Sus ojos eran azules como el mar. Y Noah Lobo quedó atrapado desde el primer instante en que la vió.
Noah tiene poder, domina parte de la mafia italiana y rusa, y nada se le resiste. Pero ella es Eliza Romano: una mujer curvilínea, de belleza deslumbrante, esposa de otro hombre. Lo que nadie sabe es que ese apellido es una cadena. Que ella fue arrancada de su tierra, raptada a los dieciocho y obligada a casarse. Y que cada día finge ser feliz para proteger a su pequeña hija.
Cuando la niña le confiesa que su padre maltrata a su madre, Noah decide que ya basta. Luca Romano tiene una reputación… pero Noah tiene a la familia más temida de Europa. Y esta vez no se trata de negocios.
Ella no es de nadie. No cuando él está dispuesto a quemar el mundo entero por tenerla.
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Maqueta.
Eliza🩵
Me siento en el sillón de terapia, las manos entrelazadas en el regazo, y escucho a la doctora hablar. Cada palabra suya cae sobre mí como una lluvia suave que limpia años de suciedad.
—No fuiste culpable, Eliza. No pediste que te dejaran sola. No pediste que te usaran. Lo que hicieron tus tíos, lo que te hizo Luca… no fue culpa tuya. Tú eres la víctima, no la causante.
Cierro los ojos y repito esas frases en silencio, dejándolas calar hondo. Yo cargué con la culpa durante años. Pensé que si había sido mejor, más obediente, más callada, mis tíos no me habrían echado. Que si no lo había mirado, Luca no se habría obsesionado. Pero la doctora dice que no. Que el mal está en quien lo hace, no en quien lo recibe. Y por primera vez, empiezo a creerlo.
Me habla de denunciar. De presentar cargos. De que Luca pague por cada delito, por cada golpe, por cada vez que me encadenó, por cada vez que… —la voz se me quiebra por dentro— me tomó sin mi consentimiento. Dice que puede pasar años en prisión. Pero mientras ella habla, mi mente se va, y en lugar de imaginarlo tras las rejas, solo veo a Noah. Veo sus ojos oscuros llenos de furia justa, veo su mano rompiendo los dedos de Luca uno por uno, veo él cayendo al suelo, roto, impotente. Y algo retorcido y oscuro en mí se alegra y lo quiero ver peor.
La cárcel sería demasiado fácil para él. Comida, techo, cama. No quiero eso. No quiero que tenga paz. No quiero que tenga nada. Que sienta el miedo que yo sentí. Que sepa lo que es estar a merced de alguien que lo odia. Que sepa lo que es perderlo todo. Ni cárcel ni muerte… que viva roto, sabiendo que soy libre y él no. Que pague con cada segundo de su miserable existencia.
Más tarde, estoy en la sala de juegos y estudio que Noah mandó a acondicionar para Marisol. Es un espacio luminoso, con estantes llenos de libros, pinturas, juguetes, y una mesa amplia donde estamos extendiendo cartón, tijeras, pegamento y pintura para hacer una maqueta de un parque. Mi hija está concentrada, la lengua un poco fuera, recortando árboles de papel. Sonrío al verla. Ella brilla. De verdad brilla.
Y sonrío más, por dentro, porque sé su secreto. Ella cree que yo no la escucho cuando le susurra papá a Noah a escondidas. Cree que es su pequeño tesoro compartido. Pero yo lo he oído. Varias veces. Y me llena de una alegría inmensa… y de un miedo que me aprieta el pecho. Porque ¿qué pasa si esto se acaba? ¿Si Noah se enamora de alguien, se casa, tiene sus propios hijos? ¿Nos dejará de lado? ¿Qué será de Marisol, que ya le entregó su corazón? No quiero que mi hija se haga ilusiones para que luego se las rompan. Pero veo cómo lo mira, cómo corre hacia él, cómo su cara se ilumina cuando él llega… y sé que esas ilusiones llegaron el primer día que se conocieron. No hay forma de detenerlas.
La puerta se abre y él entra. Trae una caja grande en cada mano.
—¡Llegó el postre! —anuncia con voz alegre.
