Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.
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Promesas de niños
El invierno estaba cada vez más cerca.
Las mañanas eran más frías y el bosque despertaba cubierto por una fina capa de niebla que tardaba horas en desaparecer.
Alyssa ya no necesitaba que Kaleb llamara dos veces a la puerta.
Apenas escuchaba el primer golpe, salía corriendo con la bufanda mal puesta y el cabello aún desordenado.
—Otra vez llegaste tarde —dijo Kaleb con una sonrisa burlona.
Alyssa cruzó los brazos.
—No llegué tarde.
—Llevamos esperando una eternidad.
Ethan levantó una ceja.
—Han sido exactamente treinta y siete segundos.
Liam soltó una risa.
—Los contó.
—Claro que los conté.
Nora tomó a Alyssa de la mano.
—No les hagas caso. Son unos exagerados.
Los cinco comenzaron a caminar hacia el Bosque de los Secretos.
Ya se había convertido en su lugar favorito.
⸻
—Hoy construiremos algo importante —anunció Ethan.
—¿Otra vez un puente? —preguntó Liam.
—No.
—¿Una trampa?
—No.
—¿Entonces?
Ethan sonrió con orgullo.
—Una casa del árbol.
Todos levantaron la vista hacia el enorme roble del claro.
Era el árbol más antiguo del bosque.
Sus ramas parecían tocar el cielo.
Kaleb sonrió.
—Me gusta.
—Sabía que dirías eso.
Durante toda la mañana trabajaron sin descanso.
Rowan les había regalado algunas tablas de madera que habían sobrado del taller.
Kaleb aprendía rápido.
Liam medía antes de cortar.
Ethan improvisaba.
Nora organizaba todo.
Y Alyssa sostenía las herramientas con toda la seriedad del mundo.
Cada vez que una tabla quedaba en su lugar, aplaudía emocionada.
Al caer la tarde…
La casa estaba terminada.
Era pequeña.
Torcida.
Y seguramente cualquier adulto habría dicho que no era muy segura.
Pero para ellos…
Era perfecta.
⸻
Subieron uno por uno.
Desde arriba podían verse las montañas que rodeaban el territorio.
El río brillaba bajo la luz del sol.
Y la aldea parecía diminuta.
—Este será nuestro lugar secreto —dijo Kaleb.
Todos estuvieron de acuerdo.
Nora dejó una pequeña manta en una esquina.
Liam colocó una caja de madera sobre el suelo.
—¿Qué es eso?
—Una cápsula del tiempo.
Ethan abrió mucho los ojos.
—¡Eso hacen los humanos!
—¿Y?
—Pues… está bien.
Todos comenzaron a buscar algo que guardar.
Ethan dejó una pluma de halcón.
Liam, una pequeña brújula de madera que había fabricado él mismo.
Nora colocó una cinta azul que siempre llevaba en el cabello.
Kaleb dejó el pequeño cuchillo de entrenamiento que su padre le había regalado.
Todos miraron a Alyssa.
Ella abrió la mano lentamente.
Dentro estaba la flor seca que Kaleb le había dado meses atrás.
La observó unos segundos.
Luego negó con la cabeza.
—No puedo dejar esta.
—¿Por qué? —preguntó Nora.
Alyssa sonrió.
—Porque es mi primer recuerdo feliz.
Kaleb sintió un calor extraño en el pecho.
No entendía por qué.
Solo sabía que escuchar eso lo hacía feliz.
Después de pensar unos segundos, Alyssa tomó una pequeña piedra blanca que había encontrado junto al río.
La colocó dentro de la caja.
—Esta sí.
Kaleb cerró la tapa.
—Nadie abrirá esta caja hasta que seamos adultos.
—Lo prometemos —dijeron todos al mismo tiempo.
⸻
Cuando el sol comenzó a esconderse, Ethan tuvo otra idea.
—Hagamos una promesa.
—¿Otra? —preguntó Nora riendo.
—Sí.
Pero una importante.
Los cinco se sentaron formando un círculo.
Ethan habló primero.
—Prometo que algún día seré el guerrero más fuerte de la manada.
Liam sonrió.
—Yo prometo que conoceré todas las manadas del continente.
Nora levantó la mano.
—Yo prometo curar a cualquiera que lo necesite.
Todos miraron a Kaleb.
Él observó el bosque durante unos segundos.
Después dijo con una seguridad impropia de un niño.
—Yo prometo proteger esta manada… sin importar lo que tenga que sacrificar.
El silencio se hizo por un instante.
Ni él mismo entendía el peso de aquellas palabras.
Alyssa fue la última.
Miró a cada uno de sus amigos.
Luego sonrió.
—Yo prometo…
Respiró hondo.
—…que, pase lo que pase, nunca dejaré de volver a este lugar.
Kaleb levantó el dedo meñique.
—Entonces hagamos una última promesa.
Uno a uno, los cinco entrelazaron sus dedos.
—Nunca dejaremos que uno de nosotros camine solo.
—Nunca —repitieron al unísono.
El viento movió las hojas del enorme roble.
Como si el bosque hubiera escuchado cada una de aquellas palabras.
⸻
Desde la distancia, el Alfa observaba la escena junto a Rowan.
—Son buenos niños.
Rowan sonrió.
—Sí.
El Alfa mantuvo la vista fija en Kaleb y Alyssa.
Ellos reían sin preocuparse por el mañana.
Sin imaginar el peso que algún día cargarían.
—Ojalá algunas promesas pudieran durar para siempre —murmuró.
Rowan siguió la dirección de su mirada.
—Las promesas de los niños siempre son sinceras.
El Alfa asintió lentamente.
—Sí…
—El problema es que quienes cambian son los adultos.
Y, por primera vez, una sombra de preocupación cruzó su rostro.
Muy por encima de ellos, la luna comenzaba a asomarse entre las montañas.
Silenciosa.
Paciente.
Como si ya conociera un futuro que ninguno de ellos era capaz de imaginar.