Yulian, un estudiante universitario harto de su gris y monótona vida, encuentra su único refugio en una novela gráfica de fantasía titulada El amanecer del amor. Aunque la trama sigue el romance tradicional entre la heroína Clara y el noble Albert, Yulian está perdidamente obsesionado con el antagonista: Eric, el brillante, incomprendido y temido Señor de la Torre Mágica, cuya trágica obsesión por Albert lo lleva a la locura y a una muerte injusta.
Tras una rabieta de frustración por el final del último capítulo, Yulian sufre un accidente mortal desde el balcón de su apartamento. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Daniel, el hermano mayor de la protagonista y oficial de la guardia real. Decidido a reescribir el destino y evitar la trágica muerte de su personaje favorito, Daniel se infiltra en el mundo de la novela con un solo propósito: amar y salvar al hechicero malvado, cueste lo que cueste.
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Capítulo 22: Declaración de guerra
Cuando el pergamino reapareció en la sala del Consejo Real ardiendo en llamas purpúreas, Albert leyó la respuesta de Eric en voz alta ante el Rey y todos los ministros del gabinete.
La respuesta del hechicero fue interpretada unánimemente como un acto de rebelión abierta y una declaración de guerra contra la Corona.
El Rey, un hombre anciano y autoritario que siempre había temido el poder autónomo de la Torre Mágica, golpeó la mesa con el puño de hierro de su armadura.
—¡Esto es una afrenta imperdonable! —rugió el monarca, con el rostro enrojecido por la ira—. ¡Ese monstruo de la Torre Mágica cree que está por encima de la ley del imperio! ¡No solo ha corrupto al Capitán de nuestra guardia, sino que se atreve a amenazar la estabilidad del reino!
Albert dio un paso al frente, haciendo una reverencia formal.
—Majestad, le pido que me otorgue el mando absoluto del ejército imperial —solicitó Albert con la voz cargada de un odio helado—. Prepararé las tropas de vanguardia, las divisiones de ballesteros pesados y a los magos de la corte. Marcharemos contra la Torre Mágica y reduciremos ese bastión de aberraciones a escombros. Rescataré a Daniel y le cortaré la cabeza a Eric con mis propias manos.
El Rey asintió con vehemencia, firmando el decreto de movilización general.
—Tienes el control total de las tropas, Duque Albert —sentenció el Rey—. Limpia esta mancha de nuestra historia. Si el Señor de la Torre quiere una guerra... le daremos una que extinga su linaje para siempre.
Mientras las trompetas de guerra comenzaban a resonar en los cuarteles militares de la capital, en lo alto de la fortaleza helada, Daniel y Eric observaban la ciudad desde el gran ventanal abovedado.
Daniel veía los movimientos de los soldados en la lejanía con una emoción desbordante. La historia original había saltado por los aires. Ya no había secuestro, no había engaños, no había lágrimas de rechazo. Ahora se enfrentaban a una guerra total, y él estaba exactamente al lado del hombre que amaba.
Mientras el mundo exterior se preparaba para la batalla, dentro de la alcoba principal del Maestre, la atmósfera era de una intimidad sofocante y perversa.
Esa tarde, Daniel había decidido jugar un juego diferente con Eric.
Utilizando cuerdas de seda encantadas que inhibían temporalmente el flujo de maná, Daniel había atado los brazos de Eric a las cabeceras de madera tallada de la enorme cama de dosel. El gran hechicero, el hombre que infundía terror a imperios enteros, yacía completamente desnudo y a merced de Daniel.
Daniel, también desprovisto de ropa, se posicionó sobre el torso pálido del mago. Sus ojos verdes brillaban con una picardía oscura mientras recorría con la lengua y los labios cada centímetro de la piel de Eric: desde su mandíbula afilada, pasando por su cuello, descendiendo por los músculos de su pecho y deteniéndose a lamer sus tetillas con una lentitud desesperante.
—Ah... Daniel... —se le escapó a Eric un gemido rasposo, intentando mover las muñecas contra las ataduras de seda.
—No te muevas, mi querido Maestre —murmuró Daniel contra la piel abdomen de Eric, dejando mordiscos marcados en la línea de sus caderas—. Hoy el control es mío. Tú solo tienes que disfrutar y recibir todo lo que te voy a dar.
Daniel chupó y masticó la piel del hechicero con una voracidad sin límites, dejando marcas amoratadas por todo su cuerpo. Luego, utilizando sus propias manos y su boca, comenzó a preparar el cuerpo de ambos para el acto, tomándose todo el tiempo del mundo para hacer sufrir a Eric de pura anticipación.
Eric jadeaba con la cabeza echada hacia atrás, sus músculos tensos como cuerdas de violín. El contraste de estar sometido físicamente por el hombre que amaba despertaba en el hechicero un placer desconocido y adictivo.
Cuando Daniel se alineó sobre Eric y comenzó a bajarse lentamente sobre él, la sensación de plenitud hizo que Eric soltara un rugido ahogado.
Daniel comenzó a moverse a un ritmo constante y profundo, tomando las riendas del placer por su cuenta. Inclinaba el torso hacia adelante para besar la boca de Eric, envolviendo sus lenguas en un baile febril, mientras sus caderas se elevaban y descendían con una fuerza implacable.
—Mírame... Eric... —exigía Daniel entre jadeos calientes—. Dime quién tiene el control ahora.
—Tú... maldita sea, Daniel... tú... —respondió Eric con la voz completamente rota por la pasión.
Durante casi una hora, Daniel hizo todo el trabajo por su cuenta, llevando a ambos al límite de la resistencia física. El sudor cubría sus cuerpos, y la alcoba estaba impregnada del aroma acre de la lujuria desbordada.