Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.
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Morimos Juntos
Capítulo 1
Morimos juntos
El humo me quemaba los pulmones; cada respiración se sentía como un cuchillo que me desgarraba por dentro.
Intenté levantarme, pero mis piernas no respondieron. El suelo estaba cubierto de cenizas y fragmentos de vidrio, mientras las llamas devoraban la casa que durante años había considerado mi hogar.
Por primera vez en mi vida, entendí que iba a morir.
—¡Victoria!
La voz de Rodrigo atravesó el humo. Era mi esposo, el hombre por quien había renunciado a todo, pero también el hombre que durante años me había hecho creer que yo era una mujer fría, inútil y demasiado difícil de amar.
Lo vi aparecer al otro lado del salón y, por un instante, sentí alivio.
—¡Rodrigo! ¡Ayúdame!
Él se detuvo. No corrió hacia mí. No intentó sacarme. Simplemente me observó.
Entonces apareció Lucía detrás de él: mi hermana... mi propia hermana. Su cabello rubio estaba perfectamente acomodado en un moño elegante, a pesar del incendio.
—¿Por qué...? —tosí—. ¿Por qué no vienes?
Rodrigo examinó mi cuerpo lentamente y me hizo un gesto despectivo con la mano.
—Porque ya no queda nada que salvar, Victoria.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Qué quieres decir?
Las palabras quemaban mi garganta. Fue entonces cuando vi que Lucía estaba sonriendo. Era la misma sonrisa que le había visto cientos de veces desde niñas, solo que ahora entendía lo que significaba.
Victoria perdió. Lucía ganó.
Lucía acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja mientras soltaba una risa más fuerte.
—La herencia ya está a nombre de Rodrigo —dijo tranquilamente—. No necesitamos que sigas viva.
Me quedé mirándola, anonadada, aún sin dar crédito a lo que escuchaban mis oídos.
—¿La herencia?
Rodrigo soltó una risa llena de burla y prepotencia.
—¿De verdad pensabas que me casé contigo por amor?
En ese momento sentí que el mundo se detenía bajo mis pies.
—Pero tú... dijiste que me amabas.
—Necesitaba tu apellido, tu dinero, y la condición del testamento me lo exigía. Nada más.
Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas. Lucía se acercó y tomó mi barbilla con fuerza entre sus dedos.
—Necesitábamos que confiaras en nosotros, hermanita.
Entonces lo comprendí todo: las discusiones con Adrián, la noche de la piscina, las veces que Lucía me había asegurado que Rodrigo era el único hombre que realmente me quería y las veces que me había dicho que Adrián me despreciaba... Todo había sido una mentira. Una enorme mentira.
—Fuiste tú... —susurré.
Lucía no respondió; no necesitaba hacerlo. Soltó mi barbilla y volvió con Rodrigo, quien le extendió un pequeño pañuelo blanco. Ella lo tomó, se limpió las manos con cuidado y luego lo arrojó al suelo con un gesto de asco.
Yo les causaba asco.
—¿Quién me salvó aquella noche? —pregunté con mucho esfuerzo. Necesitaba conocer la verdad.
Rodrigo frunció el ceño y Lucía se quedó inmóvil. La miré fijamente. Podía sentir cómo ambos se habían estado burlando de mí durante años, así que volví a insistir:
—Tú me dijiste que Rodrigo me había salvado.
Ella sonrió como si yo le hubiera contado un chiste.
—Sí. Pero no fue él.
—No... —Mi corazón comenzó a latir con fuerza. En ese instante, una idea se implantó en mi cerebro—. ¿Fue Adrián?
Lucía guardó silencio, y ese silencio fue suficiente.
Toda mi vida había odiado al único hombre que realmente me había amado.
Un estruendo sacudió la casa y, de pronto, el techo comenzó a derrumbarse.
—¡Ayúdenme! —grité con mis últimas fuerzas.
Pero Rodrigo retrocedió.
—Adiós, Victoria.
Se marchó con Lucía. Me dejaron allí, sola, abandonada por las dos personas en quienes más había confiado.
Entonces escuché otra voz:
—¡Victoria!
Mi corazón se detuvo. No, no podía ser él. Entre las llamas apareció Adrián. Tenía sangre en la frente y una mano quemada.
—¡Adrián!
Él corrió hacia mí con una expresión de pura preocupación.
—¡Agárrate!
—Vete... —No podía permitir que muriera conmigo, no después de lo mal que lo traté.
—¡Cállate! —me gritó y, sin darme tiempo a reaccionar, me tomó entre sus brazos para intentar sacarme del fuego—. No voy a dejarte aquí.
Lo miré, incapaz de comprender por qué seguía intentando salvarme.
—¿Por qué...? ¿Por qué sigues viniendo por mí?
Adrián sostuvo mi mirada y vi en sus ojos el mismo dolor que yo había llevado durante años.
—Porque te amo... Y te he amado desde que éramos niños.
Me quedé sin palabras.
—¿Qué?
—Desde que tenías ocho años, Victoria. —Su voz tembló—. Nunca dejé de hacerlo.
Una viga cayó detrás de nosotros, pero Adrián me protegió con su cuerpo, recibiendo un grave impacto que nos dejó atrapados.
—Lo intenté tantas veces... —susurró con sus últimas fuerzas—. Intenté explicarte lo de aquella noche. Intenté decirte que fui yo quien te sacó de la piscina.
Las lágrimas me quemaban los ojos.
—Yo... nunca lo supe.
Él me abrazó con más fuerza.
—Lo sé...
El fuego nos rodeó y el calor se volvió insoportable. Por primera vez entendí cuánto había perdido. No había sido a Rodrigo, ni mi dinero, ni mi herencia. Había sido a Adrián, la única persona que me había amado de verdad.
Ahora sabía que estábamos muriendo y solo podía pensar en una cosa: si tuviera otra oportunidad, sin duda correspondería a su amor.
—Adrián... —fue lo último que pude pronunciar.
Y entonces todo se volvió negro. No había más dolor.
Desperté en el suelo, jadeando.
No había fuego. No había humo. No había dolor.
Miré mis manos: estaban intactas. El corazón me golpeaba el pecho con violencia.
—¿Vas a seguir fingiendo que eres una princesa?
Era la voz de Rodrigo. Me quedé paralizada. Levanté el rostro y allí estaba él frente a mí; se veía joven y sin una sola cicatriz.
Revisé mi celular y vi la fecha: era 12 de septiembre, de hacía cinco años... Mi corazón comenzó a latir desesperadamente. No podía ser.
Miré a mi alrededor y me di cuenta de que estaba en la universidad, justo comenzando mi primer año. Luego vi a alguien al otro lado del pasillo: era Adrián. Joven, vivo y fingiendo no verme.
Entonces lo comprendí... Había vuelto al pasado.
Y si esta era realmente mi segunda oportunidad, no iba a desperdiciarla esperando a que las cosas cambiaran solas. Sabía demasiado sobre Rodrigo, sobre Lucía y sobre la familia que me rodeaba. Conocía sus métodos, sus mentiras y, sobre todo, el precio de confiar en ellos.