Isabella Dalmavere eligió una vida de fe, convencida de que su corazón había encontrado por fin un lugar al que pertenecer. Entre los muros de un antiguo convento, las oraciones y el silencio, creyó que podría mantenerse alejada de todas aquellas emociones que alguna vez despertaron su curiosidad por el mundo.
Hasta que conoció a Dorian Virelli.
Rico, elegante y acostumbrado a conseguir cuanto desea, Dorian nunca había encontrado una mujer capaz de despertar tanto su interés como aquella novicia de mirada dulce y voluntad inquebrantable. Isabella no se impresiona con su fortuna, no se deja seducir por sus palabras y, sobre todo, no está dispuesta a renunciar a sus convicciones por un hombre al que apenas conoce.
Pero Dorian no sabe aceptar una negativa.
Sus visitas se vuelven cada vez más frecuentes. Sus conversaciones, más personales. Y lo que comienza como una atracción inesperada se transforma en una obsesión que amenaza con derribar las barreras que Isabella ha construido alrededor de su corazón.
Él le pedirá una oportunidad una y otra vez. Ella se la negará, decidida a proteger la vida que ha elegido.
Hasta que Dorian tome una decisión que cambiará sus destinos para siempre: llevársela por la fuerza, arrancándola del único mundo que conoce y enfrentándola a una realidad que jamás imaginó.
Volumen 1 de la saga Virelli.
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Dejando la hostilidad de lado
La lluvia había comenzado al caer la tarde, cubriendo los jardines de la propiedad Virelli con una fina neblina. Isabella permanecía junto a la ventana de su habitación, observando cómo las gotas resbalaban por el cristal. Llevaba varios días allí y, aunque seguía resentida con Dorian por haberla apartado de su vida en el convento sin darle elección, comenzaba a reconocer pequeños detalles de aquella casa. El aroma de las flores que adornaban el pasillo, el sonido de la chimenea por las noches y la tranquilidad que envolvía la biblioteca habían dejado de resultarle completamente extraños. Lo que todavía no conseguía comprender era al hombre que había decidido encerrarla en aquel mundo.
Dorian era arrogante, obstinado y tenía una facilidad desesperante para creer que podía resolverlo todo con una orden. Sin embargo, también había empezado a mostrar una atención que Isabella no esperaba. Recordaba cómo le gustaba el café, procuraba que siempre hubiera libros nuevos a su disposición y había ordenado que encendieran la chimenea de la biblioteca antes de que ella bajara por las mañanas. Eran detalles pequeños, pero difíciles de ignorar. Además, Isabella no estaba ciega: Dorian era un hombre atractivo. Su cabello oscuro, sus ojos intensos y aquella sonrisa que aparecía de vez en cuando le daban un encanto particular. Pensarlo le provocaba cierta vergüenza, especialmente porque seguía enfadada con él.
Aquella tarde decidió bajar a la biblioteca. Encontró a Dorian sentado junto a una mesa, con varios documentos abiertos y el teléfono pegado al oído. Hablaba con Matteo sobre asuntos de la empresa, pero levantó la mirada en cuanto ella entró. Isabella fingió no notarlo y se dirigió a las estanterías. Cuando terminó la llamada, él se acercó.
—¿Buscas algo en particular?
—Un libro que no hayas elegido tú por mí —respondió ella, recorriendo los títulos con los dedos.
Dorian soltó una risa discreta.
—Eso parece una indirecta.
—Qué observador.
—Puedo recomendarte algunos, pero prometo no imponerte ninguno.
Isabella lo miró por encima del hombro. Aquella respuesta le arrancó una sonrisa involuntaria, y él pareció complacido al descubrirla.
—No te acostumbres —advirtió ella.
—Estoy intentando disfrutar de los pequeños milagros.
—Eres insoportable, ¿lo sabías?
—Me lo han dicho.
Esta vez Isabella sí rio, aunque intentó disimularlo volviendo la atención a los libros. Dorian no aprovechó el momento para acercarse demasiado ni para convertirlo en una declaración. Simplemente tomó un volumen de una de las estanterías y se lo mostró. Era una novela clásica que ella llevaba tiempo queriendo leer. Isabella lo recibió sorprendida.
