EL MERCADER DE DOS ERAS

EL MERCADER DE DOS ERAS

La Puerta que no debía existir

La lluvia golpeaba los cristales del pequeño apartamento como si quisiera abrirse paso a la fuerza.

Lin Chen permanecía sentado frente a una mesa cubierta de recibos, cajas de cartón, bolsas de plástico y una computadora portátil que había visto días mejores.

En la pantalla aparecía una cifra que llevaba casi una hora evitando mirar.

Saldo disponible: 1,846 yuanes.

Lin Chen cerró los ojos.

—Excelente.

Su voz sonó seca.

—Absolutamente excelente.

Tomó uno de los recibos.

Alquiler.

Otro.

Préstamo.

Otro.

Tarjeta.

Otro más.

Pago pendiente de mercancía.

Cuando terminó de sumarlos mentalmente, volvió a dejar los papeles sobre la mesa.

Necesitaba casi treinta mil yuanes antes de que terminara el mes.

Tenía menos de dos mil.

Lin Chen soltó una risa sin humor.

A los veintisiete años había imaginado que su vida sería diferente.

No soñaba con convertirse en multimillonario.

Ni siquiera con conducir un automóvil deportivo.

Le habría bastado con un pequeño negocio estable, suficiente dinero para no revisar su cuenta bancaria antes de pedir comida y alguna posibilidad de formar una familia antes de cumplir treinta y cinco.

Pero la realidad tenía otras ideas.

Durante los últimos cuatro años había probado casi cualquier negocio que pudiera comenzar con poco dinero.

Venta de accesorios para teléfonos.

Ropa importada.

Productos de belleza.

Juguetes.

Figuras coleccionables.

Electrónicos usados.

Muebles restaurados.

Incluso había intentado vender plantas durante unos meses.

Cada intento había terminado aproximadamente igual.

Un pequeño periodo de esperanza.

Un par de buenas ventas.

Luego competencia.

Devoluciones.

Publicidad demasiado cara.

Clientes que desaparecían después de reservar productos.

Y finalmente pérdidas.

Aun así, Lin Chen había aprendido algo importante.

Comprar barato.

Vender caro.

Parecía una frase demasiado simple.

Pero todo el comercio humano podía resumirse de aquella manera.

El problema era encontrar algo verdaderamente barato que alguien estuviera dispuesto a comprar caro.

Su teléfono vibró.

Una notificación.

Recordatorio de pago.

La ignoró.

Otra.

Oferta especial de préstamo.

Lin Chen arqueó una ceja.

—Qué considerados.

Bloqueó la pantalla.

En una esquina del apartamento había cuatro cajas que todavía contenían mercancía sin vender.

Fundas de teléfono.

Pequeñas lámparas LED.

Pulseras.

Accesorios de cocina.

Productos que meses antes parecían una gran oportunidad.

Ahora solamente ocupaban espacio.

Se levantó y caminó hasta la cocina.

Abrió el refrigerador.

Una botella de agua.

Dos huevos.

Media bolsa de verduras.

Cerró.

—También excelente.

Su madre le había llamado aquella mañana.

No le había contado nada.

Cuando ella preguntó cómo iban los negocios, Lin Chen respondió lo mismo de siempre.

«Bien».

No quería preocuparla.

Sus padres habían trabajado demasiado durante toda su vida.

No necesitaban saber que su hijo estaba a semanas de una posible bancarrota.

Tomó su chaqueta.

Quedarse encerrado mirando cuentas no haría aparecer dinero.

Además, aquella tarde se celebraba un pequeño mercado de antigüedades cerca del viejo distrito comercial.

Lin Chen había comprado y revendido objetos allí algunas veces.

La mayoría eran reproducciones.

Pero ocasionalmente podía encontrarse algo interesante.

Un reloj.

Una caja antigua.

Una pieza decorativa.

Nada espectacular.

Pero en ese momento incluso quinientos yuanes de ganancia eran importantes.

El mercado ocupaba varias calles estrechas cubiertas por toldos.

