En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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6. Un paso adelante
Camila observó a Isabella alejarse sin disimulo. Vio cómo Lucien Salazar le abría la puerta del auto con un gesto atento, cómo la ayudaba a subir con cuidado y cómo le dedicaba una última mirada antes de cerrar. El vehículo se puso en marcha y, aunque Camila mantuvo la sonrisa en el rostro, algo oscuro se agitó en su interior.
—¿Por qué le dijiste que se parecía a alguien? —preguntó Lucas, mirando a Sebastián con curiosidad—. Fue raro.
Sebastián suspiró, sin apartar la vista del auto que ya se alejaba.
—Porque se parecía a Valeria.
El tercer hermano soltó una risa breve, casi burlona.
—Estás viendo mal —dijo—. Valeria jamás le llegaría ni a los talones a esa mujer. No compares.
Sebastián no respondió. Algo en su pecho se había tensado sin explicación lógica. No era el rostro exacto, ni la voz, ni la postura… era otra cosa. Una sensación incómoda que prefirió ignorar.
Camila escuchó en silencio.
No le gustaba que mencionaran a Valeria. Nunca le había gustado. Pero lo que realmente le molestaba no era el nombre del pasado, sino el presente que acababa de ver con sus propios ojos. Isabella Valcour no solo era hermosa, elegante y segura… estaba demasiado cerca de Lucien.
Y eso era inaceptable.
Camila apretó los dedos con suavidad, cuidando que nadie notara el gesto.
No podía quedarse en segundo plano. Nunca lo había hecho y no pensaba empezar ahora. Lucien Salazar era un hombre de poder, de influencia, exactamente el tipo de hombre que ella merecía. Y no iba a permitir que otra mujer, por muy Valcour que fuera, se lo arrebatara.
Sonrió.
Ella se encargaría de enamorar a Lucien Salazar.
Cueste lo que cueste.
Porque Camila Montoya jamás aceptaba perder.
El interior del auto estaba en silencio, roto solo por el sonido constante del motor y el movimiento suave de la ciudad pasando frente a ellos. Isabella observaba por la ventana, pero su mente seguía anclada en lo que acababa de ocurrir en el edificio. Dudó un momento. No solía hacer preguntas innecesarias, pero la curiosidad terminó ganándole.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —dijo al fin.
Lucien giró ligeramente el rostro hacia ella, atento.
—Claro.
—¿Qué hacía Camila Montoya allí?
Lucien no pareció sorprendido por la pregunta.
—Es una de las estudiantes que hará prácticas en la empresa —explicó con naturalidad—. Salazar Group tiene un programa para alumnos de administración de empresas. Les damos la oportunidad de adquirir experiencia real.
Hizo una pausa breve antes de añadir:
—¿Por qué lo preguntas? ¿La conoces?
Isabella sonrió con suavidad, una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.
—No realmente —respondió—. Solo curiosidad.
Cambió el tema con la misma facilidad con la que había preguntado, hablando de cosas triviales, del día, del puesto, del edificio. Lucien no insistió, aunque algo en su mirada indicaba que había notado el gesto evasivo.
Mientras tanto, Isabella pensaba.
Así que su hermana menor estaría cerca. Muy cerca. Dentro de la misma empresa. La idea no le molestó. Al contrario, despertó en ella una calma peligrosa. Tener al enemigo lejos era incómodo. Tenerlo cerca… era una ventaja.
Mucho mejor observar de frente.
Mucho mejor anticiparse.
Volvió su atención al frente, recostándose en el asiento con aparente tranquilidad.
Lucien miró al chófer por el retrovisor.
—Llévanos al restaurante —ordenó—. Quiero invitar a Isabella a comer.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Ahora?
—Si te parece bien.
Isabella sonrió y asintió. Fue entonces cuando algo dentro de ella se aflojó. El simple hecho de salir a comer con un hombre, sin condiciones ni explicaciones, abrió una puerta que había permanecido cerrada demasiado tiempo.
Y el recuerdo la arrastró sin aviso.
