EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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Ya no bailas conmigo
Bruno tenía una habilidad especial para organizar fiestas en las que terminaba reuniendo a personas que, probablemente, deberían mantenerse alejadas unas de otras.
Aquella noche no fue la excepción.
La casa estaba llena, la música sonaba a un volumen considerable y las luces de colores recorrían el salón mientras los invitados conversaban, bebían y bailaban.
Nicolás estaba apoyado contra la barra, con un vaso en la mano, cuando Bruno apareció a su lado.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche con esa cara de funeral?
—Estoy perfectamente.
—Claro. Y yo invité a medio mundo porque me encanta pagar bebidas.
Nicolás soltó una risa breve.
—¿Para qué me invitaste si vas a molestarme?
—Porque eres mi amigo. Además, necesito que seas testigo de algo.
—¿De qué?
Bruno sonrió con malicia.
—De mi increíble capacidad para organizar fiestas.
Nicolás negó con la cabeza.
—Estás enfermo.
—Y tú estás aburrido. Bebe algo y deja de mirar la puerta como si esperaras a alguien.
Nicolás iba a responder cuando Bruno miró por encima de su hombro.
Su sonrisa se ensanchó.
—Hablando de alguien…
Nicolás no quiso girarse inmediatamente.
Se negó a darle esa satisfacción.
Pero entonces escuchó una risa que reconocería en cualquier lugar.
La de Isabella.
Y toda su atención se desplazó hacia la entrada.
Isabella llegó tomada de la mano de Gabriel.
No porque necesitara que él la guiara entre la gente, sino porque le gustaba sentir sus dedos entrelazados con los suyos.
Llevaba un vestido negro que se ajustaba delicadamente a su figura, el cabello suelto sobre los hombros y una sonrisa que parecía iluminarle el rostro.
Gabriel, por su parte, vestía una camisa oscura con las mangas ligeramente arremangadas. Se inclinó para decirle algo al oído y ella soltó una carcajada antes de darle un pequeño golpe en el pecho.
—¡No vuelvas a decir eso!
—Pero es verdad.
—Eres insoportable.
—Y aun así aceptaste venir conmigo.
—Todavía estoy a tiempo de arrepentirme.
Gabriel fingió horror.
—No me hagas eso. He pasado demasiado tiempo en China como para perder mi oportunidad esta noche.
Isabella volvió a reírse.
Nicolás observó la escena desde la barra.
No necesitó que nadie le explicara quién era aquel hombre.
Ya lo sabía.
Gabriel.
El hombre que había besado a Isabella. El que había estado presente durante los años en que ella construyó una vida de la que Nicolás no sabía absolutamente nada.
Y ahora estaba allí, sujetándole la mano como si fuera el lugar más natural del mundo.
—Cierra la boca —murmuró Bruno.
Nicolás lo miró con fastidio.
—¿Qué?
—Que tienes una expresión espantosa.
—No estoy haciendo ninguna expresión.
—Por supuesto. Solo estás mirando a Isabella como si Gabriel acabara de robarte el último pedazo de pizza.
Nicolás apartó la mirada.
—No seas idiota.
Bruno no insistió, aunque la sonrisa que le dedicó dejó claro que no le creía ni una palabra.
Isabella vio a Bruno unos minutos después y se acercó para saludarlo.
—¡Feliz anfitrión! —exclamó, abrazándolo.
—¡Mi invitada favorita!
—¿Cuántas invitadas favoritas tienes?
—No arruines mi reputación.
Gabriel extendió una mano para saludarlo, pero Bruno lo abrazó también.
—Por fin te conozco en persona. He escuchado bastante sobre ti.
Gabriel arqueó una ceja.
—Espero que lo bueno supere lo malo.
—Depende de a quién le preguntes.
Isabella soltó una carcajada.
Entonces sus ojos encontraron a Nicolás.
Él estaba a unos pasos, sosteniendo su vaso con una expresión cuidadosamente neutral.
—Hola, Nicolás —saludó ella.
—Hola, Isabella.
Su mirada pasó brevemente hacia Gabriel.
—Gabriel.
—Nicolás.
Los dos hombres se estrecharon la mano.
No hubo hostilidad abierta, ni comentarios desagradables, ni una competición absurda por demostrar quién tenía más derecho a estar allí.
Pero Nicolás sintió algo incómodo cuando Gabriel rodeó suavemente la cintura de Isabella para acercarla a él.
Ella ni siquiera pareció reparar en el gesto.
O quizá sí, pero simplemente le gustaba.
—Nos vemos luego —dijo Isabella, antes de marcharse con Gabriel.
Nicolás se quedó mirando cómo se alejaban.
Bruno apareció a su lado con dos vasos nuevos.
—Te lo advierto: si sigues mirando así, alguien va a terminar cobrándote entrada.
—Vete a molestar a otra persona.
—Con gusto.
Bruno se marchó riéndose.
Nicolás bebió un trago.
Y entonces comenzó la música.
Gabriel le tendió la mano a Isabella.
—¿Bailamos?
Ella sonrió.
—Pensé que nunca lo preguntarías.
