Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 16: La cicatriz que no debía ver
El viernes por la mañana, Min‑jun salió de su casa con una sola idea fija en la cabeza: **hoy lo terminaré de verdad**. No habría más excusas, no habría más miradas de reojo, no habría más esperanzas que le dieran al Tejedor de Han lo que quería. Había decidido que la única forma de proteger a Seo‑jun, a la ciudad y a todos los que quería, era romper cualquier vínculo que les quedara. Aunque eso significara convertirse en el malo de la historia.
Entró en el instituto con la cabeza baja, la mochila colgada de un solo hombro, y se dirigió directo a su pupitre sin mirar a nadie. Seo‑jun estaba de pie junto a la ventana, hablando bajo con Tae‑ho. En cuanto lo vio entrar, se calló de golpe, se separó de su amigo y caminó hacia él con las manos un poco temblorosas. Min‑jun lo vio venir de frente y apretó los dientes con todas sus fuerzas. **No te derrumbes. No le digas nada. Haz que odie estar cerca de ti.**
—Oye —dijo Seo‑jun cuando estuvo a su lado, con la voz más baja y suave de lo que Min‑jun recordaba—. Ayer hablé con Tae‑ho. Dijo que te había dicho cosas duras. No es para tanto. Yo… yo quería hablar contigo. De verdad. No quiero que estemos así.
Min‑jun sintió que el corazón se le partía en dos dentro del pecho. **Estaba dispuesto a perdonarme. Venía a arreglarlo. Y yo tengo que hacer lo contrario.**
Levantó la vista muy despacio, puso la cara más fría, más vacía, más distante que había sido capaz de fingir en toda su vida, y habló sin que su voz temblara ni un poco:
—No hay nada que hablar.
Seo‑jun se quedó quieto, como si le hubieran dado un bofetón.
—¿Qué?
—Has oído bien —continuó Min‑jun, sacando de la mochila una pequeña cajita de terciopelo azul y dejándola sobre la mesa entre los dos—. Mejor lo dejamos aquí. Ya no da para más. Todo esto… ya no me importa.
Dentro de la cajita estaba la pulsera de plata con una pequeña piedra de jade que Seo‑jun le había regalado por su primer aniversario, la que nunca se quitaba ni para ducharse, la que escondía bajo el brazalete mágico para que nadie se la quitara nunca. Seo‑jun miró la caja, luego a él, y el color se le borró de la cara por completo.
—¿Estás hablando en serio? —susurró—. ¿Por todo lo del partido? ¿Por un error? ¿Porque no llegaste a tiempo? Yo estaba dispuesto a…
—No es por el partido —lo interrumpió Min‑jun, mintiendo una vez más, la peor mentira de todas—. Es que me he cansado. Cansado de tus cosas, de tus entrenamientos, de tener que estar siempre pendiente de ti. De que todo el mundo piense que soy solo el novio raro y despistado del mejor jugador del equipo. Ya no quiero. Déjame en paz.
Cada palabra que salía de su boca le clavaba un cuchillo en el pecho. Pero no se detuvo. Tenía que hacerlo. Tenía que hacer que se fuera. Tenía que hacer que el dolor acabara pronto, antes de que el Tejedor lo usara para matarlos a todos.
Seo‑jun se quedó mirándolo un largo rato, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a soltar. Al final asintió muy despacio, con una sonrisa rota y amarga en los labios.
—Vale —dijo, cogiendo la cajita de la mesa sin mirarla—. Si eso es lo que quieres. Vale.
Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás. Min‑jun se quedó sentado en su pupitre, con las manos temblorosas bajo la mesa, sintiendo cómo todo el mundo en el aula lo miraba con odio y con lástima a la vez. Nadie le dijo nada. Nadie se acercó. Era exactamente lo que quería. Y aun así, era lo peor que le había pasado nunca.
Toda la mañana nadie le habló. Ni Ji‑eun, ni Ha‑neul, ni siquiera la profesora que siempre le tenía lástima. Era como si hubiera dejado de existir para todos menos para su deber. Justo cuando sonó la última campana, el brazalete de jade vibró con fuerza: alerta roja, **la sombra estaba dentro del propio instituto**.
Min‑jun salió corriendo hacia el patio trasero, se transformó en Jade Blanco en un abrir y cerrar de ojos y saltó a la cornisa del edificio. Allí lo esperaba Ámbar Negro, de pie frente a una masa de sombra oscura y retorcida que colgaba de las tuberías del tejado, con forma de garras enormes que buscaban a alguien entre los alumnos que salían por la puerta principal.
—Ha aparecido de la nada —dijo Ámbar sin quitarle el ojo de encima a la criatura—. No ataca de frente. Espera a que se quede alguien solo.
Jade miró hacia abajo y sintió que se le helaba la sangre: **Seo‑jun estaba solo en la acera, esperando el autobús, con la mochila al hombro y la mirada perdida en el suelo**. La sombra lo había olido. Se movía sigilosamente hacia él, despacio, sin hacer ruido.
