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Una Corona Para Mi Enemigo

Una Corona Para Mi Enemigo

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Matrimonio arreglado / Fantasía épica
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: maleramram

Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.

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La reina que no se arrodilla

Isolde tenía un problema.

Uno bastante molesto.

La madre de su futuro esposo quería conocerla durante una cena privada, y ella no tenía la menor idea de qué vestido ponerse.

No porque le importara demasiado causar una buena impresión.

Por supuesto que no.

Sino porque, si iba a compartir mesa con la mujer que había criado a Kael de Draven, necesitaba saber qué clase de adversaria tenía delante.

—El verde —decidió Mara, sosteniendo dos vestidos frente a ella—. Sin duda.

Isolde observó ambas opciones.

—El verde representa a mi familia.

—Exactamente.

—Y voy a conocer a la madre del hombre con el que me casaré en tres semanas.

—También exactamente.

—¿No crees que debería vestir algo más neutral?

Mara la miró como si acabara de sugerir que se presentara desnuda ante la corte.

—Isolde, vas a casarte con un rey que cree que puede organizar el mundo a su conveniencia. Si empiezas a cambiar hasta el color de tus vestidos para agradar a su familia, habremos perdido antes de comenzar.

La princesa sonrió.

—A veces eres insoportablemente sensata.

—Lo sé. Es una de mis mejores cualidades.

Finalmente, Isolde eligió el vestido verde esmeralda. La tela se ajustaba delicadamente a su cintura y caía hasta el suelo en pliegues elegantes, adornados con bordados dorados. Su cabello castaño quedó recogido en un peinado sencillo, dejando algunos mechones sueltos alrededor del rostro.

Antes de salir, se colocó el colgante de plata.

Lo sostuvo entre los dedos unos instantes.

Su padre se lo había regalado cuando cumplió dieciséis años. Recordaba perfectamente aquella tarde: Adrian se había burlado de la ceremonia, Gabriel había intentado robarle el postre y su madre había terminado riéndose de todos ellos.

Había sido un día normal.

Un día que entonces parecía insignificante.

Ahora daría cualquier cosa por volver a vivirlo.

—¿Estás bien? —preguntó Mara suavemente.

Isolde soltó el colgante.

—Sí.

Su amiga no insistió.

Sabía que había dolores que no desaparecían con preguntas.

—Entonces vamos —dijo, ofreciéndole el brazo—. No hagamos esperar a la familia real.

Isolde respiró hondo.

—Que esperen cinco minutos más. No quiero que crean que estoy desesperada por conocerlos.

......................

La reina Elara esperaba en un comedor pequeño, iluminado por candelabros de plata.

A diferencia del gran salón donde Isolde había conocido al consejo, aquella estancia era cálida y acogedora. Había flores frescas sobre la mesa, una chimenea encendida y ventanales que daban a los jardines del palacio.

Elara estaba de pie junto a la ventana.

Era una mujer elegante, de unos cincuenta años, con el cabello oscuro atravesado por hebras plateadas y unos ojos grises que recordaban a los de su hijo. Vestía de azul profundo, sin demasiadas joyas.

No necesitaba adornos para imponer respeto.

Cuando Isolde entró, la reina se volvió hacia ella.

La observó durante unos segundos.

No con desprecio, ni con la curiosidad indiscreta de los nobles.

Más bien como si intentara comprender quién era la mujer que tenía delante.

—Princesa Isolde.

—Majestad.

Isolde hizo una reverencia respetuosa.

Elara se acercó y le tomó las manos antes de que pudiera apartarse.

—Bienvenida a Draven.

La calidez del gesto la desconcertó.

Isolde había esperado una recepción formal, quizá una evaluación disimulada sobre su apariencia, su educación o su capacidad para convertirse en reina.

No aquel recibimiento.

—Gracias, majestad.

—Por favor, siéntese. Y deje de mirarme como si estuviera esperando que le arroje un cuchillo.

Isolde abrió los ojos.

Elara sonrió.

—Mi hijo puede ser intimidante. Supongo que habrá heredado esa expresión de alguien, aunque me niego a aceptar toda la responsabilidad.

Una risa escapó de los labios de Isolde antes de que pudiera contenerla.

—Me alegra saber que no soy la única que lo encuentra insoportable.

—Oh, querida, no tiene idea.

La reina hizo una seña a los sirvientes para que comenzaran a servir la cena.

Por primera vez desde su llegada a Draven, Isolde sintió que podía respirar sin tener que medir cada palabra.

Hasta que Elara formuló la primera pregunta importante.

—¿Quieres casarte con mi hijo?

Isolde dejó el tenedor sobre el plato.

Ahí estaba.

La pregunta que todos parecían evitar.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Elara arqueó una ceja.

—Al menos no intenta mentirme.

—No veo qué ganaría haciéndolo.

—¿Y qué sientes por él?

Isolde pensó en el rey de cabello negro y ojos grises. En su manera de hablar como si cada conversación fuera una partida de ajedrez. En la facilidad con la que podía irritarla y en aquella inesperada ocasión en que había defendido su posición frente a la corte.

