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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El abuelo Steimos

Clara llevaba veinte minutos alisando el mantel de la mesa del hotel con las manos, aunque ya estaba perfectamente liso.

Diño la observaba desde el sofá, con el estuche del violín en el regazo y una curiosidad que no podía disimular. Mozart le había advertido que el abuelo Steimos era una institución en la familia, pero no le había dado detalles.

—¿Nerviosa? —preguntó Diño.

—No estoy nerviosa. Estoy preparando el terreno.

—¿Para una batalla?

Clara lo miró y sonrió.

—Para él, la vida es una batalla. Y la mesa de la cena es su trinchera.

Le explicó, mientras doblaba una servilleta por tercera vez, quién era realmente el abuelo. No era el padre de Clara, sino su tío. Cuando el padre de Clara murió, la madre quedó viuda y muy joven, sin recursos y con una niña pequeña. Fue Adriano Steimos, el hermano mayor del difunto, quien se hizo cargo. Le llevaba quince años a su hermano. Era un hombre recio, de mirada fija y convicciones de granito, criado bajo la disciplina militar. Pero con Clara siempre tuvo una debilidad. Le compraba dulces a escondidas, le preguntaba cómo había ido su día, la escuchaba tocar durante horas sin mover una silla. Clara no lo veía como un tío. Lo veía como un padre. Porque él se lo había ganado.

El timbre sonó. Clara respiró hondo.

—Vamos. El abuelo ha llegado.

Diño se puso de pie. La puerta se abrió y el hombre entró.

Adriano Steimos era alto, ancho de hombros, con la espalda recta como si llevara una varilla de acero cosida a la columna. Tenía el cabello completamente blanco, cortado al ras, y unos ojos que escanearon la habitación con la precisión de un radar. Llevaba un abrigo de paño oscuro y un bastón de madera que, por la forma en que lo apoyaba, parecía más un arma que una ayuda.

Miró a Clara. Asintió. Después su mirada se posó en Diño. Se detuvo. Entrecerró los ojos.

—Mozart —dijo, con una voz que sonaba a grava y a órdenes no respondidas—. ¿Qué te he dicho de llevar el cabello de forma tan alocada?

Diño sintió el peso de la mirada. Mozart le había advertido: *"Al abuelo se le responde con respeto, se baja la mirada y se dice 'sí, abuelo'. No discutas."*

Pero Diño no era Mozart. Y la picardía, para él, era un reflejo tan natural como respirar.

Se acercó al hombre, lo miró de arriba abajo, y con una sonrisa desarmante dijo:

—Abuelo, ¿qué te he dicho yo de llevar las canas como las llevas? Ya no estás en el ejército. Y ese look hace que parezcas villano de una serie de época.

El silencio que siguió fue absoluto. Clara abrió la boca, horrorizada, y dio un paso adelante como si pudiera retroceder en el tiempo. El propio Adriano parpadeó, desconcertado, como si un soldado raso acabara de corregirle la formación.

—Muchacho —dijo el anciano, lentamente—. No te conocía esa perspicacia. Ni esa lengua venenosa. ¿De dónde aprendiste?

Diño se encogió de hombros, sin perder la sonrisa.

—¿Tú sabes? La televisión es la que corrompe mi mente.

Adriano lo miró un segundo más. Y entonces, contra todo pronóstico, soltó una carcajada. Una risa profunda, ronca, que le sacudió el pecho.

—Es cierto. La televisión —dijo, negando con la cabeza—. Si leyeras más, no habría estos problemas. Bueno, bueno. Vamos a comer.

---

La cena transcurrió con una dinámica que Diño no esperaba.

Adriano se sentó a la cabecera de la mesa y, durante los primeros minutos, se comportó con la corrección de un general en una reunión diplomática. Le preguntó a Clara por el hotel, por la audición, por la ciudad. Pero debajo de esa fachada de militar retirado había algo más. Una atención obsesiva, casi feroz, por el bienestar de los suyos.

—Clara, te has abrigado —dijo, señalando la chaqueta de su sobrina.

—Sí, papá —respondió Clara, con naturalidad.