Marisol salta de la silla y corre hacia él. Él, con las manos ocupadas, se agacha y la recibe igual, la levanta en el aire y la llena de besos en la mejilla y la frente, y ella ríe fuerte, abrazándolo del cuello. Me duele el pecho de ternura. Luca nunca hacía eso. Solo cuando había visitas, cuando había gente que impresionar. Allí era cariñoso, atento, perfecto. En casa… era otra cosa. Pero Noah no hace exhibiciones. Hace lo que hace porque quiere. Y eso… eso vale más que todo el oro del mundo.
—Para ti, princesa —le dice, entregándole la caja más grande—. Tienen de todo: de fresa, de chocolate, crema pastelera… lo que te guste.
—¡Gracias, gracias, gracias! —grita ella abrazándolo.
Luego se acerca a mí, y me entrega una caja más pequeña, elegante, con un lazo dorado.
—Para ti. Bombones rellenos de praliné. Me dijeron que son tus favoritos.
—¿Cómo…? —empiezo, sorprendida.
—Pregunté —se encoge de hombros, y esos ojos negros preciosos me miran con una intensidad que me hace tragar saliva—. Quería darte algo que te gustara de verdad.
—Gracias, Noah —susurro, sintiendo cómo se me calientan las mejillas—. Muchas gracias.
Lo miro, y no puedo negarlo. Es impresionante. Tan alto, tan ancho, con ese cabello negro peinado hacia atrás que deja ver su frente perfecta, el traje oscuro que le queda como pintado, marcando cada músculo, cada línea de su cuerpo. Se quita el saco y lo deja sobre el respaldo del sillón, quedando en una camisa blanca ajustada que… Dios mío. Los brazos, el pecho, todo… Siento un calor repentino en el pecho, un cosquilleo que viaja despacio hacia abajo, y tengo que bajar la mirada para que no vea cómo me afecta.
—¿Puedo ver qué están haciendo? —pregunta acercándose.
—Una maqueta del parque —explica Marisol—. Para la escuela. Mira, aquí va el lago, y aquí los juegos…
—Es increíble —dice él con admiración genuina—. Ya se ve hermosa.
Se sienta en el sillón junto a mí, tan cerca que su hombro roza el mío, y compartimos los postres, riendo mientras Marisol nos cuenta cada detalle de su obra. Un empleado entra silencioso y deja tres tazas de leche tibia sobre la mesa. Trabajamos juntos, él recorta, yo pego, Marisol pinta. Es perfecto. Es paz. Es todo lo que nunca tuve.
Poco a poco la voz de Marisol se va apagando. Cuando miro, está recostada sobre el otro extremo del sillón, dormida, la mano aún sosteniendo un pincel. Noah y yo nos miramos, y nos callamos al mismo tiempo. El silencio cae suave, pero cargado de algo más. De tensión. De algo que crece entre nosotros desde hace días.
Me inclino despacio para acomodarle la manta a Marisol, y en el movimiento, mi brazo roza el de Noah. Él se gira hacia mí, y yo hacia él, y de pronto estamos demasiado cerca. Su respiración roza mis labios. Sus ojos bajan a mi boca y vuelven a mis ojos. Y yo… yo no me aparto. No puedo.
Se acerca despacio, como si temiera asustarme, y sus labios rozan los míos en un beso pequeño, suave, dulce como la miel. Un segundo nada más. Se separa apenas, me mira a los ojos, y algo en su mirada me invita, me atrae, me jala hacia él sin que yo pueda resistirme. Me inclino y lo beso de nuevo. Esta vez él responde de inmediato, un brazo me rodea la cintura y me atrae hacia su cuerpo, y el beso se vuelve más profundo y más hambriento. Sus labios se abren contra los míos, su lengua se encuentra con la mía, y un gemido se me escapa sin que pueda evitarlo cuando siento su cuerpo contra el mío, rígido, caliente, y noto claro, fuerte, contra mi vientre lo que le provoco.
Es un choque eléctrico. Es todo lo que callé, todo lo que temí admitir. Y de golpe, la realidad me golpea. Me separo de él de un tirón, sin aliento, temblando de pies a cabeza. Él también se aparta, se pasa una mano por el cabello, desesperado.
—Eliza… yo… perdóname —dice, con la voz ronca—. No debí… no quise presionarte. Se me fue de las manos. Perdón.