—Creo que es arrogante, autoritario y demasiado convencido de que siempre tiene razón.

Elara asintió lentamente.

—Definitivamente es mi hijo.

Isolde tuvo que contener otra sonrisa.

—Pero también creo que cumple su palabra —añadió—. Al menos, hasta ahora.

La reina la observó con más atención.

—¿Y eso es suficiente para ti?

—Es suficiente para firmar un acuerdo. No para confiarle mi vida.

Elara dejó su copa sobre la mesa.

—Entonces debo advertirte algo, Isolde.

La princesa se puso seria.

—Te escucho.

—Mi hijo sabe ganar guerras. Sabe negociar con hombres que desean verlo muerto y reconocer una mentira antes de que termine de ser pronunciada. Pero hay algo que nunca ha aprendido a hacer.

—¿Qué cosa?

—Compartir el control.

Isolde bajó la mirada hacia su plato.

—Eso ya lo he notado.

—Kael cree que, si puede anticiparse a todos los peligros, podrá evitar que las personas que le importan sufran. No comprende que, a veces, intentar proteger a alguien significa quitarle la libertad de equivocarse por sí mismo.

La princesa guardó silencio.

Aquellas palabras se parecían demasiado a algo que ella también necesitaba aprender.

Desde la muerte de su familia, había intentado controlarlo todo: las decisiones del consejo, los rumores, los movimientos de sus enemigos y hasta sus propias emociones.

Como si bastara con mantenerse alerta para impedir que otra tragedia ocurriera.

—No necesito que su hijo me proteja de mis propias decisiones —dijo finalmente.

—Lo sé.

—Y no permitiré que gobierne Valenne como si fuera una provincia conquistada.

—Tampoco deberías permitirlo.

Isolde levantó la mirada, sorprendida.

—¿No le preocupa que su hijo se moleste si lo contradigo?

Elara soltó una risa breve.

—Querida, llevo treinta años contradiciendo a ese muchacho. Si me hubiera preocupado cada vez que fruncía el ceño, habría terminado encerrada en una torre antes de que cumpliera los quince.

Isolde se rio de verdad.

Y aquella vez no sintió culpa.

......................

La conversación continuó durante casi una hora.

Elara le habló de las costumbres de Draven, de las tensiones entre las familias nobles y de los peligros de confiar demasiado pronto en quienes ofrecían ayuda sin pedir nada a cambio.

No le exigió promesas de obediencia.

Tampoco intentó convencerla de que el matrimonio sería feliz.

En cambio, le ofreció algo que Isolde no había recibido desde la muerte de su padre.

Un consejo sin condiciones.

—Puedo preguntarte algo, majestad?

—Por supuesto.

Isolde dudó.

Sus dedos encontraron el colgante bajo el borde de la mesa.

—¿Alguna vez tuviste miedo de casarte?

Elara dejó de sonreír.

Por un instante, su mirada se perdió en algún recuerdo lejano.

—Sí.

Isolde no esperaba aquella respuesta.

—¿Amabas al padre de Kael?

—Con el tiempo, sí. Pero nuestro matrimonio comenzó como una alianza política. Éramos jóvenes y ninguno de los dos sabía cómo construir una vida junto a un desconocido.

—¿Y qué hiciste?

—Aprendí a distinguir entre el hombre que era y el hombre que los demás esperaban que fuera.

Elara hizo una pausa.

—Pero no confundas mi historia con una promesa sobre la tuya. No todos los matrimonios por conveniencia se convierten en historias de amor.

Isolde sintió un extraño alivio.

Agradecía que alguien no intentara venderle un futuro feliz como si fuera una certeza.

—No espero enamorarme de Kael.

—Entonces no lo hagas por obligación.

La princesa levantó la vista.

—¿Perdón?

—No te enamores de él porque sea tu esposo. No le entregues tu corazón porque el reino necesite una reina enamorada. Y, sobre todo, no confundas el sacrificio con el amor.

Elara tomó su copa.

—Si algún día llegas a amarlo, que sea porque has conocido al hombre que existe detrás de la corona. Y si nunca sucede, asegúrate de que puedas mirarte al espejo sin sentir que has perdido quién eres.

Isolde sintió un nudo en la garganta.

Durante semanas, todos habían hablado de su matrimonio como si se tratara de una solución política.

Nadie le había preguntado qué perdería ella.

La reina Elara acababa de hacerlo sin necesidad de pronunciar la pregunta.

—Gracias —susurró Isolde.

La reina le apretó suavemente la mano.

—No me agradezcas todavía. Aún tienes que sobrevivir a las primeras semanas con mi hijo.

—Empiezo a pensar que debería haber negociado una cláusula que me permitiera escapar.

—Todavía puedes hacerlo.

Ambas se echaron a reír.

Y ninguna de las dos advirtió que alguien se había detenido al otro lado de la puerta.

......................

Kael había ido a buscar a su madre para discutir los últimos detalles de la boda.

No tenía intención de escuchar la conversación.

Pero cuando oyó la risa de Isolde, se detuvo.

Era un sonido inesperado.

