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Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: La muralla de fuego

La lluvia comenzó a golpear los ventanales de Laboratorios Morel con la furia de mil agujas líquidas.

En el interior de la sala privada de investigación, Elena no había encendido las luces principales. La única iluminación provenía del brillo azulado de los monitores que procesaban las secuencias moleculares y de la lámpara de pie sobre el escritorio que alguna vez perteneció a su padre.

Tenía los ojos secos. Había llorado en el automóvil hasta que el pecho le dolió, pero al cruzar las puertas de su empresa, la debilidad quedó desterrada. Estaba revisando febrilmente las cláusulas del contrato de distribución internacional con Vance Global. Beatrice no había mentido: los acuerdos marco firmados por el directorio suizo incluían derechos de preferencia y arbitraje en Zúrich. Si los Von Berg congelaban los fondos de Bastián, la cadena de suministro se paralizaría en menos de una semana, dejando a cientos de pacientes sin el tratamiento en los ensayos de fase tres.

El timbre del conmutador interno sonó con insistencia.

—Doctora Morel —la voz de la recepcionista sonaba temblorosa por el altavoz—. La baronesa Von Berg acaba de ingresar al edificio. Viene con dos abogados y exige verla. El personal de seguridad intentó frenarla, pero...

—Déjala subir —ordenó Elena con una calma glacial—. Y haz pasar a los guardias al vestíbulo del piso seis.

Elena se levantó, se abotonó el saco sastre color carbón y esperó de pie detrás de su escritorio, con la postura erguida y los brazos cruzados. No iba a recibir a esa mujer como una víctima; la recibiría como la dueña absoluta de cada milímetro de ese suelo.

Las puertas dobles se abrieron sin contemplaciones.

Beatrice von Berg entró con la misma arrogancia señorial de la mañana. Había cambiado su abrigo de visón por una capa de cachemira gris perla y sostenía una boquilla dorada sin encender entre los dedos enguantados. Detrás de ella, dos letrados de aspecto severo cargaban maletines de cuero rígido.

—Veo que tu guarida tiene cierto encanto rústico —dijo Beatrice, recorriendo los estantes de vidrio y los microscopios con una mueca de fastidio—. Aunque dudo que este mobiliario sobreviva a la liquidación judicial que comenzará el lunes.

—Tienes tres minutos antes de que ordene a seguridad que te saque a la calle por invasión a la propiedad privada —respondió Elena, sin pestañear—. Habla rápido.

Beatrice soltó una risita seca, hizo un gesto con la mano y uno de sus abogados colocó un documento sobre la mesa, deslizándolo hacia Elena junto a un cheque bancario de fondos reservados de Ginebra.

—Soy una mujer pragmática, doctora Morel —dijo Beatrice, apoyando las yemas de sus dedos enguantados sobre el papel—. Sé que Bastián está cegado por tu exótico encanto latino y tu historia de superación huérfana. Pero los hombres de su estirpe siempre vuelven al redil cuando la realidad les corta el suministro de oxígeno. Mi familia no tiene interés en destruir tu fórmula; de hecho, reconocemos su potencial lucrativo.

Elena bajó la vista hacia el cheque. La cifra escrita en tinta negra tenía ocho ceros en francos suizos.

—Esa suma garantiza tu retiro vitalicio en la isla que prefieras —continuó la baronesa con tono condescendiente—. A cambio, firmarás la cesión exclusiva de los derechos de explotación global de la patente a favor del consorcio Von Berg-Vance, y tomarás un vuelo a Londres mañana al mediodía para no volver a poner un pie en este país. Si firmas, tu pequeña droguería conserva sus instalaciones locales y Bastián no tendrá que ver cómo su abuelo muere de un infarto mientras su consorcio es desmembrado por los bancos. Si te niegas... el lunes a las ocho de la mañana ningún puerto europeo recibirá una sola caja con tu nombre.

Elena miró el documento y luego clavó sus ojos verdes en la baronesa. Una sonrisa diminuta, cargada de un veneno tan puro que hizo retroceder un paso a uno de los abogados, curvó sus labios rojos.

Con un movimiento pausado, Elena tomó el cheque multimillonario entre el índice y el pulgar.

Lo sostuvo frente a los ojos azules de Beatrice y, sin desviar la mirada ni un milímetro, lo desgarró en dos partes iguales. Luego en cuatro. Y finalmente en ocho pedazos diminutos que dejó caer sobre la mesa como confeti inservible.

