Sus ojos eran azules como el mar. Y Noah Lobo quedó atrapado desde el primer instante en que la vió.
Noah tiene poder, domina parte de la mafia italiana y rusa, y nada se le resiste. Pero ella es Eliza Romano: una mujer curvilínea, de belleza deslumbrante, esposa de otro hombre. Lo que nadie sabe es que ese apellido es una cadena. Que ella fue arrancada de su tierra, raptada a los dieciocho y obligada a casarse. Y que cada día finge ser feliz para proteger a su pequeña hija.
Cuando la niña le confiesa que su padre maltrata a su madre, Noah decide que ya basta. Luca Romano tiene una reputación… pero Noah tiene a la familia más temida de Europa. Y esta vez no se trata de negocios.
Ella no es de nadie. No cuando él está dispuesto a quemar el mundo entero por tenerla.
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La misión de cuidarte.
Noah 🩶
Cada día que pasa, las veo florecer. Es la única palabra. Eliza camina más derecha, levanta la vista, habla sin temblar, ríe con la boca abierta y sin mirar si alguien la juzga. Marisol brilla con luz propia, corre por los pasillos, hace preguntas, se siente dueña del mundo. Y cuando van a la fundación con Abigail, Ashley y Juliana, se les ve felices, tranquilas, como si hubieran sido amigas de toda la vida. Las tres las reciben con el corazón abierto, sin preguntas incómodas, sin miradas de lástima. Solo cariño.
Mis hermanos y mis padres ya no aguantan las ganas de conocerlas. Cada vez que hablo con ellos, me lo dicen:
—¿Cuándo las traes?
—Queremos ver a esa niña de la que hablas tanto.
—Eliza debe venir, tiene que conocer la casa.
Pero yo les pido paciencia. Quiero darles tiempo. Que vayan a su ritmo, sin prisas, sin obligaciones. Aunque sé que Marisol ya muere por conocer a todos mis sobrinos, a los hijos de mis primos, a toda esa familia enorme que le cuento que tengo.
Y los más genial es que cuando Eliza no escucha, la niña se acerca y me susurra al oído
—¿Sabes, papá? Ya quiero jugar con ellos — y eso me derrite entero.
Comprendo perfectamente. Ella tuvo un padre, sí. Pero no uno bueno. No uno que la quisiera, que la cuidara, que la protegiera. Y que ahora vea en mí algo distinto, un refugio, una figura paterna… me llena de un sentimiento tan grande que apenas sé cómo nombrarlo. La quiero con toda mi alma. Es tierna, es inteligente, y siempre, siempre, busca proteger a su madre. Se pone delante de ella si hay un ruido fuerte, si alguien se acerca deprisa. Es pequeña, pero feroz. Como una leoncita.
Esa noche llego tarde. El trabajo me retuvo más de lo que esperaba. Entro a la casa y la luz del vestíbulo está encendida, y ahí, sentada en el escalón, con una manta sobre las piernas, está Marisol. Se levanta de un salto al verme y corre hacia mí. Me agacho y la tomo en brazos de inmediato.
—¿Qué haces aquí, princesa? —le pregunto con suavidad, porque sus manitas están frías—. Es muy tarde y hace frío. Deberías estar en la cama.
—Te estaba esperando —me dice abrazándome del cuello—. Mamá está mal. Se quedó acostada. Le duele mucho el vientre porque está en sus días. Se tomó un pastillita pero no se le quita.
—¿Desde cuándo? —pregunto mientras entramos cerrando la puerta.
—Desde antes de cenar. Me dijo que me durmiera, pero yo me hice la dormida para que ella se fuera a descansar temprano. Y cuando se durmió… me levanté y te esperé. Sabía que ibas a llegar.
Le acaricio el rostro con ternura, asombrado por su corazón tan grande.
—Eres una niña muy buena, Marisol. Muy valiente. Vamos, ven conmigo a la cocina. Vamos a prepararle algo que le ayude.
Caminamos juntos a la cocina, que ahora está en silencio porque los empleados ya descansan. Enciendo la luz y pongo el agua a calentar.
—¿Qué le vas a preparar? —pregunta curiosa, subiéndose a una silla.
—Un té de manzanilla con miel y limón —le digo—. Mi papá siempre le preparaba lo mismo a mi mamá cuando le dolía el vientre. Se lo tomaba calientito y se le pasaba pronto.