—Recuerda el año pasado por estas épocas. Te dio un catarro muy fuerte y estuviste hospitalizada dos días. La calefacción de este hotel no es suficiente. —Adriano abrió su bolso de cuero, sacó una chalina de lana gruesa y la dejó sobre la mesa—. Toma. La compré para ti. Colócatela.

Clara miró la chalina. Miró el termómetro de la pared.

—Pero si está haciendo calor.

—No me importa. Colócatela.

Clara suspiró, sonriendo, y se envolvió la chalina alrededor del cuello. Adriano asintió, satisfecho, y volvió a su sopa como si acabara de ganar una escaramuza.

Diño observó la escena. Ese hombre frío, de mirada fija y voz de mando, se preocupaba por la gente que quería con una intensidad que no pedía permiso. No exigía. No chantajeaba. No pedía dinero para bolsos ni para zapatos de marca. Simplemente daba. Daba su tiempo, su memoria, su lana comprada con antelación.

—¿Y usted qué me ve así, muchachito, con cara de tonto? —preguntó Adriano, sin levantar la vista de la sopa—. ¿Qué quiere?

Diño parpadeó, sorprendido.

—Nada —dijo. Después sonrió—. Bueno. No hay chalina para mí. Quiere decir que el abuelo tiene sus engreídos y preferidos.

Adriano levantó la mirada. Lo estudió con una expresión nueva, como si estuviera viendo a un desconocido que se había colado en la piel de su nieto.

—Mozart. ¿Qué pasa contigo? Te noto más respondón que nunca.

Diño se encogió de hombros, adoptando un tono dramático.

—Es el influjo de la juventud, usted sabe. Las hormonas. El cambio de clima. El cambio de horario. Creo que todavía me está afectando.

El hombre, curtido en batallas reales y metafóricas, no pudo resistirlo más. Soltó otra carcajada y señaló a Diño con la cuchara.

—Este muchacho siempre sale con cada cosa extraña. Bueno, bueno. Mientras no te pintes el cabello de verde y escuches esa música sin sentido, creo que todo estará bien.

El resto de la velada continuó entre risas y preguntas. Diño comió, escuchó, y por primera vez en su vida, entendió lo que significaba tener un abuelo. No un abuelo que te miraba por encima del hombro y te recordaba que había sido el principal obstáculo en la vida de tu padre. No una abuela que lanzaba cubiertos y exigía pensiones. Adriano daba sin pedir nada a cambio. Era generoso, cuidadoso, amoroso a su manera ruda y militar.

Diño miró a Clara, envuelta en la chalina, riendo de algo que el anciano acababa de decir. Y sintió una envidia sana, profunda, que le apretó la garganta. Mozart había crecido con esto. Con un abuelo genial. Un héroe de guerra que compraba chalinas y se reía de las bromas de su nieto. Un hogar.

—¿Por qué me miras así, muchacho? —preguntó Adriano, detectando la intensidad de su mirada.

Diño ladeó la cabeza, con una sonrisa pícara.

—Estoy preguntándome si en cualquier momento vas a sacar el bastón y me golpearás. Con frases como "muchachito tonto" o "en mis épocas estas cosas no se hacían".

Adriano lo miró. Volvió a reír, negando con la cabeza.

—Este muchacho se vuelve más irreverente cada vez. —Se giró hacia Clara, con un brillo travieso en los ojos—. Clara, escúchame bien. Si este no ingresa al conservatorio, lo mandamos a alguna escuela militarizada. Para que le quiten lo graciosito.

Diño dejó de reírse al instante. La sonrisa se le congeló en la cara. La imagen de un patio de cemento, botas al amanecer y camas cuadradas le cruzó por la mente.

Adriano lo vio palidecer. Y sonrió. Una sonrisa lenta, victoriosa.

—Ah —dijo, apuntándolo con el bastón—. Encontré tu lado débil, muchacho.

Clara soltó una carcajada. Diño parpadeó, procesando la broma, y terminó riéndose con ellos.

Los tres rieron a la vez. En una mesa pequeña de un hotel de Manchester, envueltos en lana y en olor a sopa, con un veterano de guerra haciendo de abuelo y un impostor haciendo de nieto. Y por primera vez desde que llegó a Inglaterra, Diño no sintió que estaba robando una vida.

Sintió que, por una noche, le pertenecía.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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