—Puedes meterte tus francos suizos y tus títulos nobiliarios por donde mejor te quepan, baronesa —dijo Elena, con una voz tan baja y afilada que cortó el aire—. La fórmula que crearon mis padres no se vende a piratas con apellidos rancios. Y si crees que voy a correr a esconderme porque una niña mimada con ínfulas de emperatriz chasquea los dedos, no tienes la menor idea de quién soy.

El rostro de Beatrice se encendió en una llamarada de furia aristocrática. Dio un paso violento hacia el escritorio, perdiendo por completo la compostura:

—¡Eres una insignificante insolente! —siseó entre dientes—. ¡Voy a aplastarte a ti y a tu patético laboratorio! No podrás mover un solo gramo de medicina fuera de esta ciudad. ¡Ninguna aerolínea, ningún buque y ningún distribuidor internacional se atreverá a desafiar la orden de embargo de mi familia! ¡Quedarás aislada del mundo!

—Ella no necesita tus aerolíneas, baronesa.

Una voz profunda, densa como el plomo y cargada de una autoridad ensordecedora, retumbó desde el marco de la puerta abierta.

Beatrice se giró en seco, con el ceño fruncido y los ojos chispeantes.

Alexander Foster estaba apoyado contra el quicio de la puerta.

Ya no vestía el mono de mecánico ni tenía la mirada suplicante del náufrago arrepentido. Llevaba un traje negro de tres piezas a medida, corbata de seda oscura y un abrigo largo de lana que acentuaba la envergadura de sus hombros. Tenía el cabello impecablemente peinado hacia atrás, la sombra de barba perfilada con precisión militar y los ojos grises ardiendo con una frialdad depredadora. A sus espaldas, cuatro hombres de seguridad privada con el pin plateado de Foster Logistics bloqueaban por completo el pasillo.

Elena contuvo el aliento. Por un instante, vio al temido emperador de los cielos que solía paralizar directorios enteros con una sola mirada, pero había una diferencia abismal: esa fuerza letal no estaba dirigida a humillarla a ella, sino a protegerla.

—¿Y quién demonios eres tú para irrumpir de esta manera? —chilló Beatrice, indignada por la interrupción.

Alexander avanzó con pasos lentos y pesados. El eco de sus zapatos sobre el suelo pulido sonaba como una marcha fúnebre. Se detuvo justo al lado de Elena, sin invadir su espacio, pero colocándose sutilmente medio palmo por delante, como un escudo de titanio.

—Alexander Foster —respondió él, sin mirarla a la cara, manteniendo la vista fija en los dos abogados suizos que, al escuchar el nombre, palidecieron visiblemente—. Director ejecutivo del conglomerado Foster Aviation and Global Freight. Y el hombre que tiene la potestad exclusiva sobre el ochenta por ciento de los derechos de aterrizaje y espacio aéreo en los corredores transatlánticos de este hemisferio.

El abogado principal de Beatrice dio un codazo a su clienta, susurrándole al oído con el pánico filtrándose en su voz:

—Baronesa... es Foster. Su familia controla las rutas criogénicas soberanas. No dependen del sistema bancario suizo.

Alexander arrojó una carpeta de cuero negro sobre la mesa, justo encima de los restos del cheque roto.

—Escúchame con mucha atención, Von Berg —dijo Alexander con un tono tan gélido que heló la sangre de los presentes—. Esta tarde me tomé la molestia de revisar las declaraciones aduaneras de las farmacéuticas de tu padre. El cuarenta por ciento de sus materias primas para la producción en Basilea vuela en las bodegas de mis aviones de carga desde Sudamérica y Asia. Si vuelves a poner un pie en este edificio, o si se te ocurre insinuar un bloqueo contra la doctora Morel... revoco los contratos de transporte de tu familia antes de la medianoche. Tus fábricas se quedarán sin insumos en setenta y dos horas.

Beatrice retrocedió, con el pecho agitado y los labios temblorosos por la humillación.

—¡Esto es una guerra corporativa ilícita! ¡Te demandaremos ante la corte internacional de arbitraje!

