Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cosas pequeñas
Luke
Hay algo profundamente satisfactorio en escuchar un motor que acaba de volver a funcionar correctamente.
Especialmente cuando llevas dos horas intentando descubrir por qué el desgraciado insistía en apagarse cada vez que el conductor levantaba el pie del acelerador.
Giro la llave.
El motor arranca.
Espero.
Cinco segundos.
Diez.
Quince.
Las revoluciones se estabilizan.
Sonrío.
—Eso es, preciosa.
—¿Ahora les hablas bonito a los automóviles?
No levanto la cabeza.
—Solo a los que se portan bien.
—Qué suerte. A mí nunca me hablas bonito.
Cassidy aparece junto al vehículo con una botella de agua en la mano y el cabello recogido en un moño que está perdiendo la batalla contra la gravedad.
Tiene grasa en la mejilla.
Otra vez.
Empiezo a sospechar que se la pone deliberadamente para mantener cierta reputación profesional.
—Te dije que eras encantadora ayer.
—Me dijiste que era una desgracia para la mecánica moderna.
—Lo dije con cariño.
—Ah, claro. Se notaba muchísimo.
Apago el motor y salgo del automóvil.
—¿Terminaste con la Ducati?
—Sí. Necesitaba ajustar la tensión de la cadena y revisar una pequeña fuga en una junta.
—¿Todo bien?
—Perfecto.
Bebe agua.
—También llegó el pedido de filtros.
—¿Todos?
—Todos menos los de la camioneta.
Suspiro.
—Fantástico.
—Nikos ya llamó al proveedor. Llegan mañana.
Asiento.
Estamos empezando a acostumbrarnos a esto.
Los pedidos.
Las entregas.
Las llamadas.
Los clientes que aparecen sin previo aviso.
Y las cuentas que, por primera vez desde que abrimos, empiezan a mostrar algo ligeramente más agradable que una larga sucesión de números negativos.
No estamos ganando una fortuna.
Ni cerca.
Pero estamos trabajando.
Mucho.
Y eso me gusta.
Me gusta despertar por las mañanas, bajar las escaleras desde el loft y encontrarme con un taller que empieza a llenarse de vehículos.
Me gusta organizar el trabajo.
Resolver problemas.
Escuchar a Nikos contestar el teléfono y anotar nuevas citas.
Y me gusta que Cassidy esté aquí, aunque tenga la capacidad extraordinaria de irritarme antes de las nueve de la mañana.
—Por cierto —dice—, Andreas llamó.
Levanto la mirada.
—¿El del BMW?
—El mismo.
—¿Volvió el ruido?
—No.
Relajo los hombros.
—Bien.
—Llamó para decir que el automóvil sigue funcionando perfectamente.
Sonrío.
—Excelente.
—Y que su vecino tiene un Mercedes al que le está fallando algo de la transmisión. —La miro. Mi hermana sonríe lentamente—. Quiere traerlo el lunes.
Me quedo observándola.
—¿En serio?
—En serio.
Suelto una carcajada.
—Mierda.
—Lo sé.
—Nos recomendó.
—Nos recomendó. —Mi hermana levanta su botella de agua—. Por los clientes que no conocen a Damián Greco.
Tomo mi café y lo golpeo suavemente contra su botella.
—Por los clientes que no conocen a Damián Greco.
Bebemos y después Cassidy hace una mueca.
—Aunque, para ser justos, conozco un cliente relacionado con Damián al que no me molestaría atender personalmente todos los días.
Cierro los ojos.
—No empieces.
—¿Qué?
—Cass.
—Estoy hablando de Adamo.
—Lo sé.
—Qué hombre tan extraordinario.
—Es mi amigo.
—Y mi novio.
—Lamentablemente.
Me golpea el brazo.
—Idiota.
Sonrío.
—Vuelve al trabajo.
—Sí, jefe.
Se aleja y dos segundos después se gira.
—Por cierto, Aria dijo que quizá pasaría hoy.
Mi mano se detiene sobre el capó solo un instante, pero Cassidy lo nota.
Naturalmente.
Mi hermana debería dedicarse al espionaje. Sería extraordinariamente buena.
—Ah —respondo.
—Ah —repite.
La miro.
—¿Qué?
—Nada.
—Cassidy.
—Simplemente me parece interesante que hayas dejado de respirar cuando mencioné su nombre.
—Estoy respirando.
—Ahora sí.
Pongo los ojos en blanco.
Ella sonríe y se marcha antes de que pueda lanzarle el trapo.
Maldita sea.
Aria otra vez.
Han pasado varios días desde que apareció con aquellas galletas.
Varios días desde que conseguí hacerla sonrojarse con un comentario que probablemente debería haber mantenido dentro de mi cabeza.
Y varios días desde que se marchó antes de que pudiera encontrar una manera de hablar con ella.