—¡Abajo! —gritó Jade, lanzándose al vacío sin pensarlo dos veces—. ¡Va a por él!
Los dos cayeron del cielo justo entre la sombra y Seo‑jun, que dio un salto hacia atrás asustado sin entender qué pasaba. La criatura chilló y lanzó una garra oscura contra el pecho de Ámbar. Jade lo empujó a un lado de un golpe, recibiendo el rasguño en su propio hombro izquierdo, rompiéndole el traje y dejándole una herida larga y sangrante.
—¡Idiota! —rugió Ámbar, agarrándolo del brazo para ponerlo a salvo—. ¡Ten cuidado, no te expongas así otra vez! No quiero tener que llevarte yo de aquí herido.
En ese preciso instante, Jade levantó la vista y lo vio.
En la muñeca izquierda de Ámbar, justo donde el guante se había corrido un poco por el movimiento, había una **cicatriz roja, fresca, de unos tres centímetros, en forma de media luna**. La misma cicatriz que Seo‑jun se había hecho el día del partido, al caer de rodillas sobre un cristal roto del suelo del gimnasio después de fallar el último tiro. La que Min‑jun había visto a través de la ventana mientras se iba sin atreverse a entrar. La que él mismo había curado en secreto con un poco de luz de Jade antes de irse, para que no le doliera demasiado al día siguiente.
El corazón de Min‑jun se detuvo por completo.
No. No podía ser. Era una coincidencia. Tenía que serlo.
Pero entonces Ámbar se inclinó hacia él para revisarle la herida del hombro, y le susurró al oído, con la voz suave y preocupada que solo Seo‑jun usaba cuando él se caía o se mareaba en el instituto:
—Tranquilo… ya está. No te muevas mucho. No quiero que te caigas otra vez.
**Esa frase. Exactamente esa.** La misma que le había dicho tres semanas atrás, cuando se tropezó con las escaleras y casi se rompe una pierna. La misma entonación. El mismo tono. La misma forma de respirar mientras hablaba.
Jade se quedó rígido, sin poder hablar, sin poder respirar. Mil recuerdos pasaron por su cabeza en un segundo: la forma de luchar de Ámbar, exactamente igual a la forma en que Seo‑jun se movía en la cancha de baloncesto; la forma en que se reía bajo el casco, igual que cuando le contaba una broma tonta en el comedor; la forma en que siempre se ponía delante de él para recibir los golpes más duros, igual que siempre lo había hecho en la vida real cuando alguien se metía con el chico despistado de la clase.
Todo encajaba.
Todo.
—Oye… ¿estás bien? —le preguntó Ámbar, frunciendo el ceño bajo el casco—. Te has quedado blanco como un papel.
—Estoy bien —logró decir Jade, apartándose un poco con la mente hecha un lío—. Solo… mareo por la sangre. Nada. Acabemos con esto.
Se obligó a concentrarse. Juntos lanzaron el golpe combinado de luz verde y dorada, alcanzando el centro de la sombra antes de que pudiera acercarse de nuevo a Seo‑jun, que seguía allí de pie, mirando hacia arriba sin entender por qué el aire se había puesto tan frío de repente. La criatura se deshizo en mil pedazos de luz blanca y desapareció sin dejar rastro.
Cuando todo terminó, Ámbar se giró hacia él una última vez.
—Vete a casa y cura esa herida bien —le dijo, señalando su hombro—. No te hagas el fuerte. Y… oye. Pase lo que pase en tu otra vida… recuerda que aquí siempre tienes a alguien en quien confiar. ¿Vale?
Saltó al tejado de enfrente y desapareció entre los edificios antes de que Min‑jun pudiera responderle nada.
Min‑jun se transformó de nuevo en el chico normal, con la camisa arrugada y la mirada perdida, y caminó de regreso a su casa sin darse cuenta de por dónde pasaba. Llevaba dentro de la cabeza una sola pregunta, dando vueltas una y otra vez sin parar:
**¿Seo‑jun es Ámbar Negro? ¿Siempre ha sido él?**
Si era verdad… todo lo que había hecho estos últimos días había sido una locura. Había roto con él para protegerlo… de su propio dolor. Había mentido para alejarlo… de sí mismo. Habían luchado codo con codo cada noche, confiando el uno en la vida del otro… y de día se odiaban sin saber por qué.
Y lo peor de todo: si él lo había empezado a sospechar ahora… **¿cuánto tiempo tardaría el Tejedor de Han en darse cuenta también?**
Llegó a su casa cuando ya era de noche. Subió despacio a su habitación, cerró la puerta con llave, se quitó la camisa y miró la herida del hombro en el espejo. Sangraba todavía un poco. Pero no le dolía nada. Nada dolía ya, comparado con el miedo que le recorría todo el cuerpo.
