Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.
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Capítulo 10: La última prueba de Emma.
Durante mucho tiempo, Emma Rojas había creído que su casa era un lugar donde las cosas desaparecían.
Primero desapareció la voz de su madre.
Después sus abrazos.
Después las tardes tranquilas donde todo parecía estar bien.
Luego llegaron las personas nuevas.
Las niñeras.
Cada una con una sonrisa.
Cada una prometiendo ayudar.
Cada una diciendo que todo sería diferente.
Y después...
Se iban.
Por eso Emma había aprendido algo:
No encariñarse demasiado.
Era más fácil.
Si alguien se iba, dolía menos.
O eso pensaba.
Pero desde que Lucía había llegado, esa regla comenzaba a romperse.
Y eso la asustaba.
Porque por primera vez en mucho tiempo alguien estaba logrando acercarse.
La mañana comenzó como cualquier otra.
O al menos como cualquier mañana en la casa de los Rojas podía comenzar.
A las cinco y media, Pelé decidió que todo el mundo debía despertar.
—¡Quiquiriquí!
Tomás abrió los ojos.
Miró el reloj.
—Pelé...
Silencio.
—Son las cinco y media.
El gallo volvió a cantar.
—Ya sé que amaneció.
Otro canto.
—No necesitas anunciarlo.
Otro canto.
Tomás se tapó la cabeza con la almohada.
Desde la habitación de Emma se escuchó una risa.
Una risa pequeña.
Pero real.
Tomás sonrió.
Porque antes Emma se molestaba.
Ahora se reía.
Y esa diferencia significaba mucho.
En la cocina, Lucía preparaba el desayuno cuando Emma entró.
Tenía el cabello desordenado.
Su pijama estaba llena de pelos de animales.
Y llevaba a Pelé en brazos.
Lucía la miró sorprendida.
—¿Dormiste con él?
Emma negó.
—Él decidió dormir cerca de mi puerta.
Lucía sonrió.
—Protección nocturna.
—Exacto.
Tomás entró.
—O invasión de territorio.
Emma miró a su padre.
—No hables mal de Pelé.
—Estoy seguro de que puede defenderse solo.
Como si hubiera entendido, Pelé levantó la cabeza.
—Quiquiriquí.
Lucía rió.
—Creo que acaba de responder.
Pero esa mañana había algo diferente.
Tomás estaba serio.
Emma lo notó.
—¿Qué pasa?
Él dudó.
—Tengo que hablar contigo.
La niña dejó de alimentar a Pelé.
Esa frase siempre significaba algo importante.
—¿Es malo?
Tomás se sentó junto a ella.
—No.
Respiró.
—Es sobre Lucía.
Emma inmediatamente cambió la expresión.
Su corazón se apretó.
—¿Se va?
Tomás notó el miedo en sus ojos.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
La niña bajó la mirada.
Tomás entendió algo.
Emma no había preguntado si Lucía estaba ocupada.
No había preguntado si tenía planes.
Había preguntado si se iba.
Porque ese era su mayor miedo.
—Lucía recibió una propuesta de trabajo —explicó Tomás.
Emma guardó silencio.
—Es una buena oportunidad para ella.
La niña no respondió.
—Pero eso no significa que desaparecerá.
Emma miró hacia la mesa.
—Todos tienen una razón para irse.
La frase cayó como una piedra.
Tomás sintió dolor.
—Emma...
—No pasa nada.
Pero sí pasaba.
Mucho.
Porque aunque Lucía todavía no se iba, la niña ya estaba preparándose para perderla.
Lucía escuchaba desde la puerta.
Había escuchado lo suficiente.
Se acercó lentamente.
—Emma.
La niña levantó la mirada.
—No me voy.
Emma intentó sonreír.
—Todavía.
Lucía se sentó frente a ella.
—No quiero prometerte algo que nadie puede prometer.
Emma quedó confundida.
Lucía continuó:
—Nadie sabe qué pasará mañana.
Tomás escuchó atentamente.
—Pero sí puedo decirte algo.
Tomó la mano de Emma.
—Mientras esté en tu vida, voy a estar de verdad.
La niña la miró.
—¿Y si un día tienes que irte?
Lucía respiró.
—Entonces ese día te diré la verdad.
Emma no esperaba esa respuesta.
Porque todos intentaban decirle lo que quería escuchar.
Pero Lucía le estaba dando algo diferente.
Honestidad.
Ese día, Lucía tuvo una idea.
—Creo que necesitamos una misión.
Emma sonrió.
—Otra misión.
—Sí.
—¿Con Pelé?
Lucía miró al gallo.
—Especialmente con Pelé.
El gallo parecía orgulloso.
—¿Cuál es la misión?
Lucía abrió una libreta.
—Encontrar algo que represente a esta familia.
Emma pensó.
—¿Como qué?