No la culpo.
Sigo sin culparla.
Pero una parte bastante estúpida de mí ha estado esperando que vuelva.
Aunque no tenga la menor idea de qué hacer cuando eso suceda.
*****
Aria aparece poco después del mediodía.
Estoy revisando el sistema de frenos de una camioneta cuando escucho su voz.
—¡Buenos días, trabajadores!
Levanto la cabeza y ahí está.
Sonriendo.
Lleva unos pantalones de lino claros, una blusa sin mangas y el cabello rubio recogido en una trenza suelta.
Tiene unas gafas de sol sobre la cabeza y una carpeta universitaria bajo el brazo.
Preciosa.
Como siempre.
Pero hay algo diferente.
No parece nerviosa.
No está mirando alrededor como si estuviera buscando una salida de emergencia.
Simplemente entra al taller, sonríe y saluda a Nikos por su nombre.
—¡Hola, Aria! —responde él desde la oficina.
—¿Cómo estás?
—Muy bien. ¿Y tú?
—Sobreviviendo.
Nikos se ríe.
Cassidy asoma la cabeza desde detrás de una motocicleta.
—¡Mi griega favorita!
Aria abre los brazos.
—¡Mi estadounidense favorita!
Se abrazan.
—¿Y yo qué soy? —pregunta Nikos.
Aria lo mira.
—Mi griego favorito que trabaja en recepción.
—Eso suena sospechosamente específico.
—Me gusta evitar conflictos diplomáticos.
Los tres se ríen.
Yo sonrío.
No puedo evitarlo.
Hay algo agradable en verla aquí. En escuchar su risa mezclándose con los sonidos del taller. En comprobar que está cómoda, que ya no parece querer desaparecer cada vez que se cruza conmigo.
Debería alegrarme.
Y me alegro. Por supuesto.
Entonces Aria gira la cabeza y sus ojos encuentran los míos.
—Hola, Luke.
Así.
Sin vacilar.
Sin sonrojarse.
Sin esa pequeña incomodidad que nos había acompañado durante las últimas semanas.
—Hola, Ari.
Sonríe.
—¿Cómo está mi mecánico favorito?
Mi mecánico favorito.
—Depende —respondo—. ¿Cuántos mecánicos conoces?
Inclina la cabeza, fingiendo pensar.
—Contándote a ti... —Hace una pausa—. Uno.
Cassidy suelta una carcajada.
Yo niego con la cabeza.
—Un honor difícil de superar.
—No te confíes. Estoy pensando en ampliar mis contactos.
Sonrío.
—Qué amenaza tan cruel.
—Soy una mujer peligrosa, Evans.
—Eso he escuchado.
Durante un instante recuerdo otra ocasión en que me dijo algo parecido.
En Idaho.
Estábamos sentados junto a una motocicleta y ella me había amenazado con contarle a Cassidy que yo había escondido unas herramientas para evitar que las utilizara.
Me había reído.
Aria me había mirado de esa manera. Esa manera que entonces no sabía interpretar.
Ahora sí. O eso creo.
Porque hoy sus ojos no se detienen en mi boca. No parece especialmente consciente de nuestra cercanía. Simplemente sonríe como antes, como cuando todavía éramos amigos.
Debería ser una buena noticia.
Entonces ¿por qué siento una pequeña molestia en algún lugar del pecho?
—¿Qué estás haciendo? —pregunta y señala la camioneta.
—Revisando los frenos.
—¿Están rotos?
—No exactamente.
—Qué explicación tan técnica.
Sonrío.
—El propietario dice que el pedal se siente esponjoso y que necesita presionarlo demasiado para detenerse.
Aria frunce ligeramente el ceño.
—Eso suena peligroso.
—Puede serlo. Por eso estoy revisando el sistema antes de permitir que vuelva a conducirla.
—¿Y encontraste el problema?
—Una fuga pequeña en una de las conexiones hidráulicas. También voy a comprobar que no haya aire en el circuito y revisar el resto del sistema.
Asiente.
—Entiendo.
La miro.
—¿En serio?
—Absolutamente nada.
Me río y ella también.
—Pero sonó muy profesional.
—Gracias.
—De nada.
Se acerca un poco para observar el vehículo.
—¿Puedo mirar?
—Claro.
Le señalo la zona que estoy revisando.
Aria se inclina ligeramente.
Su hombro roza mi brazo.
Y mi cuerpo, ese traidor que parece haber decidido que Aria Greco es un problema exclusivamente suyo, reacciona inmediatamente.
No hago nada. Ni siquiera me muevo.
Ella observa la conexión.
—¿Eso es?
—Sí.
—Parece una pieza bastante pequeña.
—Lo es.
—¿Y puede causar tantos problemas?
—Los problemas grandes suelen comenzar con cosas pequeñas.