cercanía era embriagadora. Por primera vez en quince años, Ricardo sintió un deseo genuino y abrasador de besar a una mujer; y por primera vez en toda su vida, Renata experimentó el peso de una mirada masculina llena de verdadero deseo y respeto, sin mentiras de por medio.
Ricardo inclinó lentamente la cabeza, acortando la mínima distancia que los separaba. Renata cerró los ojos por un instante, con los labios entreabiertos, esperando el roce que estaba a punto de suceder...
Renata en este momento camina entre nubes y es muy feliz.
Ricardo con fuegos artificiales hizo su propuesta de pedirle matrimonio a Renata y por supuesto fue un si rotundo.
Todo muy bien Ricardo pero ya tu familia y tu hija lo saben 🤔🤔🤔❓❓❓❓❓❓
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.