Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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LA MORTAL QUE DESAFIÓ A UN DIOS
Hades llevaba tres días en el mundo de los mortales.
Tres días en los que había recorrido calles desconocidas, observado las costumbres de los humanos y disfrutado de una tranquilidad que jamás habría encontrado en el Olimpo.
Y tres días en los que había pensado en una mujer más veces de las que estaba dispuesto a admitir.
Alison Benet.
Finalmente había descubierto su nombre aquella misma mañana, después de escuchar a dos jóvenes mencionarla mientras conversaban cerca de una pequeña cafetería. No había tenido que esforzarse demasiado para conseguirlo. Los mortales hablaban de sus vidas con una facilidad que a Hades siempre le había parecido desconcertante.
Un nombre.
Solo necesitaba un nombre para dejar de pensar en ella.
Sin embargo, descubrirlo no había solucionado absolutamente nada.
—Alison Benet —murmuró junto a la ventana de su habitación.
El nombre sonaba diferente cuando lo pronunciaba en voz alta.
Demasiado diferente.
Hades frunció el ceño y apartó la mirada de la calle.
Aquello era absurdo. Había conocido a miles de mortales durante su existencia. Algunos habían intentado engañarlo, otros habían suplicado su favor y unos cuantos habían tenido el valor de desafiarlo.
Ninguno había conseguido permanecer en sus pensamientos de aquella manera.
Y Alison ni siquiera sabía quién era él.
Mejor así.
Cuanto menos supiera de ella, menos motivos tendría para volver a buscarla.
Con esa conclusión, Hades tomó su abrigo y abandonó la habitación.
Naturalmente, terminó caminando en dirección a la plaza donde la había conocido.
Alison tenía una costumbre que Hades descubrió aquella tarde: siempre pasaba por la plaza antes de regresar a casa.
A veces compraba algo en los puestos cercanos. Otras, se sentaba junto a la fuente para leer. Y, cuando el día había sido especialmente agotador, simplemente observaba a las personas mientras inventaba historias sobre sus vidas.
Hades la encontró sentada en el borde de la fuente, con el mismo libro del primer encuentro abierto sobre las piernas.
Esta vez no llevaba prisa.
Su cabello caía sobre sus hombros y el sol iluminaba sus facciones. Parecía completamente ajena a la atención que despertaba en él.
Hades se quedó a unos pasos de distancia.
Podía acercarse.
Por supuesto que podía.
Había enfrentado ejércitos, desafiado a dioses y gobernado sobre incontables almas. No debería resultarle difícil hablar con una muchacha mortal.
Y, aun así, permaneció inmóvil durante varios segundos.
—Si continúa mirándome así, voy a pensar que tengo algo en la cara.
La voz de Alison lo sacó de sus pensamientos.
Ella ni siquiera había levantado la vista del libro.
Hades arqueó una ceja.
—¿Siempre hablas con desconocidos sin mirarlos?
—Solo con los que se quedan observándome como si estuvieran planeando enterrarme en el jardín.
Él soltó una exhalación que estuvo peligrosamente cerca de convertirse en una risa.
—No tengo jardín.
Alison levantó la cabeza.
Lo reconoció inmediatamente.
—¡Usted!
—Veo que mi presencia no te alegra demasiado.
—¿Qué hace aquí?
—Caminar.
Ella miró a su alrededor y después volvió a observarlo.
—¿En esta plaza?
—Hasta donde sé, no es de tu propiedad.
—Todavía.
Hades la contempló en silencio.
La muchacha tenía una respuesta para todo. No parecía comprender que su insolencia habría bastado para provocar la ira de otros hombres. Pero lo que más le sorprendía era que, lejos de irritarlo, aquella actitud despertaba en él una curiosidad cada vez más difícil de ignorar.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
Alison cerró el libro lentamente.
—¿Y si le digo que no?
—Buscaré otro lugar.
La respuesta pareció desconcertarla.
Probablemente esperaba que discutiera, que insistiera o que utilizara alguna frase arrogante para salirse con la suya.
Hades, en cambio, aguardó su respuesta.
Al final, ella se encogió de hombros.
—Adelante. Pero no se queje si no le hablo. Estoy leyendo.
Hades se sentó a una distancia prudente.
Durante varios minutos, ninguno dijo nada.
Alison leía.
Hades fingía contemplar la plaza.
En realidad, observaba de reojo la manera en que ella fruncía los labios cuando encontraba una frase interesante, cómo volvía una página con cuidado y cómo apartaba un mechón de cabello cada vez que el viento se lo colocaba delante de los ojos.
Detalles insignificantes.
Detalles que no deberían importarle.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo Alison sin apartar la vista del libro.
—Ya la has hecho.
Ella cerró los ojos un instante.
—Dios mío, ¿siempre es así?
—¿Así cómo?
—Olvídelo.
Hades volvió el rostro hacia ella.
—¿Qué quieres saber?
Alison pareció pensarlo.
—¿Cómo se llama?
La pregunta lo tomó desprevenido.
Durante su estancia entre los mortales, había utilizado un nombre sencillo cuando alguien necesitaba dirigirse a él. No tenía intención de revelar su verdadera identidad. Los humanos podían ser curiosos, pero no necesitaban conocer aquello que jamás serían capaces de comprender.