Gabriel la condujo hasta el centro del salón, donde varias parejas ya se movían al ritmo de una canción lenta.
Isabella rodeó su cuello con los brazos.
Él apoyó las manos en su cintura y la atrajo hacia sí.
No dejaron demasiado espacio entre ambos.
Isabella apoyó la mejilla contra la suya durante unos segundos, disfrutando de la música y de la tranquilidad que sentía a su lado.
—¿Estás cómoda? —preguntó Gabriel cerca de su oído.
—Mucho.
—Bien. Porque pienso aprovechar cada segundo que tenga contigo.
Ella levantó la cabeza para mirarlo.
—¿Ah, sí?
—Tres años de amistad con beneficios y todavía no consigo que me concedas una cita sin hacerme esperar.
Isabella soltó una risa y le dio un pequeño beso en la mejilla.
—Dramático.
—Enormemente.
Ella volvió a acercarse, esta vez apoyando la frente contra la suya.
Gabriel sonrió antes de besarla.
Fue un beso breve, cariñoso, sin ninguna intención de esconderse de las miradas ajenas.
Cuando se separaron, Isabella le acarició la nuca.
—Me gustas mucho —confesó ella, casi como si estuviera sorprendida de escucharse decirlo.
La expresión de Gabriel cambió.
—Tú también me gustas mucho, Isa.
—No, tonto. Quiero decir que me gustas de verdad.
Gabriel dejó de sonreír por un instante, no porque le disgustara escucharla, sino porque comprendió el peso de aquellas palabras.
Después le acarició la mejilla.
—Entonces vamos despacio, pero vamos en serio.
Isabella asintió.
Y volvió a besarlo.
Desde la barra, Nicolás vio cada gesto.
Vio cómo Gabriel la sostenía por la cintura.
Cómo Isabella se acercaba a él sin vacilar.
Cómo se reía cuando Gabriel le susurraba algo al oído.
Y cómo, en un momento, ella se puso de puntillas para besarlo en los labios, sin importarle quién estuviera mirando.
Nicolás sintió una presión desagradable en el pecho.
Recordó a la Isabella de dieciocho años.
La muchacha que se ponía nerviosa cuando él se acercaba demasiado. La que inventaba excusas para sentarse a su lado. La que se arreglaba para las reuniones familiares y después fingía que no le importaba si él la miraba.
Hubo tantas oportunidades.
Tantas veces en que pudo haber sido amable sin alimentar sus esperanzas, haber hablado con sinceridad o, simplemente, haber dejado de tratar sus sentimientos como un juego.
Pero él había preferido no pensar en ello.
Porque Isabella siempre estaba ahí.
Hasta que dejó de estarlo.
—¿Quieres otra bebida?
La voz de Bruno lo sacó de sus pensamientos.
Nicolás negó con la cabeza.
—No.
—¿Quieres que apague la música para que puedas sufrir en silencio?
—Bruno.
—Está bien, está bien.
Bruno dejó de bromear al notar su expresión.
—Nicolás, ella parece feliz.
—Ya lo veo.
—Entonces no conviertas su felicidad en algo que te esté haciendo a ti.
Nicolás apretó el vaso entre los dedos.
—No estoy haciendo nada.
—Bien. Sigue así.
En la pista, Isabella volvió a reírse por algo que Gabriel le dijo.
Y Nicolás comprendió que no tenía derecho a acercarse, interrumpirlos ni exigir explicaciones.
Ni siquiera podía preguntarle si alguna vez había sentido por Gabriel lo mismo que había sentido por él.
Porque la respuesta ya no le pertenecía.
Una hora después, Isabella fue a buscar agua mientras Gabriel hablaba con unos conocidos.
Al pasar junto a Nicolás, se detuvo.
—¿Te estás divirtiendo?
Él la miró, sorprendido por la pregunta.
—Sí. ¿Tú?
—Mucho.
Su sonrisa fue tan natural que Nicolás sintió ganas de preguntarle qué había cambiado.
Por qué ya no buscaba su atención.
Por qué podía mirarlo sin ponerse nerviosa.
Por qué parecía tan feliz en brazos de otro hombre.
Pero no hizo ninguna de esas preguntas.
—Me alegro —dijo simplemente.
Isabella sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por nada. Solo… gracias.
Él frunció el ceño, confundido.
Ella no explicó más.
Se limitó a sonreír y regresar junto a Gabriel, quien le tendió la mano apenas la vio acercarse.
Isabella la aceptó.
Y volvió a la pista con él.
Nicolás permaneció inmóvil mientras ambos se abrazaban y retomaban el baile.
Por primera vez, no quiso imaginar que aquella felicidad era pasajera.
No quiso convencerse de que Gabriel terminaría decepcionándola y ella regresaría a buscarlo.
Solo pudo observarlos.
Y aceptar que Isabella había encontrado algo que él nunca se había molestado en ofrecerle.
Un hombre que la elegía sin necesidad de que ella tuviera que esperar.
Y lo peor no era que ahora otro estuviera bailando con la chica que una vez lo había amado.
Lo peor era recordar que, cuando Isabella todavía lo esperaba, Nicolás nunca había entendido lo valiosa que era aquella elección.