Aunque la lluvia había reducido el número de visitantes, decenas de vendedores seguían ofreciendo mercancías desde pequeñas mesas.

Lin Chen caminó lentamente.

No tenía dinero para equivocarse.

Observó porcelana.

Monedas.

Cuadros.

Libros.

Teteras.

Figuras de jade.

Espadas decorativas.

La mayoría era demasiado cara o evidentemente falsa.

Después de casi una hora comenzó a arrepentirse de haber ido.

Hasta que llegó al puesto más miserable de todo el mercado.

Ni siquiera parecía un puesto.

Era una simple lona extendida sobre el suelo.

Detrás de ella estaba sentado un anciano cubierto con un impermeable oscuro.

No gritaba.

No intentaba llamar clientes.

Simplemente permanecía sentado.

Lin Chen habría seguido caminando de no ser por un objeto colocado entre varias piezas de madera.

Una pequeña puerta.

No exactamente una puerta funcional.

Parecía una maqueta.

Medía alrededor de cuarenta centímetros de alto y veinte de ancho.

Estaba hecha de una madera casi negra.

Dos columnas laterales sostenían un pequeño techo curvado.

En ambas columnas había grabados de criaturas parecidas a dragones.

El centro estaba ocupado por dos hojas cerradas.

No tenía pintura.

Ni decoración metálica.

Ni piedras.

Pero algo en ella hizo que Lin Chen se detuviera.

Se agachó.

—¿Cuánto?

El anciano levantó la mirada.

—Mil.

Lin Chen estuvo a punto de levantarse inmediatamente.

—Adiós.

—Ochocientos.

—Sigue siendo demasiado.

El anciano lo observó varios segundos.

—¿Cuánto pagarías?

Lin Chen tomó la pieza con cuidado.

Pesaba más de lo esperado.

Examinó la madera.

No sabía identificarla.

Pero tenía algo extraño.

No parecía barnizada y, sin embargo, reflejaba ligeramente la luz.

Las figuras talladas eran extremadamente detalladas.

Demasiado detalladas para un objeto barato.

—Doscientos.

El anciano frunció el ceño.

—¿Estás intentando robarme?

—No. Estoy intentando no ser robado.

El anciano soltó una carcajada.

—Quinientos.

—Trescientos.

—Cuatrocientos cincuenta.

—Trescientos veinte.

—Cuatrocientos.

Lin Chen negó con la cabeza y colocó la puerta nuevamente sobre la lona.

—Entonces quédatela.

Se levantó.

Había avanzado tres pasos cuando escuchó:

—Trescientos cincuenta.

Lin Chen continuó caminando.

—Trescientos treinta.

Se detuvo.

Miró hacia atrás.

—Trescientos.

—Trescientos veinte.

Lin Chen sonrió ligeramente.

—Trato.

El anciano negó con la cabeza mientras envolvía la pieza con un viejo periódico.

—Los jóvenes ya no respetan a sus mayores.

—Los mayores tampoco respetan nuestras carteras.

El hombre volvió a reír.

Lin Chen realizó el pago.

Cuando tomó el paquete, el anciano sujetó su muñeca.

Su expresión había cambiado.

Por primera vez parecía completamente serio.

—Muchacho.

Lin Chen lo miró.

—¿Qué?

El anciano señaló el paquete.

—Si alguna vez se abre...

Lin Chen esperó.

—No atravieses sin estar seguro de poder regresar.

Durante un segundo hubo silencio.

Después Lin Chen soltó una pequeña risa.

—Claro.

Pensó que probablemente era parte del espectáculo.

Los vendedores de antigüedades adoraban inventar historias.

Objetos imperiales.

Maldiciones.

Tesoros familiares.

Linajes desaparecidos.

Todo servía para aumentar el valor.

Guardó la pequeña puerta dentro de su mochila.

—Gracias.

Cuando volvió a mirar al puesto después de caminar algunos metros, el anciano ya estaba atendiendo a otra persona.