—Hades —respondió.
Alison dejó de pasar las páginas.
—¿Hades?
—Sí.
Ella lo observó con atención, buscando alguna señal de que estuviera bromeando.
—¿Como el dios griego?
—El mismo.
Alison soltó una carcajada.
Una carcajada auténtica, despreocupada y completamente inoportuna.
Hades sintió que algo dentro de él se tensaba.
No estaba acostumbrado a que se rieran de él.
—¿Qué tiene tanta gracia?
—Perdón, perdón. —Ella intentó contener la risa, aunque no lo consiguió del todo—. Es que… ¿quién se llama Hades?
—Yo.
—Eso ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
Alison se llevó una mano a la boca.
—Porque es un nombre bastante intenso para alguien que parece necesitar unas vacaciones.
Hades se quedó mirándola.
Después, contra toda lógica, se rio.
Fue una risa breve, casi imperceptible, pero suficiente para que Alison dejara de sonreír por un instante.
No porque le tuviera miedo.
Sino porque, de repente, aquel hombre parecía diferente.
Menos distante.
Menos frío.
Más humano.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Siempre te burlas de las personas que acabas de conocer?
—Solo de las que se llaman como dioses de la muerte.
—Deberías tener cuidado con lo que dices.
Alison inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Es una amenaza?
Hades sostuvo su mirada.
Podría haberle contado la verdad. Podría haberle mostrado quién era y haberla obligado a comprender que no estaba hablando con un hombre cualquiera.
Pero no lo hizo.
—Es un consejo.
Ella lo estudió durante unos segundos y después volvió a abrir su libro.
—Pues debería practicar sus consejos con esa cara de funeral que tiene.
Hades negó lentamente con la cabeza.
Aquella mujer iba a acabar con su paciencia.
O eso intentó convencerse.
El sol comenzó a ocultarse detrás de los edificios y la plaza se llenó de sombras alargadas.
Alison guardó el libro en su bolso y se puso de pie.
—Tengo que irme.
Hades también se levantó.
—¿Vives lejos?
Ella lo miró con suspicacia.
—¿Por qué quiere saberlo?
—Porque te he hecho una pregunta.
—Y yo quiero saber por qué la hace.
Hades apretó la mandíbula.
No recordaba la última vez que una conversación tan sencilla había requerido semejante esfuerzo.
—Quería saber si llegarías a casa antes de que oscureciera.
Alison pareció sorprenderse ante la respuesta.
Por un momento, su expresión perdió parte de su ironía.
—No se preocupe. Conozco el camino.
Se acomodó el bolso en el hombro y comenzó a caminar.
Hades la observó alejarse.
Debería haberla dejado marchar.
En lugar de eso, dio un paso detrás de ella.
—Alison.
Ella se detuvo.
Era la primera vez que él pronunciaba su nombre.
Y, aunque no supo explicar por qué, escucharlo en aquella voz grave le produjo una sensación extraña.
Se volvió hacia él.
—¿Sí?
Hades abrió la boca, pero no encontró nada que decir.
¿Qué podía preguntarle?
¿Si volvería al día siguiente?
¿Si podría verla otra vez?
¿Si le permitiría conocerla?
Ninguna de aquellas preguntas tenía sentido. Él no necesitaba la compañía de una mortal.
Y, sin embargo, allí estaba, incapaz de dejarla marchar sin intentar prolongar unos segundos más su presencia.
—Tu libro —dijo finalmente.
Alison bajó la mirada.
Lo había dejado olvidado junto a la fuente.
—¡Ay, no!
Regresó apresuradamente, lo recogió y lo apretó contra su pecho.
—Gracias. Otra vez.
Hades asintió.
Ella le dedicó una sonrisa antes de continuar su camino.
Esta vez, él no la llamó.
Pero cuando Alison desapareció al doblar la esquina, Hades comprendió que acababa de encontrar un motivo para regresar a aquella plaza al día siguiente.
Y al otro.
Y quizá durante muchos días más.
Esa misma noche, muy lejos de la pequeña ciudad, en las alturas del Olimpo, una diosa abrió los ojos.
Perséfone estaba sentada en su jardín, rodeada de flores que jamás conocían la muerte. Una brisa suave agitó los pétalos a su alrededor, pero ella no prestó atención a la belleza que la rodeaba.
Algo había cambiado.
No era una amenaza clara ni una alteración que pudiera señalar con precisión. Era una sensación, una inquietud que se había instalado en su pecho sin pedir permiso.
Hades no estaba en el inframundo.
Eso no era extraño por sí solo.
Lo extraño era que, por primera vez en mucho tiempo, la ausencia de su esposo parecía tener un significado diferente.
Perséfone apretó entre los dedos una flor blanca hasta doblar su tallo.
—¿Qué estás haciendo, Hades? —susurró.
No obtuvo respuesta.
Pero, en algún lugar del mundo mortal, el dios al que todos creían incapaz de amar acababa de sonreír por una mujer.
Y Perséfone, aunque todavía no conocía su nombre, estaba a punto de descubrir que aquella sonrisa podía convertirse en la mayor amenaza para todo lo que ella creía suyo.