—Algo que diga quiénes son.
Tomás apareció.
—Eso puede ser complicado.
Emma señaló alrededor.
—Somos un padre cansado.
—Gracias —dijo Tomás.
—Una niña que hace problemas.
—También gracias.
—Muchos animales.
Pelé levantó la cabeza.
—Y un gallo que cree que manda.
Lucía sonrió.
—Exacto.
Comenzaron a buscar.
Primero encontraron dibujos de Emma.
Después fotografías.
Después recuerdos.
Cada cosa contaba una historia.
Pero ninguna parecía ser "la cosa".
Hasta que llegaron al viejo taller de Tomás.
Emma casi nunca entraba allí.
Era el lugar donde su padre pasaba muchas horas trabajando.
Había herramientas.
Piezas de autos.
Aceite.
Y recuerdos.
—Papá arregla cosas —dijo Emma.
Lucía sonrió.
—Sí.
Emma miró alrededor.
—Siempre arregla cosas rotas.
Tomás la observó.
No esperaba escuchar eso.
Emma continuó:
—Autos.
—Sí.
—Puertas.
—Sí.
—Juguetes.
Hizo una pausa.
—Pero no pudo arreglar que mamá se fuera.
El silencio apareció.
Pero esta vez no fue incómodo.
Fue triste.
Pero necesario.
Tomás se acercó.
—No había nada que arreglar, Emma.
La niña lo miró.
—¿Entonces por qué te esfuerzas tanto?
Tomás respiró.
—Porque algunas cosas no se arreglan para volver a ser iguales.
Se arrodilló frente a ella.
—Se arreglan para poder seguir funcionando.
Emma sintió que esas palabras eran importantes.
Porque quizás ella también era así.
No tenía que volver a ser la niña de antes.
Podía aprender a vivir de otra manera.
Entonces Pelé apareció.
Como siempre.
Caminó hacia una caja vieja.
Picoteó algo.
Y comenzó a moverse.
Emma lo siguió.
—¿Qué encontró ahora?
Dentro de la caja había una pequeña placa de madera.
Tomás la tomó.
Era una pieza que Mariana había hecho años atrás.
Tenía grabadas unas palabras:
"Aquí vive el amor, aunque la vida cambie."
Tomás se quedó quieto.
Porque no recordaba esa placa.
Mariana la había hecho poco antes de morir.
Emma la tocó.
—Mamá la escribió.
Tomás asintió.
Lucía sonrió.
—Creo que encontramos la respuesta.
Emma miró la placa.
Por primera vez entendió algo:
La familia no era una fotografía congelada.
No era una etapa que había terminado.
Era algo que podía cambiar.
Esa tarde ocurrió la prueba más difícil.
Emma decidió hacer algo.
Algo que nunca había hecho desde la muerte de Mariana.
Invitó a Lucía a quedarse a cenar.
No porque Tomás lo pidiera.
No porque fuera necesario.
Porque ella quería.
Cuando llegó la hora, Emma preparó la mesa.
Puso un plato más.
Tomás la observó.
No dijo nada.
Pero su corazón se llenó de emoción.
Lucía llegó.
—¿Puedo pasar?
Emma asintió.
—Sí.
Una palabra sencilla.
Pero para Emma significaba mucho más.
Era como decir:
"Puedes entrar".
"No tienes que irte inmediatamente".
"Puedes formar parte de mi vida".
Durante la cena ocurrió algo inesperado.
Pelé saltó sobre una silla.
Tomás lo miró.
—No.
El gallo se quedó quieto.
Emma intervino.
—Está invitado.
—Emma...
—Es parte de la familia.
Lucía comenzó a reír.
Tomás negó con la cabeza.
—Nunca pensé que tendría una discusión sobre si un gallo puede sentarse a cenar.
Emma sonrió.
—Esta casa es especial.
Y tenía razón.
Esa noche, cuando todos dormían, Emma abrió nuevamente el cuaderno de su madre.
Escribió:
"Hoy dejé entrar a alguien nuevo."
Se quedó mirando la frase.
Luego agregó:
"No significa que olvidé a mamá."
Otra línea.
"Significa que mamá tenía razón."
Y finalmente escribió:
"El corazón tiene espacio para más amor."
Cerró el cuaderno.
Afuera, Pelé cantó.
Como siempre.
Emma sonrió.
—Pelé...
El gallo respondió.
—Quiquiriquí.
—Sí.
La niña miró por la ventana.
—Creo que estamos bien.
Pero justo cuando la familia comenzaba a encontrar equilibrio, algo inesperado estaba por ocurrir.
Porque el destino todavía tenía muchas sorpresas para los Rojas.
Y la siguiente no llegaría con una nueva niñera.
Llegaría con una nueva familia.
Una familia que todavía no sabía que estaba a punto de cruzar su camino.