—¿Cómo sabías que me interesaba?
—Te vi leyendo una reseña en el convento.
—Recuerdas demasiadas cosas.
—Cuando se trata de ti, recuerdo más de lo conveniente.
La frase quedó suspendida entre ambos. Isabella sintió que las mejillas se le calentaban y bajó la mirada hacia el libro. Le gustaba que él se fijara en esos detalles, aunque no quería darle motivos para pensar que ya lo había perdonado.
—Que seas atento no significa que esté de acuerdo con lo que hiciste —dijo finalmente.
La sonrisa de Dorian se desvaneció un poco.
—Lo sé, Isabella.
—No. Creo que apenas estás empezando a entenderlo. Extraño a las hermanas, mi habitación y mi vida. No quiero que creas que, porque puedo conversar contigo o reírme de tus tonterías, he dejado de querer regresar.
Dorian guardó silencio. Su primer impulso fue decirle que podía darle todo lo que necesitara allí, pero comprendió que aquella respuesta solo confirmaría que seguía sin escucharla.
—No quiero que finjas estar feliz conmigo —contestó—. Pero tampoco voy a fingir que no me gusta estar contigo.
Isabella levantó los ojos. Por primera vez, su sinceridad no le pareció una provocación.
—Eso ya lo sé.
—¿Ah, sí?
—Eres bastante evidente, Dorian.
Él sonrió de lado.
—Y tú eres más observadora de lo que aparentas.
Antes de que Isabella pudiera responder, recordó el teléfono que había dejado en su habitación. Necesitaba hablar con la madre superiora, no solamente para tranquilizarla, sino para explicarle que seguía allí contra su voluntad. La conversación con Dorian no debía hacerle olvidar sus prioridades.
—Necesito llamar al convento.
Dorian se puso serio.
—¿A la madre superiora?
—Sí. Debe estar preocupada. Quiero decirle que estoy bien, pero también que todavía quiero volver.
Él apretó la mandíbula. La idea de que alguien pudiera llevársela lejos le despertaba una inquietud que apenas sabía controlar. Aun así, terminó asintiendo.
—Puedes usar el teléfono del despacho. Tendrás privacidad.
Isabella lo miró con cierta sorpresa.
—¿No vas a quedarte escuchando?
—No, aunque debo admitir que la idea me resulta tentadora.
—Al menos eres honesto.
Dorian le entregó el teléfono y se apartó. Isabella marcó el número que recordaba de memoria. Cuando la madre superiora respondió, la joven sintió un nudo en la garganta. Le aseguró que estaba físicamente bien, que no se preocupara, a pesar de no querer estar ahí, él la trataba muy bien y era respetuoso. La mujer prometió buscar la manera de ayudarla a regresar.
Al terminar la llamada, Isabella permaneció unos segundos en silencio. Dorian esperaba al otro lado de la puerta, respetando la privacidad que le había prometido. Cuando ella salió, él se incorporó inmediatamente.
—¿Todo bien?
—Sí. Gracias por dejarme llamar.
—No tienes que agradecerme algo que debería haber sido tu decisión desde el principio.
Isabella lo estudió con atención. Seguía sin confiar plenamente en él, pero empezaba a descubrir que aquel hombre podía reconocer sus errores, aunque le costara hacerlo. Y, para su propia sorpresa, cada vez le resultaba más difícil ignorar la atracción que sentía cuando él dejaba de comportarse como si el mundo le perteneciera.
—Buenas noches, Dorian —dijo finalmente.
—Buenas noches, Isabella.
Ella comenzó a subir las escaleras, pero antes de llegar al primer descanso volvió la cabeza. Dorian seguía observándola y, cuando sus miradas se encontraron, le dedicó una sonrisa tranquila.
Isabella respondió con otra, pequeña y fugaz, antes de continuar su camino.
No era perdón. Tampoco era amor.
Era apenas una rendija abierta en una puerta que ella había mantenido cerrada desde aquella noche. Y Dorian, que siempre había querido conquistar el mundo mediante la insistencia, comenzaba a descubrir que aquella mujer podía ofrecerle algo mucho más valioso, pero que tendría que ganárselo sin volver a arrebatárselo.