Eliana Casillas nunca soñó con gobernar un imperio criminal. Gordita, bondadosa y aparentemente inofensiva, siempre prefirió mantenerse al margen de las luchas de poder de su familia. Pero cuando las traiciones amenazan con destruir al clan Casillas y la vida de su pequeña hija Chloe corre peligro, descubre que su mayor fortaleza no está en las armas, sino en su inteligencia.
Entre enemigos disfrazados de aliados, secretos familiares y una conspiración que pretende arrebatarle todo, Eliana tendrá que demostrar que subestimarla fue el peor error de sus adversarios.
Con el destino de su hija en juego y la lealtad de los suyos puesta a prueba, la heredera inesperada deberá tomar el control del imperio.
Porque ser gordita no significa ser débil, y tocar a su familia tiene un precio.
¡Fuera cucarach@s! La nueva jefa ha llegado, y no piensa pedir permiso.
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El rostro de la mentira
A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, Eliana ya estaba despierta. Preparó el desayuno para Chloe, la despertó con un beso suave y le explicó que hoy la dejaría en casa de doña Rosa un poco más temprano de lo habitual. La niña asintió sin quejarse, aunque notó la seriedad en los ojos de su madre.
—¿Vas a ver al abuelo? —preguntó mientras se ponía los zapatos.
—Sí, mi cielo. Voy a intentar hablar con él. Y a resolver algunas cosas importantes. Prometo que volveré pronto. Doña Rosa te cuidará bien, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, mami. Ten cuidado.
Eliana la abrazó con fuerza, como si ese abrazo le diera valor para enfrentar lo que venía. Luego salió. Leonardo la esperaba en el auto, con el motor encendido. No necesitaron hablar mucho durante el trayecto. La oficina del fiscal estaba en el centro de la ciudad, un edificio de piedra imponente y frío que siempre había parecido un lugar lejano a su vida, pero que hoy se convirtió en su destino obligado.
Al llegar a la recepción, la funcionaria que la atendió la miró con desdén cuando dio su nombre.
—El caso Casillas es confidencial. Solo el fiscal autoriza visitas. Y la señora Valeria… ya dejó instrucciones de que nadie más de la familia tenga acceso a los documentos ni al detenido. Así que lamento decirle que no puede pasar.
Eliana sintió cómo la rabia le subía por el pecho, pero respiró hondo y se mantuvo serena. Sacó de su bolso una copia de los documentos que su padre le había firmado tiempo atrás, donde la designaba como su representante legal en ausencia suya. Los puso sobre el mostrador con calma.
—Comprendo. Pero estos papeles dicen lo contrario. Soy la hija y la representante legal de Don Julián Casillas. Si necesita llamar a su superior, hágalo. Pero no me iré sin ver los cargos contra mi padre y sin dejar claro que cualquier persona que se presente como su representante sin mi consentimiento está actuando sin autorización legal. Y eso, como usted bien sabe, puede tener consecuencias penales. No estoy aquí para pelear. Estoy aquí para cumplir con la ley. Así que por favor, avise al fiscal. No me moveré de aquí hasta que me reciba.
La mujer dudó, tomó los documentos y se retiró hacia el despacho interior. Veinte minutos después, volvió con expresión cambiada.
—El fiscal la recibirá. Sígame.
El despacho era amplio y lleno de estanterías con expedientes polvorientos. El fiscal, un hombre de mediana edad con mirada escrutadora, la recibió con cautela. Le entregó una carpeta con los cargos: evasión de impuestos millonaria, transferencias sospechosas a paraísos fiscales, y falsificación de declaraciones. Todo parecía estar perfectamente documentado. Pero al leer con atención, Eliana notó algo que la hizo detenerse: las fechas en que supuestamente se habían hecho esas operaciones coincidían con el tiempo que Valeria llevaba en la casa. Y las firmas… no eran exactamente las de su padre. Se le parecían, sí. Pero Julián siempre cruzaba la última letra de su apellido con un trazo fuerte hacia abajo. En estos documentos, el trazo era más suave, más corto.
—Estos documentos tienen irregularidades —dijo Eliana, levantando la vista—. La firma de mi padre no es auténtica. Y las fechas coinciden con el periodo en que Valeria tuvo acceso a todas sus cuentas y documentos personales. No digo que mi padre sea inocente sin más. Digo que alguien está usando su nombre para cometer delitos y culparlo a él. Y necesito que se investigue quién manejó las finanzas de mi padre durante esos meses.
