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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:109
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24. A su hijo lo mataste tú

Así que su contratación tan «fácil» había sido otra maniobra de Valeria.

Lucía no era tonta. ¿De verdad iba a creer que lo hacía por bondad?

—Deja de fingir. Si a ti no te da asco, a mí sí. —Le apartó la mano con repugnancia.

Valeria se tambaleó como si apenas pudiera sostenerse y se apoyó en Inés.

Al ver que maltrataban a su hija adorada, Inés avanzó hacia Lucía, indignada, y dejó a Valeria protegida detrás de ella.

—¡Eres una ingrata! ¡Si Valeria no me lo hubiera suplicado, jamás habría permitido que una persona como tú entrara en mi empresa!

—¡Ni siquiera eres su hermana de sangre y no dejas de hacerle daño! ¡Ella te lo perdona todo y se preocupa por ti! ¡No te basta con no agradecerle, también tienes que morder la mano que te ayuda!

Otra vez la ingratitud.

Lucía estaba a punto de dejar de entender lo que significaba aquella palabra.

A esas alturas no sabía qué favor le había hecho Valeria. Solo la había lastimado. Una y otra vez.

Al ver que Inés protegía a Valeria mientras la reprendía a ella, Lucía sintió una punzada en el pecho.

—Déjalo, mamá. La entiendo. Creció sin padre ni madre. Por eso tiene los valores torcidos. No te enojes con ella. —Valeria le tomó la mano, fingiendo ser muy comprensiva.

Lucía ni siquiera quiso discutir. Puso los ojos en blanco. —Qué asco.

El rostro de Inés se endureció. Iba a hablar otra vez, pero Valeria se adelantó.

—Insúltame si eso te hace sentir mejor. Sé que estos tres años en prisión fueron muy duros. —Hablaba con una generosidad perfecta. Después se dirigió a los demás empleados—. Lucía cometió muchos errores, pero todos nos equivocamos. Ya fue a la cárcel y pagó por lo que hizo. Espero que no la juzguen con prejuicios. Se los agradezco de corazón.

La actuación de falsa santa era evidente. Aun así, todos admiraron su generosidad. Inés parecía especialmente orgullosa de su hija.

Hasta hubo quien elogió su clase y sus buenos modales.

Lucía sintió verdaderas ganas de vomitar.

¿Cuántos de aquellos empleados la conocían? Ahora, gracias al anuncio de Valeria, su pasado había quedado marcado ante todos como el de una mujer ruin y sin vergüenza.

Muchos se sorprendieron. Así que había estado presa.

Una mujer que había ido a la cárcel no podía ser buena persona.

Lucía se fue sin volver la cabeza, asqueada. Todos parecían ciegos, sordos, incapaces de pensar. Nadie veía la manipulación detrás de aquella dulzura.

Recogió su bolso y salió. Al llegar a la puerta, oyó que la llamaban. —Lucía.

Se detuvo y vio a Valeria, sonriendo con satisfacción.

—Vaya. —Soltó una risita despectiva—. ¿Desde cuándo tienes tanta dignidad? ¿De verdad renunciaste? ¿Crees que, saliendo de aquí, vas a encontrar trabajo en otra parte?

Aquellas palabras le hicieron recordar algo.

Con razón la habían rechazado tantas veces. Valeria también debía de haber intervenido en eso.

—Fuiste tú, ¿verdad?

—Sí, fui yo. Le avisé a todo el sector que una mujer llamada Lucía Suárez tiene una condena por plagio. El que quiera contratarte, que se prepare para una demanda.

La indiferencia con que lo dijo le encendió una llama en el pecho.

Pero no volvió a dejarse llevar por el impulso. Le respondió con calma.

—Todo sale a la luz. Algún día van a descubrir lo que has hecho.

—No seas ingenua. —Valeria soltó una risa desdeñosa—. ¿Todavía te crees el cuento de que el bien siempre gana? Si fuera cierto, no te habrían condenado hace tres años. ¡Bastó con que yo dijera que habías plagiado para que te condenaran!

Mientras hablaba, jugueteó con el anillo de diamantes que llevaba en el dedo anular.

Lucía se quedó inmóvil. Era el anillo que había diseñado con sus propias manos.

—Tienes talento. El diseño de estos anillos está muy bien. Me encanta. Sobre todo porque Adrián me lo puso él mismo.

Su mirada no escondía el afán de presumir.

Lucía cerró los dedos con fuerza alrededor del celular que estaba grabando. Apretó los dientes y sonrió.

—¿Estás admitiendo que me tendiste una trampa para hacer pasar mi diseño original por un plagio?

Valeria se rio, satisfecha. —Sí. ¿Y qué? ¿Quién va a creerte? ¡¿Con qué vas a enfrentarte a mí?!

—Con que lo admitas, basta. —Lucía curvó apenas los labios y se volvió.

Aquella reacción tan extraña inquietó a Valeria. Algo no estaba bien. Cuando comprendió que podía haber un problema, Lucía ya había subido a un auto.

Poco después, un video breve empezó a circular sin freno por internet.

El rostro de Valeria se veía con toda claridad. Cada palabra se oía perfectamente.

Muchos usuarios se mostraron escandalizados. Otros empezaron a defender a Lucía.

Así que la habían acusado injustamente.

Pero no tardaron en manipular los comentarios.

Decían que Valeria no había tenido otra salida. Que solo actuó así porque Lucía le había hecho perder al bebé. Que era comprensible.

Al lado del hijo que Valeria había perdido, ¿qué importaba una falsa acusación de plagio?

¿Qué importaba?

Lucía cerró los ojos. No había perdido solo su reputación. También había perdido a su hija.

Pero ¿a quién le importaba?

Volvió al lugar donde vivía. Al llegar al edificio, vio un auto de lujo junto a la entrada.

Se acercó y la puerta se abrió.

Adrián bajó. Alto, impecable, frío, con aquella autoridad que lo envolvía.

Su sola presencia la hizo sentirse aplastada.

Intentó evitarlo, llena de temor, pero él la agarró. Sus ojos hermosos y profundos despedían un brillo helado.

—¿Y qué si Valeria hizo que te declararan culpable de plagio? Tú solo perdiste tu reputación. ¡Ella perdió a su hijo porque tú lo mataste! ¿Para qué publicas eso? ¿Todavía no le has hecho suficiente daño?

«Tú solo perdiste tu reputación».

Lo dijo con tanta ligereza.

Y cada palabra volvía a proteger a Valeria.

Lucía casi se rio. Los ojos se le humedecieron sin querer. Lo miró. —No. Todavía no me basta.

Lo dijo entre dientes, con los puños apretados.

—¡Aunque tenga que pagar con más años de cárcel, no voy a dejar tranquila a esa perra!

Alzó la cabeza con terquedad. Sus ojos enrojecidos se clavaron en Adrián sin ceder.

Quiso irse, pero él la sujetó del brazo con más fuerza.

Algo pareció cambiarle en la mirada. Pasaron varios segundos antes de que hablara. —No sigas poniéndome a prueba. O voy a hacer que pases el resto de tu vida en prisión.

El corazón le dio un vuelco. Sería mentira decir que no tenía miedo, pero no iba a mostrarse débil ante él. Forzó una sonrisa. Aunque el dolor volvía a atravesarla hasta los huesos, fingió estar tranquila y le sonrió como si nada pasara. —Si quiere, señor Beltrán, mande que me maten de una vez. Total, tampoco me queda mucha vida. ¡Y, antes de morir, siempre puedo llevarme conmigo a esa perra de Valeria!

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