—¿Tu papá cuida mucho a tu mamá? —pregunta con ojos muy abiertos.
—Muchísimo —asiento mientras pongo la tetera al fuego—. Mi papá puede ser serio y frío con todo el mundo, pero con mi mamá es un amor. La cuida, la respeta, la adora. Siempre.
Marisol se queda callada un momento, mirando cómo sube el vapor del agua. De pronto levanta la vista y me pregunta bajito:
—¿Y tú? ¿Cuando tengas esposa también la vas a tratar lindo y la vas a querer mucho?
La miro, y de inmediato su imagen aparece en mi mente: Eliza, con su figura curvilínea y esos ojos azules como el mar. Le sonrío con toda la sinceridad de mi alma.
—Sí, mi niña. La voy a tratar con todo el cariño del mundo. La voy a cuidar, la voy a respetar, y la voy a querer con toda mi alma. Igual que mi papá con mi mamá.
Terminamos de preparar todo: el té bien caliente, una pastilla para el dolor, y una bolsa de agua tibia que caliento con cuidado. Subimos despacio al segundo piso y entramos a la habitación de Eliza. La encuentro acostada de medio lado, encorvada sobre sí misma, con el ceño fruncido. Se ve que le duele.
Marisol se acerca despacio y le toca el hombro con suavidad.
—Mami… despierta. Mira quién vino.
Eliza abre los ojos de golpe, se incorpora un poco y me mira sorprendida, ruborizándose de inmediato.
—Noah… ¿Qué haces aquí? ¿Qué hora es? —luego mira a su hija—. Marisol, ¿todavía despierta? Te dejé dormida.
—Te trajimos algo —le digo acercándome hasta la orilla de la cama—. Té caliente, un analgésico, y una bolsa de agua tibia para el vientre. Te va a aliviar.
Ella me mira con gratitud y sus ojos se suavizan.
—No sé qué decir… Gracias, Noah. De verdad. No tenías por qué molestarte.
—No es ninguna molestia —le respondo con firmeza pero suave—. Lo hice con mucho gusto. Y además… mi .. ey, tu hija me reclutó para la misión de cuidarte.
Eliza mira a Marisol y la niña baja la mirada, pero luego confiesa:
—Me hice la dormida para que te fueras a descansar. Y esperé a… a Noah para que te ayudara. No quería que te doliera más.
Una sonrisa llena de ternura aparece en el rostro de Eliza. Extiende la mano y acaricia la mejilla de su hija.
—Mi amor… qué haría yo sin ti. Gracias, mi vida. Y perdón, Noah, por la molestia.
—Ya te dije, no lo es —le aseguro—. Toma el té mientras está caliente. Descansa. Aquí nadie te molesta.
Ella bebe despacio, se recuesta con la bolsa de agua sobre el vientre, y poco a poco su expresión se relaja. El dolor cede. La veo cerrar los ojos, más tranquila, y entonces noto que Marisol se quedó dormida, recostada a su lado, agarrada de su manga.
Eliza intenta incorporarse con dificultad.
—La llevaré a su cama… —empieza, pero la detengo suavemente.
—No. Tú quédate quieta. Yo la llevo. No te muevas, descansa. Y si necesitas algo, cualquier cosa, agua, más té, lo que sea… toca la puerta de mi habitación. No dudes en llamarme. A cualquier hora.
Se queda mirándome, y en ese instante tengo que contenerme con todas mis fuerzas. Tengo ganas enormes de acercarme, de acariciar su rostro, de llenarla de mimos y de besos, de decirle que... Pero me contengo. Respiro hondo y me inclino para tomar a Marisol en brazos con cuidado.
—Descansa, Eliza —le digo bajito—. Hasta mañana.
—Hasta mañana, Noah —responde suavemente.
Salgo de la habitación con la niña dormida entre mis brazos. La llevo a su cama, la arropo bien, y le doy un beso tierno en la frente.
—Descansa, princesa —le susurro—. Tu mamá está bien. Y yo estoy aquí. Siempre.
Apago la luz y salgo, cerrando la puerta despacio. Me quedo un instante en el pasillo, con el corazón latiéndome fuerte. Pronto. Muy pronto, espero poder decirle todo lo que siento. Pero por ahora… cuidarlas así, de cerca, es suficiente. Y un día, no muy lejano, le daré todo lo que se merecen. Mi apellido. Mi casa y mi corazón para siempre.