—Hazlo —soltó Alexander con una sonrisa siniestra, dando un paso más hacia ella, intimidándola con su sola presencia física—. Tengo los mejores litigantes del planeta en nómina y suficiente liquidez para mantener el juicio abierto durante quince años mientras tu familia se desangra en la bolsa. Así que recoge a tus lacayos, toma tu abrigo y sal de aquí antes de que decida ordenar que tu jet privado quede inmovilizado en la pista del aeropuerto por irregularidades técnicas hasta el próximo siglo.

El silencio fue absoluto.

Beatrice miró a Elena con odio puro, luego miró a Alexander y comprendió que estaba frente a un monstruo que no respondía a los códigos de la vieja aristocracia europea; era un titán moderno dispuesto a quemar su propio dinero con tal de hacerla pedazos.

Sin decir una sola palabra más, la baronesa dio media vuelta y salió apresuradamente escoltada por sus dos abogados, cuyos pasos apresurados se perdieron en el pasillo.

La oficina quedó sumida en una quietud extraña, rota únicamente por el rumor constante de la lluvia contra los cristales.

Elena se quedó inmóvil detrás de su escritorio. Su corazón martillaba con violencia. Miró la espalda ancha de Alexander, la tensión que aún mantenía en los hombros y la firmeza con la que había desmontado la amenaza en menos de cinco minutos.

Alexander esperó hasta que el sonido del ascensor confirmó la partida de los intrusos. Luego, con una lentitud respetuosa, se dio la vuelta hacia ella.

La máscara de crueldad desapareció de sus facciones al instante. En sus ojos grises solo quedó esa devoción culpable, esa ternura rota y herida que la desarmaba.

—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja, con un hilo de voz que contrastaba de manera brutal con el rugido que había soltado segundos antes.

Elena tragó saliva, sintiendo un nudo espeso en la garganta.

—¿Por qué hiciste eso, Alexander? Te estás ganando de enemigo a uno de los clanes financieros más peligrosos de Europa solo por... por una rabieta de oficina.

Alexander bajó la mirada por una fracción de segundo, antes de clavarla en los ojos de ella con una sinceridad que le cortó el aliento.

—Te dije que no iba a permitir que nadie frenara tu medicina —respondió él, dando un paso vacilante hacia el escritorio—. Y te mentí cuando dije que solo me importaba la promesa que le hice a tu padre. Hice esto porque no soporto ver que te lastimen, Elena. No soporto saber que ese imbécil de Vance te metió en una trampa dorada de la que no tiene los pantalones para sacarte.

—Bastián no me mintió por maldad —murmuró Elena, intentando defender una ilusión que ya se desmoronaba en sus manos—. Él... él está atrapado por su familia.

Alexander soltó una risa triste, sacudiendo la cabeza con dolor.

—Cuando amas a alguien de verdad, Elena, no hay familia, ni dinero, ni herencia que valga más que esa persona. Yo aprendí esa lección de la peor manera posible: perdiéndote. Vance todavía está calculando si le conviene perder su fortuna para estar contigo. Yo ya perdí mi orgullo, mi tranquilidad y mi dignidad... y volvería a perderlo todo mil veces con tal de que me dejes cuidar de ti.

Elena no pudo responder. Las palabras se le quedaron atoradas en el pecho mientras una lágrima rebelde rodaba por su mejilla.

Alexander vio la lágrima y levantó una mano vendada, rozando con el dorso de sus dedos el aire a un milímetro de su piel, conteniéndose de tocarla para no romper la distancia que ella le había impuesto.

—No te estoy pidiendo que vuelvas conmigo —susurró Alexander con la voz quebrada por una agonía pura—. No te estoy pidiendo que me ames. Sé que no lo merezco. Pero déjame ser tu muralla, Elena. Déjame poner mis aviones, mis rutas y mi vida para que cumplas el sueño de tus padres. Si quieres seguir amando a Vance, hazlo. Pero déjame a mí pelear tus guerras sucias.

Elena cerró los ojos, sintiendo el perfume amaderado de él invadir sus sentidos, mezclado con la lluvia y el peso abrumador de diez años de historia compartida.

Cuando volvió a abrir los ojos, el reflejo en el cristal de la puerta le mostró una silueta detenida en el pasillo en penumbra: Bastián Vance estaba parado allí, empapado por la tormenta, con el rostro desencajado y la mirada fija en las manos de Alexander suspendidas junto a las mejillas de Elena, comprendiendo en ese instante que el hombre al que creía haber derrotado acababa de construir una fortaleza alrededor de la mujer que ambos amaban.

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Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
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