Lin Chen olvidó rápidamente sus palabras.

Aquella noche colocó la pieza sobre su escritorio.

La lluvia continuaba.

Había publicado varias fotografías en diferentes grupos especializados.

Nadie reconocía la pieza.

Algunos usuarios creían que podía ser una decoración moderna inspirada en arquitectura tradicional.

Otros dijeron que parecía hecha a mano.

Un hombre le ofreció quinientos yuanes.

Lin Chen lo rechazó.

Si había alguien dispuesto a pagar quinientos apenas una hora después de publicarla, probablemente podía conseguir más.

Buscó una linterna.

Examinó los grabados.

Dragones.

Nubes.

Montañas.

Y algo parecido a estrellas.

En la parte posterior encontró caracteres.

Eran tan pequeños que tuvo que utilizar la cámara del teléfono para ampliarlos.

No pudo leerlos completamente.

Parecían una forma antigua de escritura.

Copió algunos en un buscador.

Nada.

—Interesante.

Giró la pieza.

Había una pequeña ranura en uno de los bordes.

Intentó abrirla.

No ocurrió nada.

Aplicó un poco más de fuerza.

Su dedo resbaló.

—¡Maldición!

Una astilla había penetrado en la yema de su dedo.

Una gota de sangre apareció.

Cayó directamente sobre la madera.

Lin Chen se llevó el dedo a la boca.

Entonces escuchó algo.

Tac.

Se quedó inmóvil.

Miró la puerta.

Tac.

Una línea dorada recorrió lentamente uno de los dragones tallados.

Lin Chen retrocedió.

—¿Qué demonios...?

La sangre desapareció.

No se deslizó.

No fue absorbida lentamente.

Simplemente desapareció.

La segunda figura de dragón comenzó a brillar.

Después las dos puertas centrales.

Lin Chen tomó su teléfono.

Grabó.

La luz aumentó.

Los caracteres de la parte posterior comenzaron a iluminarse uno después de otro.

Entonces escuchó un sonido parecido a una enorme cerradura.

CLACK.

Las pequeñas puertas se abrieron.

Pero detrás de ellas no estaba la mesa.

Había oscuridad.

Lin Chen permaneció completamente quieto.

Su mente intentaba encontrar una explicación.

Un dispositivo.

Una pantalla.

Un efecto óptico.

Un holograma.

Cualquier cosa.

Acercó lentamente la mano.

La oscuridad parecía tener profundidad.

Tomó un bolígrafo.

Lo introdujo.

La mitad desapareció.

Lin Chen lo soltó.

El bolígrafo cayó dentro.

No apareció detrás de la pequeña estructura.

—No puede ser.

Esperó.

Nada.

Tomó otro bolígrafo.

Después una regla.

Después una cuchara.

Todos desaparecieron.

Su respiración comenzó a acelerarse.

Miró alrededor de la habitación.

Por alguna razón absurda quería comprobar que alguien no estuviera gastándole una broma.

Entonces ocurrió algo todavía más extraño.

La pequeña puerta comenzó a crecer.

Cuarenta centímetros.

Sesenta.

Un metro.

Lin Chen retrocedió hasta chocar contra la cama.

La estructura continuó expandiéndose silenciosamente hasta alcanzar casi dos metros y medio.

Su escritorio fue empujado ligeramente hacia un lado.

Ahora había una auténtica puerta en medio del apartamento.

La abertura mostraba oscuridad.

Lin Chen no podía moverse.

Recordó las palabras del anciano.

Si alguna vez se abre... no atravieses sin estar seguro de poder regresar.

—Ese viejo sabía.

Su primera reacción fue tomar el teléfono y llamar a la policía.

Su segunda fue darse cuenta de lo absurdo que sonaría.

«Hola, compré una puerta mágica que acaba de crecer en mi apartamento.»

Perfecto.

Lo enviarían directamente a un hospital psiquiátrico.

Necesitaba comprobarlo.

Pero no sería estúpido.

Ató una cuerda alrededor de una mochila vieja.

