Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 23: Llamadas en la oscuridad
Punto de vista: Alana
El trayecto de regreso a mi departamento se sintió como un torbellino. Aún tenía la piel sensible, el pulso acelerado y los labios ligeramente hinchados por el beso de despedida que
Alexander me había arrancado en el pasillo.
Cada segundo a su lado en la vida real se había vuelto una descarga de electricidad pura. Saber que el hombre que habitaba mis sueños nocturnos y el CEO que me dominaba de día eran la misma persona había borrado cualquier línea de defensa. Estaba cayendo por un precipicio sin red de seguridad, y lo peor es que no quería que nadie me rescatara.
Metí la llave en la cerradura, empujé la puerta y suspiré, apoyando la espalda contra la madera mientras me tocaba los labios con las yemas de los dedos.
—Vaya, vaya... así que ahora las pasantes de arquitectura tienen horarios de llegada tan exclusivos —resonó una voz conocida desde la pequeña sala.
Pegué un salto, abriendo los ojos de par en par.
Mateo estaba de pie junto al sofá, cruzado de brazos, con la chaqueta desabrochada y una expresión en el rostro que oscurecía sus facciones de manera poco habitual en él. No lucía como el amigo alegre de siempre; había una tensión dura y fría en sus ojos.
—¡Mateo! —exclamé con el corazón en la garganta, pasándome una mano por el cabello para intentar disimular mi nerviosismo—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?
—Usé la llave de emergencia que me dejaste el otro día para el duplicado —respondió Mateo con una sonrisa amarga, dando un paso al frente—. Sabes que apenas llevamos un mes viviendo en este edificio y me pediste que te guardara una copia por si acaso perdías la tuya. Aunque claro... parece que se me olvidó que no puedo venir a verte sin avisar.
Traté de enderezar la postura, ocultando la culpa que me quemó en el pecho. Sabía que Mateo no se merecía esto.
—Lo siento, Mateo. Estoy cansada, el proyecto de Malibú nos tiene absorbiendo todo el tiempo en la oficina...
—No me mientas, Alana —me cortó de inmediato, con la voz temblando por una rabia contenida que apenas podía frenar—. No hables del trabajo cuando llevas días esquivándome. Te busco en el taller y pones excusas; salimos y tu mente está a miles de kilómetros... o mejor dicho, está fija en un solo lugar.
—Mateo, por favor...
—¿Es por él, verdad? —continuó, dando otro paso hacia mí, analizando el leve enrojecimiento de mis labios—. Por ese imbécil arrogante de Alexander Hale. ¡Te vi en el restaurante, Alana! ¡Y ahora llegas a estas horas, con la mirada perdida! ¡Él está comprometido, se va a casar con Victoria Sterling! ¡Te va a usar y te va a destruir cuando se aburra!
—¡No tienes derecho a hablarme así, Mateo! —le respondí a la defensiva.
En medio de los gritos y la tensión sofocante, mi teléfono celular comenzó a vibrar intensamente en mi bolso. El tono de llamada sonó estridente en la pequeña sala.
Lo saqué con torpeza. En la pantalla brillaba un único nombre: Alexander.
Tragué saliva. Mi impulso fue no contestar, pero el miedo a que pasara algo grave me hizo deslizar el dedo por la pantalla y llevarme el aparato a la oreja.
—¿Alana? —sonó la voz rasposa y profunda de Alexander al otro lado de la línea, todavía agitada, con un tono que dejaba ver la enorme carga de deseo que arrastraba desde que se había despedido de mí.
Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Mateo dio un paso al frente y alzó la voz, furioso por la interrupción.
—¡No me vas a ignorar, Alana! ¡Estoy aquí hablando contigo en tu casa a medianoche y exijo que me escuches! —gritó Mateo con clara provocación, asegurándose de que el micrófono del teléfono captara cada una de sus palabras.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio sepulcral, helado, mortal.
La respiración de Alexander en el auricular se volvió pesada, densa, transformándose en una ira volcánica en cuestión de milisegundos. Recordó el estado de excitación salvaje con el que acababa de llegar a su mansión, el calor que lo había obligado a buscar alivio pensando desesperadamente en ella... para ahora escuchar la voz de otro hombre dentro de su departamento a solas.
En su mente, la sospecha ardió como fuego: si él había quedado ardiendo por tocarla, ¿ella también habría buscado saciar ese deseo con Mateo en su propia casa?
—¿Con quién estás? —la voz de Alexander en el teléfono bajó hasta convertirse en un rugido bajo, ronco y sumamente peligroso—. Dime que no es el idiota de Ríos el que está en tu departamento a estas horas, Alana.
—Alexander, no es lo que piensas... —alcancé a murmurar con pánico, sintiendo que la situación se me salía de las manos por completo.
—¡Apaga esa mierda y hazme caso! —reclamó Mateo a mi lado, intentando quitarme el celular de la mano.
Atrapada en el fuego cruzado entre los celos desbordados de Mateo y la furia destructiva que emanaba del teléfono, apreté los ojos.
—Tengo que colgar —solté con la voz cortada.
—¡Si me cuelgas esta llamada, Alana, te juro que...! —empezó a rugir Alexander.
No lo dejé terminar. Presioné el botón rojo de la pantalla y le corté la llamada de golpe.
El teléfono se quedó en silencio por un segundo, pero antes de que pudiera volver a respirar, la pantalla comenzó a iluminarse de manera frenética. Una ráfaga de notificaciones de mensajes empezó a entrar sin parar, haciendo vibrar el aparato furiosamente en mi mano.
Alexander: ¿Qué demonios hace ese tipo en tu departamento a estas horas?
Alexander: Contéstame el maldito teléfono, Alana.
Alexander: Si no me respondes en este segundo, juro que voy a ir ahora mismo a sacarlo a patadas de tu casa.
Alexander: No me vuelvas a colgar en la vida.
Miré la pantalla con las manos temblorosas y el corazón martilleándome las costillas.
Estaba acorralada en una tormenta perfecta: Mateo frente a mí exigiendo explicaciones y Alexander al otro lado de la ciudad, al borde de la locura por una escena de celos que amenazaba con destruirlo todo.