el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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el valle del dios enano
Extrañamente, mientras caminábamos hacia la posada de la anciana, la perspectiva de los habitantes de este reino cambió de forma radical. Las miradas de desprecio y desconfianza se transformaron en un ambiente cálido y tolerante; parecía que la anciana Louirna era una figura sumamente famosa y respetada en la ciudad. Incluso sus dos ruidosos hijos, Erwimg y Jonas, comenzaron a comportarse con una educación impecable.
Sin embargo, Armia continuaba caminando con su característica arrogancia; nada nuevo en esa elfa engreída.
Cuando finalmente llegamos a la posada, nos encontramos con una edificación colosal. Creo que jamás en mi vida me había alojado en un lugar tan espacioso y bien construido.
—Bien, jóvenes —anunció Louirna, haciendo un gesto con la mano para guiarnos al interior—. Esta es mi casa y, a partir de hoy, la suya. Les asignaré las tres mejores habitaciones que tengo en el piso superior.
—¿Tres? —protestó Ania de inmediato, soltando un leve gruñido felino—. Grrr, ¿por qué tres? Solo necesitamos dos: una para la elfa y otra para mi amado y para mí.
—Por mí, excelente —intervino Armia encogiéndose de hombros—. Si la mía tiene balcón con vista a las montañas, sería perfecto.
—No se pongan exigentes las dos —les espeté con voz firme, intentando mantener el orden.
—Jojo... Ya veo cómo están las cosas —sonrió la anciana con picardía, dando una palmadita en el aire—. Son pareja, una disculpa. Por supuesto que ajustaremos los aposentos. ¡Oigan, haraganes! Suban de inmediato el equipaje de nuestros invitados.
—¡Sí, madre! —respondieron los dos hermanos al unísono, acatando la orden sin chistar y cargando nuestros sacos por las escaleras de piedra.
—Ahora, si no es mucha molestia, muchacho... —continuó Louirna, volviendo la vista hacia mí.
—Oh, sí. El escudo —asentí.
Desenganché la rodela de metal oscuro de mi brazo y se la entregué con respeto. La anciana recibió la reliquia con las manos temblorosas y, tras darme un abrazo cálido que me tomó por sorpresa, se dirigió al salón principal. En el centro de la estancia se erguía un soporte de exhibición con una majestuosa armadura de general enano. A la estructura le faltaba justamente una pieza: Louirna encajó el Escudo del Alma en su lugar correspondiente con un chasquido perfecto.
—Amado mío... que tu alma descanse en paz al lado del Dios Enano —susurró la anciana, pasando los dedos con devoción por el relieve rúnico—. Tu armadura está completa al fin.
—Es una hermosa armadura —comenté, acercándome a observar los acabados del acero—. Sin duda debió ser un guerrero formidable.
—Lo fue, joven... lo fue —respondió Louirna, limpiándose disimuladamente una lágrima antes de volverse hacia nosotros con una sonrisa hospitalaria—. En fin, gracias. Mucha tristeza por hoy; deben venir hambrientos del camino. Pasen a la mesa.
Tras sentarnos a comer en el gran comedor de roble, pudimos conocer un poco más de su historia. Su difunto esposo había sido el General Supremo de las fuerzas enanas durante la gran campaña contra el levantamiento de la facción demoníaca —la misma guerra continental en la que mi padre ganó su renombre—, cayendo con honor en el campo de batalla.
En medio de la cena, la mirada de Louirna se posó en la empuñadura que sobresalía de mi funda.
—Por cierto, muchacho... esa espada que llevas a la cintura es la Espada de las Cinco Voluntades, ¿verdad?
—Sí, así es —respondí, sorprendido de su ojo clínico—. ¿La conoce, Sra. Louirna?
—Por supuesto. El Rey Elfo siempre se jactaba de poseerla en las asambleas de los reinos —explicó la anciana, sirviéndose un poco de estofado—. No indagaré en las razones de por qué la tienes tú; guardaré respeto a tus secretos.
—Se lo agradezco —asentí con la cabeza.
Armia, mientras tanto, removía la comida en su plato con evidente cara de asco.
—Agh... Aquí solo hay grandes trozos de carne y jarras de cerveza. ¿Acaso no tienen algo más verde o fresco?
Ania la miró de reojo, masticando un enorme hueso con satisfacción salvaje.
—¿De qué te quejas tanto, elfa? Es la mejor carne que he probado en meses. Mi ciclo de celo está muy próximo; debo estar perfectamente nutrida para darle cachorros fuertes y sanos a mi esposo.
—¡Basta ya! —sentí cómo la cara me ardía de vergüenza—. Tú, elfa, come y cállate; y tú, mujer, ten un poco de pudor al hablar de esas cosas en la mesa.
—Jojo... Qué muchachas tan expresivas —se rio Louirna, sirviéndole más cerveza a los suyos—. Les pido disculpas, por estas altitudes casi nadie consume vegetales; pero mañana mandaré a comprar algunos para la elfa. Y tú, mujer bestia, aliméntate bien y dale muchos hijos a este muchacho.
Apreté los dientes, buscando desviar la atención de mi vida personal.
—Señora... hablando de trabajo y de la razón por la que estamos aquí...
—Oh, sí, por supuesto —recuperó la seriedad la matriarca, sacando un mapa y un pergamino firmado del bolsillo de su delantal—. Hay un encargo de recuperación clasificado como Nivel Diamante en el Valle del Dios Enano. Es un territorio sagrado pero actualmente maldito por la presencia de un dragón imperial.
—¿Qué clase de dragón? —inquirió Armia, erguéndose en la silla de golpe.
—Un Dragón Necronso —reveló Louirna.
—¿Qué? ¡Eso es imposible! —exclamó la maga, palideciendo visiblemente.
—¿Qué es esa criatura? ¿De qué están hablando? —pregunté, mirando a ambas.
Armia se pasó una mano por la frente, con la mirada perdida en el mapa.
—Es una bestia de las viejas leyendas... Se rumora que el Dios Demonio Necron creó a esas criaturas para servir como monturas a sus generales de élite durante la era de la creación. Son entes aborrecibles: poseen sangre ácida capaz de derretir el acero, un aliento que deforma y pudre la carne al contacto, y una piel escamosa impregnada de descomposición.
Ania sonrió con ferocidad, haciendo brotar levemente sus garras sobre la mesa.
—Vaya... Eso suena bastante divertido, nya. Vamos, esposo, acabemos con él antes de que comience mi luna de celo.
Desenvainé un par de centímetros la Espada de las Cinco Voluntades, sintiendo cómo el acero resonaba con mi propia determinación.
—Un dragón de la era de los dioses, ¿eh? —sonreí con frialdad—. Jajaja... suena como el desafío perfecto. Descansemos esta noche, preparemos el equipo al amanecer y vayamos a cazar a esa bestia.