Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 9: Un sí para siempre
Oriana.
Las semanas siguientes pasaron entre preparativos, emociones y una felicidad que todavía me costaba creer.
Jonás había recibido finalmente su título. El día de la ceremonia de graduación lo acompañé orgullosa, sosteniendo su mano mientras celebrábamos el resultado de tantos meses de esfuerzo. Sin embargo, aquel logro también significaba que su regreso a casa estaba cada vez más cerca.
Pero ya no tenía miedo de separarme de él.
Ahora tenía una promesa: nos iríamos juntos.
Jonás había organizado todo para que nos casáramos antes de viajar. Quería una boda por lo civil, sencilla y privada, sin grandes celebraciones ni demasiados invitados. Al principio me sorprendió la rapidez con la que había preparado cada detalle, pero cuando me explicó que quería comenzar nuestra nueva vida como esposos, terminé aceptando.
Los testigos serían Lisandro, su compañero de universidad, y Camila, mi compañera de la cafetería. Ambos habían recibido la noticia con mucha emoción y se habían ofrecido a acompañarnos.
Jonás también se había encargado de comprarme el vestido, los zapatos y un pequeño ramo de flores. No me permitió elegir nada; insistió en que quería darme esa sorpresa.
La noche anterior apenas pude dormir.
Estaba a punto de casarme con el hombre que había llegado inesperadamente a mi vida y que, en unos pocos meses, se había convertido en alguien indispensable para mí.
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Jonás.
Aquella mañana me desperté con una sensación difícil de describir.
Finalmente iba a casarme con Oriana.
Había organizado todo con discreción. Solo quería tenerla frente a mí y escucharla aceptar convertirse en mi esposa.
Lisandro me había ayudado con algunos detalles y, aunque no dejaba de bromear sobre lo rápido que había pasado de ser un estudiante a un hombre casado, sabía que estaba feliz por mí.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto tan pronto? —me preguntó mientras terminábamos de prepararnos.
Lo miré con una sonrisa.
—Nunca he estado tan seguro de algo.
—Entonces, felicidades, amigo. Espero que sepas en lo que te estás metiendo.
Solté una carcajada.
—Créeme, sé perfectamente lo que quiero.
Y lo que quería era a Oriana.
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Oriana.
Cuando llegué al lugar donde se celebraría la ceremonia, Camila ya me estaba esperando.
—¡No puedo creer que hoy te cases! —exclamó, abrazándome—. ¡Nuestra compañera de la cafetería se nos casa!
Me reí, aunque los nervios me estaban consumiendo.
—Yo tampoco puedo creerlo.
—¿Estás feliz?
Miré el anillo de compromiso que llevaba en mi dedo y sonreí.
—Muchísimo.
Jonás había llegado antes que nosotras. Cuando entré y nuestras miradas se encontraron, me regaló una sonrisa que consiguió tranquilizarme.
Se acercó, tomó mi mano y besó suavemente mis nudillos.
—Estás aquí, pelirroja.
—Te dije que estaría.
—Y espero que sigas diciéndomelo durante muchos años.
—Eso dependerá de cómo te portes como esposo.
Jonás soltó una carcajada y me rodeó la cintura.
—Haré mi mejor esfuerzo.
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Jonás.
La ceremonia comenzó poco después.
Nos ubicamos frente al funcionario encargado de oficializar nuestro matrimonio. Lisandro y Camila permanecieron a nuestro lado como testigos.
Por primera vez en mi vida, sentí que algo realmente importante estaba sucediendo y que no necesitaba nada más que aquella mujer frente a mí.
El funcionario comenzó a explicar brevemente el procedimiento y después dirigió su atención hacia nosotros.
—Señor Jonás O’Neil, ¿acepta usted a la señorita Oriana Blanco como su legítima esposa, comprometiéndose a cumplir con los deberes y responsabilidades que establece el matrimonio?
Miré a Oriana.
Ella me observaba con una sonrisa nerviosa y los ojos brillantes.
—Sí, acepto.
El funcionario se volvió hacia ella.
—Señorita Oriana Blanco, ¿acepta usted al señor Jonás O’Neil como su legítimo esposo, comprometiéndose a cumplir con los deberes y responsabilidades que establece el matrimonio?
Oriana respiró profundamente.
—Sí, acepto.
Sonreí. Aquellas dos palabras eran todo lo que necesitaba escuchar.
El funcionario nos indicó que debíamos proceder con las firmas. Primero firmamos los documentos correspondientes y después lo hicieron Lisandro y Camila, quienes quedaron registrados como nuestros testigos.
Cuando terminamos, el funcionario revisó los documentos y finalmente anunció:
—Habiéndose cumplido con los requisitos correspondientes y contando con el consentimiento de ambos, quedan legalmente unidos en matrimonio. Felicidades a los nuevos esposos.
Camila comenzó a aplaudir emocionada y Lisandro hizo lo mismo.
Yo apenas podía apartar los ojos de mi esposa.
—Ya eres mi mujer —murmuré, acercándome a ella.
—Y tú eres mi esposo.
—¿Puedo besarte?
Oriana sonrió.
—No tienes que pedir permiso para eso.
La tomé suavemente por la cintura y la besé.
Fue un beso lleno de felicidad, de emoción y de todas las promesas que todavía nos quedaban por cumplir.
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Oriana.
Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la de Jonás.
—Hola, esposo —susurré.
Él sonrió de una manera que me hizo enamorarme un poquito más.
—Hola, esposa.
Camila se acercó para abrazarme y felicitarnos. Lisandro también nos dio la enhorabuena, bromeando con Jonás sobre que ahora tendría que aprender a compartir su tiempo.
Nos tomamos algunas fotografías para guardar el recuerdo de aquel día. No hubo una gran fiesta ni una multitud de invitados, pero sí estuvieron presentes las personas que nos habían acompañado durante aquella etapa.
Mientras sostenía mi pequeño ramo, miré a Jonás, que no soltaba mi mano.
Había llegado a aquella universidad buscando cumplir mi sueño de convertirme en artista. Nunca imaginé que también encontraría al hombre con quien terminaría casándome.
Ahora era Oriana O’Neil.
Y, aunque todavía no sabía qué me esperaba en el país de mi esposo, estaba dispuesta a descubrirlo a su lado.
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Jonás.
Cuando salimos del lugar, abracé a mi esposa por detrás y besé su mejilla.
—¿Lista para comenzar nuestra nueva vida, pelirroja?
Ella se volvió hacia mí y rodeó mi cuello con sus brazos.
—Contigo, sí.
Sonreí y volví a besarla.
En unos días regresaríamos a mi país. Allí me esperaban mi familia, la empresa y todas las responsabilidades que mi padre había preparado para mí.
Pero esta vez no volvería solo.
Regresaría con la mujer que había elegido como esposa.
Y todavía no imaginaba el conflicto que aquella decisión provocaría en mi familia.