Sacó el cuaderno de debajo del colchón, agarró el bolígrafo con la mano aún temblorosa y empezó a escribir sin detenerse.
---
📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN
Viernes por la noche, llueve fuera
Hoy he hecho lo más difícil de toda mi vida.
Hoy he roto con Seo‑jun de verdad. Le he dicho que me había cansado de él. Le he devuelto la pulsera que me regaló por nuestro aniversario, la que nunca me quitaba nunca. Le he mirado a los ojos y le he mentido tan bien que incluso yo mismo me he creído un poco lo que decía. Se ha ido sin gritar, sin enfadarse del todo… solo con la cara rota. Y yo me he quedado allí sentado, sin poder decirle nada, sin poder contarle que todo era falso, que lo hago para salvarlo, para salvarlos a todos.
Todo el mundo me odia ahora en el instituto. Nadie me habla. Nadie se acerca. Es exactamente lo que quería. Y aun así… nunca me he sentido tan solo en toda mi vida.
Pero eso no es lo que me tiene dando vueltas en la cabeza sin poder dormir. Es lo que pasó después, en la misión.
La sombra ha venido hasta el propio instituto. Iba a por Seo‑jun, que estaba solo esperando el autobús. Hemos llegado justo a tiempo Ámbar y yo. La cosa me ha arañado el hombro, me ha hecho bastante daño, pero no importa. Lo importante es lo que vi entonces.
En la muñeca de Ámbar… tiene la misma cicatriz que Seo‑jun. Exactamente la misma. La que se hizo el día del partido al caer sobre el cristal. La que yo curé en secreto con un poco de luz para que no le doliera. Y luego… luego me ha dicho una frase. Solo unas palabras. Pero eran exactamente las mismas que le oí decir a Seo‑jun cuando me caí por las escaleras hace unas semanas. La misma voz. El mismo tono. La misma forma de preocuparse.
Todo encaja, cuaderno. Todo. La forma de moverse, la forma de protegerse, la forma en que siempre se pone delante de mí para recibir los golpes. Cómo confía en mis planes sin dudar ni un segundo, aunque no le explique nada. Cómo me pregunta si estoy bien, aunque llevemos solo unos minutos luchando juntos.
Llevo todo este tiempo pensando que era yo el único que llevaba dos vidas. Que yo era el único que mentía, el único que tenía que ocultar cosas. Y todo este tiempo… él ha estado justo a mi lado. Cada noche. Cada batalla. Somos el mejor equipo que puede existir cuando llevamos los trajes puestos… y de día no somos capaces ni de hablarnos sin hacernos daño.
Si es verdad… si realmente es él… entonces todo lo que he hecho esta semana ha sido para nada. He roto con él para que el Tejedor no se alimente de nuestro dolor… y lo único que he conseguido es que ese dolor sea el doble de fuerte. Porque ahora sufrimos los dos, por las mismas cosas, sin saber que lo compartimos.
Y tengo miedo. Mucho miedo. Porque si yo lo he notado hoy… el Tejedor lo notará mañana. Y si descubre quién es Ámbar bajo el casco… usará a Seo‑jun contra mí. Y entonces sí que lo perderé para siempre. De verdad.
Mañana tengo que comprobarlo. Tengo que estar seguro. No sé cómo todavía. Tengo que pensar en alguna forma de ver la cicatriz de nuevo, de oírle decir esa frase otra vez, de confirmarlo sin delatarme a mí mismo ni ponerlo en peligro.
Porque si es cierto… entonces ya no estoy solo en esto. Y eso es lo que más miedo me da. Porque ahora ya no solo tengo que protegerlo de los demás. También tengo que protegerme de mí mismo. De que se me escape alguna palabra, alguna mirada, algún detalle que le diga quién soy yo también.
Ojalá me equivoque. Ojalá sea solo una coincidencia. Ojalá mañana despierte y todo haya sido un mal sueño.
Pero en el fondo de mi corazón… ya lo sé. Ya sé quién es.
Y no sé qué voy a hacer ahora.
Buenas noches.
Min‑jun.
---
Cerró el cuaderno con cuidado, lo escondió bajo el colchón y se tumbó en la cama sin curarse bien la herida. Afuera la lluvia golpeaba suave los cristales, y en la casa de al lado, Seo‑jun también estaba despierto, mirando la cajita azul con la pulsera en la mano, sin entender por qué de repente todo lo que le importaba se había desmoronado de un día para otro.
Ninguno de los dos sabía que, a menos de dos kilómetros de allí, el Tejedor de Han reía a solas en la oscuridad. Porque él también lo había visto. Él también lo había notado. Y ya tenía preparado el siguiente movimiento: el que les obligaría a quitarse los antifaces el uno al otro… para destruirlos a ambos al mismo tiempo.
FIN DEL CAPÍTULO 16