ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación
un alfa y un omega
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¿ Qué clase de mostró soy ?
Después de revisar los resultados de las pruebas y recoger varias muestras, los científicos finalmente se acercaron a la camilla del alfa.
Uno de ellos comenzó a desatar las correas que sujetaban sus muñecas.
—Puedes irte. Si vuelves a sentirte mal, tendrás que regresar inmediatamente.
El alfa se incorporó lentamente. Todavía sentía algo de debilidad, pero la fiebre había comenzado a disminuir.
Se frotó las muñecas y miró a los dos científicos con una expresión llena de rabia.
—Algún día van a arrepentirse de todo lo que me han hecho.
—No estás en posición de amenazarnos, número 69B —respondió uno de ellos.
El alfa apretó los puños.
—Mi nombre no es un número.
Ninguno respondió.
Con la mandíbula tensa, se levantó de la camilla y salió del laboratorio dando un portazo.
El alfa caminó por los pasillos de la guarida sin mirar a nadie.
Varios miembros se apartaron al verlo pasar. Su expresión era tan fría que nadie se atrevió a preguntarle qué había sucedido.
—Malditos… —murmuró entre dientes.
Todavía recordaba cómo lo habían atado a aquella camilla, cómo habían ignorado sus preguntas y cómo lo habían tratado como si no tuviera derecho a decidir sobre su propio cuerpo.
Llegó a su habitación, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Por unos segundos permaneció inmóvil.
Después se quitó las vendas negras de los ojos y las arrojó sobre la cama.
—Estoy harto…
Su voz sonó cansada.
Estaba harto de las órdenes, de los experimentos y de que todos lo consideraran una herramienta que podían utilizar cuando les conviniera.
Pero lo que más odiaba era no poder escapar de aquella vida.
Mientras tanto, en el cuartel militar, Eiden seguía cumpliendo con sus obligaciones.
Sus ojos estaban cansados y apenas podía contener los bostezos cuando su superior finalmente se acercó.
—Eiden, puedes retirarte a descansar un rato.
El omega levantó la cabeza inmediatamente.
—¿De verdad, señor?
—Sí. Has pasado demasiadas horas de vigilancia. Ve a dormir unas horas, come algo cuando despiertes y prepárate. Esta noche volverás a estar de guardia.
Eiden dejó escapar un suspiro de alivio.
—¡Muchas gracias, señor!
—No me agradezcas todavía. Quiero que estés atento esta noche.
—Sí, señor. No se preocupe.
Eiden saludó y se dirigió rápidamente a su habitación.
Estaba tan cansado que, por el momento, ni siquiera tenía ganas de pensar en el extraño muchacho del parque.
—Primero voy a dormir… Después me preocuparé por todo lo demás.
Se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos.
En pocos minutos, se quedó profundamente dormido.
En la guarida, el alfa entró en el baño de su habitación.
Se quitó la camisa negra y permaneció frente al espejo.
Durante unos segundos, no hizo nada más que observar su reflejo.
Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices de distintos tamaños. Algunas eran antiguas; otras le recordaban procedimientos médicos a los que había sido sometido durante los años que llevaba encerrado en aquel lugar.
También tenía marcas en los brazos, los hombros y el torso.
El alfa bajó lentamente la mirada.
Pasó los dedos por una de las cicatrices de su brazo y después contempló su rostro.
—Mírate… —murmuró con amargura—. ¿Qué se supone que eres?
Se acercó un poco más al espejo.
Sus ojos, normalmente fríos y amenazantes, reflejaban un cansancio que nunca permitía que los demás vieran.
—No eres normal.
Apretó los labios.
—Los demás pueden vivir, reírse, tener amigos… Pero tú no.
Golpeó el lavabo con la palma, frustrado.
—¡¿Por qué tuve que nacer así?!
Su respiración se volvió irregular.
Había pasado tantos años escuchando que era diferente, que era peligroso y que su existencia tenía un propósito, que poco a poco había comenzado a creer que no era más que un monstruo.
Apartó la mirada del espejo, incapaz de seguir contemplándose.
—Quizá eso es lo único que soy…
Se sentó en el borde de la bañera y escondió el rostro entre las manos.
Sin embargo, en medio de aquellos pensamientos, recordó algo que lo desconcertó.
Eiden había visto sus ojos.
Había estado frente a él, había caído sobre su cuerpo y le había ofrecido ayuda.
Y no había mostrado miedo.
El alfa levantó lentamente la cabeza.
—¿Por qué tú…?
No entendía por qué aquel omega se había acercado a él con tanta naturalidad.
Ni por qué, cada vez que lo recordaba, sentía algo extraño en el pecho.
Volvió a mirar su reflejo.
—Si supieras quién soy realmente, saldrías corriendo igual que todos los demás.
Se puso de pie, tomó una toalla y cubrió sus hombros antes de regresar a su habitación.
Pero, justo antes de salir del baño, se detuvo frente al espejo una última vez.
—No vuelvas a acercarte a él, 69B.
Lo dijo como una orden.
Como si pudiera obligarse a obedecer.
Sin embargo, en el fondo, una pequeña parte de él deseaba volver a encontrarse con Eiden.
Y ese deseo era algo que no sabía cómo controlar.