Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 10
El aroma a café recién molido y pan tostado solía ser un lujo que la familia Mendoza solo experimentaba en recuerdos lejanos, pero aquella tarde, en la pequeña y estrecha cocina de su casa, el aire se impregnó de una promesa diferente. Elena, con el delantal atado con fuerza a la cintura y las manos aún húmedas por lavar los platos del almuerzo, se giró hacia su hija con una sonrisa que disipaba, aunque fuera por unos instantes, las arrugas de la fatiga crónica que surcaban su frente.
—Lo conseguí, Alexia —anunció su madre, y su voz tembló apenas con un destello de triunfo—. Hablé con doña Carmen, la dueña de «El Grano de Oro», la cafetería de la esquina que está cerca de la plaza central. Necesita alguien para las tardes, para atender las mesas y ayudar con la limpieza después de las clases. El sueldo no es mucho, hija, apenas lo justo para los gastos básicos, pero pagan semanalmente y te darán la cena incluida.
Alexia, que estaba sentada en la orilla de la mesa de madera despintada revisando sus apuntes de literatura, sintió que un nudo cálido y pesado se deshacía lentamente en la boca de su estómago. Sus ojos verdes, habitualmente alertas y ensombrecidos por el cansancio de las últimas semanas, se abrieron de par en par.
—¿De verdad, mamá? ¿No te pusieron peros por el horario de la escuela?
—Le expliqué que eres una chica responsable, que nunca faltas y que necesitas el trabajo para salir adelante —respondió Elena, acercándose para acariciar con ternura el cabello oscuro y ondulado de su hija—. Me dijo que puedes empezar mañana mismo, saliendo de clases. Oh, mi amor, sé que es un peso más sobre tus hombros, pero esta es nuestra oportunidad para levantar cabeza.
Alexia se puso de pie y abrazó a su madre con fuerza, apoyando el rostro contra su hombro. Pero mientras el alivio inundaba el corazón de Elena, en la mente de Alexia germinaba un propósito mucho más urgente y personal. No pensaba únicamente en las facturas de la luz o en la despensa vacía; el rostro de Milton Vance, con su expresión indescifrable y el peso de los billetes que había tenido que aceptar para pagar su colegiatura, se materializó con nitidez en su conciencia. Devolverle cada centavo a ese chico arrogante y enigmático se había convertido en su máxima prioridad. Esa era su manera de recuperar la dignidad, de demostrarse a sí misma que no era una limosnera sujeta a la caridad de la élite, sino una joven dispuesta a ganarse cada moneda con el sudor de su frente.
Al día siguiente, los pasillos de la preparatoria bullían con el bullicio habitual de los estudiantes que corrían de un casillero a otro. Sin embargo, el ambiente alrededor de Alexia parecía comprimirse cada vez que cruzaba las puertas principales. Las miradas furtivas, los susurros cargados de envidia y los comentarios murmurados a media voz no se habían detenido; de hecho, se habían intensificado desde el incidente en la biblioteca. Valeria y su grupito de acosadoras no le perdonaban que el heredero más codiciado del estado hubiera posado los ojos en una becada sin recursos.
Pero esta mañana, algo fundamental había cambiado.
Alexia caminaba con la vista fija en el suelo, intentando volverse invisible, cuando sintió una presencia imponente y familiar a su lado. No era la sombra distante de los últimos días, aquella vigilancia silenciosa que la custodiaba desde la esquina opuesta del pasillo. Era una marcha firme, deliberada y cercana. Al girar ligeramente el rostro, se encontró con la figura de Milton Vance.
Él caminaba con los hombros relajados pero imponentes, su metro noventa eclipsando el murmuro general del pasillo. Su cabello negro y desordenado caía ligeramente sobre su frente, y sus ojos oscuros barrían el entorno con una advertencia silenciosa dirigida a cualquiera que se atreviera a mirar de más. Ya no se ocultaba. Ya no jugaba a ser un espectador invisible. Milton estaba reclamando su lugar al lado de ella, a plena luz del día, exponiéndose a los juicios de sus iguales y al escrutinio implacable de la institución.
—No tienes que hacer esto, Milton —susurró Alexia, apretando la correa de su mochila con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Van a hablar. Van a decir cosas peores.
Milton detuvo su andar por un segundo, obligándola a detenerse también. Se inclinó ligeramente hacia ella, lo suficiente para que el aroma limpio de su loción mezclada con el frío de la mañana rozara los sentidos de la chica.
—Que hablen lo que quieran, Alexia —respondió él, con una voz baja y profunda que resonó como un trueno sordo en los oídos de la joven—. Estoy cansado de verlos desde la orilla. No me importa lo que piquen las abejas.
Alexia tragó saliva, sintiendo una mezcla de pánico y un calor extraño que trepaba por su cuello. A pocos metros de allí, junto a los casilleros de metal, Valeria cruzó los brazos con una expresión de pura ponzoña, clavando sus ojos pintados de delineador oscuro sobre la pareja. El odio en la mirada de su enemiga era palpable, una amenaza latente que prometía tormentas antes de que terminara la semana.
A la hora del almuerzo, buscando un respiro entre clases, Alexia se acercó a Milton, quien la esperaba junto a la fuente del patio central.
—Hoy saliendo de clases empezaré en mi nuevo trabajo —le dijo Alexia, intentando mantener un tono casual aunque las manos le temblaban levemente—. Si quieres... bueno, si tienes tiempo, podemos estudiar un rato en la cafetería antes de que entre mi turno. Así no tienes que preocuparte por mí.
Milton la miró fijamente, evaluando cada palabra. Sabía perfectamente que era lunes, y sabía aún mejor lo que eso significaba. Las alertas en su mente se encendieron de inmediato; Valeria y sus amigas no dejarían pasar la oportunidad de ir a hostigarla en su primer día de trabajo público.
—Estudiar suena bien —respondió Milton con una media sonrisa que no alcanzaba a disipar la tensión de su mandíbula—. Pero no voy a dejarte ir sola, Alexia. Te acompañaré hasta la puerta de «El Grano de Oro», y me quedaré ahí. Pase lo que pase.
Alexia abrió la boca para protestar, para decirle que no necesitaba un niñero millonario vigilando cada uno de sus pasos, pero al ver la determinación inquebrantable en los ojos oscuros de Milton, comprendió que discutir con él era como intentar mover una montaña con las manos. Se limitó a asentir, sintiendo que, por mucho que luchara por su independencia, el destino parecía empeñado en enredar sus hilos con los de aquel chico.
Las cuatro de la tarde llegaron con el cielo teñido de un gris plomizo que amenazaba con soltar una llovizna helada. «El Grano de Oro» era un establecimiento modesto pero acogedor, con grandes ventanales empañados por el vapor de la cafetera industrial y mesas de roble lustrado que olían a canela y limpiador de amoníaco.