Dentro colocó una botella de agua, una linterna y una cámara pequeña.

Empujó la mochila a través de la puerta.

La cuerda siguió entrando.

Cinco metros.

Diez.

Nada.

Tiró.

La mochila regresó.

Estaba cubierta de tierra.

Lin Chen dejó de respirar durante unos segundos.

Tierra.

Tocó la superficie.

Real.

Húmeda.

Había una pequeña hoja adherida a la tela.

Nunca había tenido aquella planta en su apartamento.

Sacó la cámara.

Reprodujo el video.

Los primeros segundos mostraban oscuridad.

Después...

un bosque.

Lin Chen acercó la pantalla a su rostro.

La cámara había caído sobre el suelo.

Podían verse árboles.

Hierba.

Luz.

Escucharse pájaros.

Viento.

Lin Chen reprodujo el video tres veces.

No era posible.

Pero estaba allí.

Se sentó.

Durante los siguientes veinte minutos simplemente observó la puerta.

La parte racional de su mente continuaba buscando explicaciones.

Pero todas fracasaban.

Finalmente tomó una decisión.

No atravesaría todavía.

Primero necesitaba comprobar si podía recuperar algo desde el otro lado.

Ató nuevamente la cuerda a la mochila.

Esta vez introdujo solamente una parte.

Esperó.

Tiró.

Funcionó.

Después metió un palo largo.

Lo recuperó.

Luego lanzó una pequeña pelota con una cuerda.

También regresó.

Nada bloqueaba el paso.

Eso significaba que probablemente podría volver.

Probablemente.

Aquella palabra no era especialmente reconfortante.

Lin Chen caminó por el apartamento.

Intentó ignorar la puerta.

Cinco minutos.

Diez.

Veinte.

Finalmente se detuvo.

—Si no entro, jamás sabré qué hay.

Preparó una mochila.

Agua.

Linterna.

Teléfono.

Batería externa.

Encendedor.

Cuchillo pequeño.

Botiquín.

Barra energética.

Una chaqueta.

Ató una cuerda de escalada alrededor de su cintura.

El otro extremo quedó sujeto a una tubería estructural que había en el apartamento.

Era ridículo.

Pero mejor ridículo que muerto.

Se colocó frente a la puerta.

La oscuridad parecía observarlo.

Extendió una mano.

No sintió resistencia.

Dio un paso.

Su brazo desapareció.

Nada.

Segundo paso.

Su cabeza atravesó.

Durante una fracción de segundo todo desapareció.

Después llegó la luz.

Lin Chen cayó sobre una rodilla.

Tierra húmeda.

Olor a árboles.

Viento.

Pájaros.

Levantó lentamente la mirada.

Un bosque.

Real.

Giró.

Detrás de él estaba la puerta.

Pero no era enorme.

Desde aquel lado parecía un arco de piedra cubierto de musgo.

En su interior flotaba una superficie oscura.

Lin Chen tiró de la cuerda.

Seguía conectada.

Respiró.

—Puedo volver.

Aquello era lo más importante.

Sacó el teléfono.

Sin señal.

Como esperaba.

Caminó unos metros.

El bosque era denso.

No reconocía muchas de las plantas.

Escuchó agua.

Siguió el sonido hasta encontrar un pequeño arroyo.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Durante varios minutos exploró cuidadosamente.

Entonces encontró algo.

Una huella.

No de animal.

Humana.

Después otra.

Y otra.

Seguían un pequeño sendero.

Lin Chen se quedó mirando.

Eso significaba que había personas.

La pregunta era quiénes.

Regresó a la puerta.

Consideró volver inmediatamente.

Podía prepararse mejor.

Pero la curiosidad ganó.

Memorizó la ubicación.

Luego comenzó a seguir el sendero.

Caminó aproximadamente veinte minutos.

Finalmente los árboles comenzaron a desaparecer.

Frente a él apareció un camino de tierra.

Lin Chen escuchó voces.

Se escondió detrás de un árbol.