El fiscal la observó con atención.
—Sus afirmaciones son serias, señorita Casillas. Necesito pruebas, no sospechas. Si tiene algo que respalde lo que dice, tráigalo. Mientras tanto, su padre permanecerá bajo custodia. Pero le concederé lo que la ley le permite: una visita de quince minutos, con testigos presentes. Y tendrá acceso a copias de los documentos. Úselo bien.
Cuando entró a la sala de visitas, Julián ya estaba allí, al otro lado del cristal. Se veía cansado, con la ropa arrugada y unas ojeras profundas bajo los ojos, pero al ver a su hija, su postura se enderezó. Tomó el teléfono y ella hizo lo mismo.
—Papá… ¿estás bien?
—Estoy bien, hija. No te preocupes por mí. Solo necesito saber que estás cuidando de todo allá afuera. Dime la verdad… ¿Valeria está detrás de todo esto?
Eliana bajó la voz, aunque sabía que probablemente estaban siendo escuchados.
—Las firmas no son tuyas. Las fechas encajan perfectamente con cuando ella llegó a tu vida. Pero necesito pruebas tangibles. Necesito que me digas: ¿le diste acceso a tus cuentas bancarias? ¿Le entregaste llaves o códigos?
Julián cerró los ojos con dolor.
—Le di acceso a las cuentas de gastos de la casa. No a las cuentas principales del clan. Pero ella supo convencerme. Me dijo que quería ayudarme a organizar todo, que yo estaba muy cansado. Y yo… quise creerle. Le mostré dónde guardaba los documentos importantes. No pensé que… que usaría eso para destruirme. Me equivoqué, Eliana. Y ahora pagamos el precio de mi error.
—No digas eso. El error no justifica lo que ella hace, pero tampoco es el fin. Solo dime una cosa: ¿quién más tiene acceso a tu despacho además de ella y tú? ¿Hay alguien de confianza que pueda ayudarme a revisar los archivos sin que ella lo sepa?
—Doña Inés. La secretaria que trabaja conmigo desde hace quince años. Ella no se deja engañar fácilmente. Pero Valeria la mandó a casa hace tres días, diciendo que estaba de licencia por enfermedad. No sé dónde está.
—La encontraré. No te rindas, papá. No firmes nada. No aceptes ninguna oferta de nadie que no sea nuestro abogado. ¿Prometido?
—Prometido. Y Eliana… ten cuidado. Ella no se detendrá ante nada. Te ve como el único obstáculo en su camino. No la subestimes.
—No lo hago. Te quiero, papá. Pronto saldrás de aquí. Lo prometo.
Se despidieron con un gesto de la mano, a través del cristal frío que los separaba. Al salir del edificio, Eliana tomó aire con fuerza. Tenía un nombre: Doña Inés. Y tenía una pista: la falsificación de firmas. Pero también tenía una certeza: Valeria no solo quería el dinero. Quería el control total del clan. Y mientras Eliana siguiera viva y activa, nunca lo tendría.
Al llegar al auto, le contó todo a Leonardo. Él arrancó el vehículo y habló mientras conducía.
—Marcos averiguó dónde vive Doña Inés. Vamos ahora mismo. Si Valeria la sacó de la mansión a propósito, es porque sabe que ella podría delatarla. Es nuestra mejor oportunidad.
Llegaron a una casa pequeña y modesta en un barrio tranquilo de la ciudad. Al tocar la puerta, una mujer de unos sesenta años abrió con desconfianza. Pero al ver a Eliana, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Señorita Eliana… sabía que vendría. No me he atrevido a ir a verla porque Valeria dijo que si hablaba con alguien, le haría daño a su nieta. Pero no puedo quedarme callada más tiempo. Vi cosas que no debí ver. Cosas que Don Julián nunca autorizó.
—Entiendo su miedo —le dijo Eliana con suavidad—. Pero mi padre está encerrado por algo que no hizo. Y necesito que me cuente todo lo que vio. Con cada detalle. Lo protegeremos a usted y a su familia. Le doy mi palabra.
Doña Inés asintió, cerró la puerta y los hizo pasar. Y allí, en la sencilla sala de su hogar, comenzó a hablar. Y cada palabra que salía de su boca dibujaba con más claridad el rostro de una traición que había estado gestándose desde mucho antes de lo que ninguno de ellos imaginaba.