Hasta entonces, había visto a su futura esposa discutir con nobles, desafiarlo durante las negociaciones y defender su reino con una determinación casi feroz.

Nunca la había escuchado reír de aquella manera.

Sin reservas.

Sin la ironía que utilizaba como escudo.

Kael se quedó junto a la puerta unos segundos más de lo necesario.

Entonces escuchó la voz de su madre.

—Y dime, ¿qué piensas realmente de mi hijo?

Kael estuvo a punto de entrar.

Pero la respuesta de Isolde lo detuvo.

—Creo que es un hombre que ha pasado tanto tiempo ordenando a los demás que ha olvidado que no todo el mundo desea obedecerlo.

Kael frunció el ceño.

Por supuesto.

—También creo que debe de ser agotador vivir convencido de que siempre tiene que ser el más fuerte de la habitación —continuó Isolde—. No sé qué le ocurrió para convertirse en alguien así, pero no pienso permitir que sus miedos se conviertan en mis cadenas.

El rey permaneció inmóvil.

No sabía qué le molestaba más: que ella se atreviera a juzgarlo sin conocerlo o que algunas de sus palabras se acercaran demasiado a la verdad.

—¿Y crees que puedes cambiarlo? —preguntó Elara.

—No. No es mi responsabilidad cambiar a nadie.

Isolde hizo una pausa.

—Solo espero que, cuando llegue el momento de gobernar juntos, sea capaz de comprender que no soy una de sus posesiones.

Kael sintió que algo se tensaba en su mandíbula.

Había defendido su posición frente a la corte. Había aceptado sus condiciones y dejado claro que nadie podía faltarle al respeto.

¿Y aun así ella creía que él pretendía convertirla en una posesión?

La respuesta debería haberlo enfurecido.

Lo hizo.

Pero también despertó en él una curiosidad que no estaba dispuesto a reconocer.

Quería saber qué tendría que hacer para que Isolde dejara de mirarlo como a un enemigo.

Y, por primera vez, la pregunta no tenía nada que ver con la política.

Kael se apartó de la puerta antes de que alguien lo descubriera y abandonó el corredor.

No necesitaba escuchar más.

O eso se dijo.

Cuando Isolde salió del comedor, encontró al rey esperándola junto a una ventana.

Se detuvo.

—¿Lleva mucho tiempo ahí?

—Lo suficiente.

La princesa entrecerró los ojos.

—¿Estaba escuchando?

—Pasaba por aquí.

—Qué coincidencia tan extraordinaria.

Kael se enderezó.

—Mi madre parece haberle tomado cariño.

—Su madre es una mujer extraordinaria.

—No se lo diga. Se volverá insoportable.

Isolde sonrió.

—Ahora entiendo de dónde heredó usted su encanto.

Kael la miró fijamente.

—¿Qué le ha dicho sobre mí?

—Muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—Que sabe ganar guerras, que es testarudo y que debería aprender a compartir el control.

El rey apretó la mandíbula.

—Mi madre tiene una opinión demasiado elevada de su capacidad para aconsejar a los demás.

—¿Y de la suya?

—De la mía tiene una opinión exageradamente baja.

—Entonces tenemos algo en común.

Kael dio un paso hacia ella.

Isolde no retrocedió.

La luz de las antorchas iluminaba los reflejos cobrizos de su cabello. El colgante de plata descansaba sobre el verde oscuro del vestido.

Por un instante, Kael se descubrió observándolo de nuevo.

—Siempre lleva esa joya —comentó.

La mano de Isolde subió inmediatamente hasta el colgante.

Su expresión cambió.

—Es un recuerdo de mi familia.

Kael comprendió que había tocado un asunto que ella no estaba dispuesta a compartir.

—No pretendía incomodarla.

Isolde lo estudió con cautela.

—Entonces no pregunte por cosas que no le corresponden.

Kael aceptó la reprimenda sin discutir.

—Como desee, princesa.

Ella pareció sorprendida por su respuesta.

Él también.

Durante un instante, permanecieron frente a frente, demasiado cerca para dos personas que insistían en no tener ningún interés la una en la otra.

—Buenas noches, majestad —dijo Isolde finalmente.

—Buenas noches, princesa.

Ella se marchó sin volver la cabeza.

Kael la siguió con la mirada hasta que desapareció al final del corredor.

Después bajó los ojos hacia su propia mano, como si esperara encontrar allí una respuesta.

No la encontró.

Solo sabía que aquella mujer comenzaba a ocupar más espacio en sus pensamientos del que debería.

Y todavía faltaban tres semanas para la boda.

Por primera vez, Kael de Draven empezó a sospechar que casarse con Isolde de Valenne sería mucho más peligroso que enfrentarse a cualquier ejército.

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Paula Giaccaglia
por favor, no tardes tanto en escribir y bajar capitulos, espero me lleguen, no sé cómo se hace
Paula Giaccaglia
me encanta escritora, sólo espero no tarde en ir bajando capitulos y con continuidad
Paula Giaccaglia
me fascinan las novelas de época, ahora pobre rey no le dió de comer y cuándo se cambió el vestido? era negro en un capítulo y en el próximo Verde
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