Dos hombres caminaban por el camino.

Vestían túnicas.

Llevaban el cabello largo recogido sobre la cabeza.

Uno cargaba una cesta.

El otro llevaba herramientas agrícolas.

Lin Chen sintió cómo se le helaba la espalda.

No eran actores.

No había cámaras.

No había carreteras modernas.

Ni postes eléctricos.

Ni vehículos.

Esperó hasta que desaparecieron.

Luego salió lentamente.

—¿Dónde estoy?

Continuó siguiendo el camino desde lejos.

Después de aproximadamente media hora alcanzó una colina.

Desde allí pudo verlo.

Campos.

Casas de madera.

Un muro.

Una ciudad.

Techos tradicionales.

Carretas.

Caballos.

Personas con vestimentas antiguas.

Lin Chen permaneció inmóvil.

Su corazón latía con fuerza.

Sacó el teléfono.

Tomó fotografías.

Amplió la imagen.

No podía encontrar nada moderno.

Absolutamente nada.

Entonces escuchó unas campanas.

Una caravana avanzaba por el camino.

Varias carretas cargadas con sacos y mercancías.

Los hombres que las acompañaban vestían túnicas.

Uno gritó algo.

Lin Chen entendió perfectamente las palabras.

Eso lo sorprendió todavía más.

El idioma sonaba antiguo, pero podía comprenderlo.

Observó la ciudad.

Su mente comenzó a trabajar.

Una posibilidad surgió.

Era absurda.

Imposible.

Pero después de atravesar una puerta mágica, la palabra imposible había perdido parte de su significado.

¿Había viajado al pasado?

Regresó rápidamente al bosque.

Esta vez casi corrió.

Cuando alcanzó la puerta, atravesó sin detenerse.

Oscuridad.

Un instante.

Apartamento.

Lin Chen cayó dentro de su habitación.

Miró inmediatamente el reloj.

Habían pasado alrededor de dos horas.

Exactamente lo que había experimentado.

La puerta continuaba abierta.

Se levantó.

Caminó hasta la mesa.

Tomó una botella de agua.

Bebió casi la mitad.

Después se quedó mirando la ciudad de luces modernas visible desde la ventana de su apartamento.

Un pensamiento apareció lentamente.

Si aquello realmente era el pasado...

entonces existían diferencias enormes entre ambos mundos.

Tecnología.

Productos.

Materiales.

Conocimiento.

Valor.

Su mirada se dirigió hacia la cocina.

Sal.

Azúcar.

Aceite.

Especias.

Objetos absolutamente ordinarios.

Lin Chen tomó un pequeño paquete de sal refinada.

Lo sostuvo frente a él.

En la época moderna costaba casi nada.

Pero en determinados periodos de la antigüedad...

La sal había sido extremadamente valiosa.

Lin Chen sintió que su respiración volvía a acelerarse.

Miró la puerta.

Después la sal.

Después las facturas sobre la mesa.

Treinta mil yuanes de deuda.

Por primera vez aquella noche, Lin Chen sonrió.

No era una sonrisa nerviosa.

Era diferente.

Había pasado años intentando encontrar productos baratos que pudiera vender caros.

Quizá finalmente había encontrado la diferencia de precios más grande que podía existir.

No entre dos ciudades.

No entre dos países.

Sino entre dos épocas.

Lin Chen colocó lentamente el paquete de sal sobre la mesa.

—Necesito comprobarlo.

Todavía no sabía qué dinastía era.

Ni siquiera sabía si estaba realmente en su propio pasado.

No sabía qué peligros existían.

No sabía cuánto valía una moneda.

No sabía cómo regresar si la puerta dejaba de funcionar.

Pero sabía una cosa.

Si podía viajar libremente entre ambos lugares...

su vida acababa de cambiar.

Para siempre.

En el escritorio, los dragones tallados en la puerta comenzaron a brillar nuevamente.

Y por primera vez en siglos...

la ruta comercial entre dos eras estaba abierta.

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