Valeria estaba de pie en la sala, con el bolso colgándole del hombro. Se había arreglado más de lo habitual. No demasiado, solo lo suficiente como para sentirse… normal.
—¿Podemos salir hoy? —preguntó, mirando a su madre—. Tal vez a cenar. O al cine.
La mujer ni siquiera levantó la vista del celular.
—¿Salir? —repitió, molesta—. ¿Para qué?
—Es viernes… pensé que podríamos ir en familia.
Sebastián soltó una risa breve desde el sillón.
—Siempre quieres malgastar el dinero.
—No es malgastar —intentó Valeria—. Solo…
—No sabes ser humilde —interrumpió Lucas—. Deberías aprender de Camila.
Camila levantó la vista con una sonrisa suave.
—No pasa nada, mamá —dijo—. Podemos quedarnos en casa.
—¿Ves? —sentenció la madre—. Ella sí entiende.
Valeria apretó el bolso con fuerza.
—Yo solo quería salir un rato…
—Basta —ordenó el padre—. Sube a tu habitación.
—Pero—
—Ahora.
Valeria subió las escaleras con el pecho apretado. Más tarde escuchó risas desde abajo. Escuchó cómo salían. La puerta cerrarse. El silencio después.
Esa noche cenó sola.
Otra más.
El recuerdo se disipó con suavidad.
Isabella parpadeó y volvió al presente. Las luces de la ciudad se reflejaban en el cristal del auto.
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Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, la sede principal del Grupo Valcour se mantenía tan impecable y silenciosa como siempre. Aquella empresa no era solo un imperio financiero, era una red de influencia que abarcaba sectores clave: energía, construcción, tecnología y fondos de inversión. Los Valcour no solo tenían dinero, tenían poder real. Del que mueve gobiernos, mercados y destinos sin levantar la voz.
Esa mañana, Elena Valcour había ido a la empresa para hablar con su esposo de algo importante.
—Cariño, necesito tu ayuda —dijo con una sonrisa tranquila.
Gabriel Valcour levantó la vista desde detrás de su escritorio, dejando a un lado los documentos. La miró con esa expresión que siempre tenía para ella, una mezcla de atención absoluta y afecto sincero.
—A ver, amor —respondió Gabriel Valcour, acomodándose con tranquilidad en la silla—. ¿En qué quieres que te ayude?
Elena se sentó en uno de los sillones frente a él y cruzó las piernas con elegancia antes de comenzar a hablar. Le explicó su idea con calma, midiendo cada palabra. Quería presentar formalmente a Isabella ante los socios mayoritarios y ante la alta sociedad. Un evento a gran escala. Una aparición estratégica.
No solo sería una presentación social. Sería una declaración.
Aquello le abriría puertas a su hija, le daría respaldo público y, al mismo tiempo, le permitiría moverse con libertad si algún día decidía construir méritos propios sin depender únicamente del apellido Valcour.
Gabriel escuchó en silencio, asintiendo poco a poco.
—Tiene sentido —dijo finalmente—. No hay ninguna falla en tu lógica.
El futuro de su hija estaba por encima de cualquier negocio, de cualquier acuerdo o ganancia. Isabella era su prioridad absoluta. Siempre lo había sido.
Sonrió.
—Hazlo —añadió—. Organiza todo como creas conveniente.
Elena se levantó y se inclinó para darle un beso rápido en los labios, satisfecha.
—Sabía que estarías de acuerdo.
Antes de salir, se detuvo un segundo en la puerta.
—No olvides que esta noche cenamos con tus padres.
Gabriel sonrió con suavidad.
—No lo olvido.
Cuando Elena salió de la oficina, él se recostó en la silla, pensativo. Todo estaba avanzando. Demasiado bien, quizás. Pero no le preocupaba. Mientras Isabella estuviera protegida, el mundo podía esperar.
Sin saberlo, aquel evento que estaban a punto de organizar no solo marcaría el debut social de su hija…
también sería el escenario perfecto para que el pasado comenzara a chocar, sin piedad, con el presente.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