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A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Amor a primera vista / Ella Mayor Que Él / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

—Órale —dijo Sebastián, sin pensarlo dos veces—. Quien me trata bien es mi papá.

Lo dijo con la boca todavía embarrada de pastel, tan campante, como quien acepta un vaso de refresco. Y luego, para que no quedara duda de su lógica de dieciocho años recién cumplidos, agregó:

—Digo, tú me compraste tenis, ropa, pastel. Mi otro papá ni se acuerda de mi cumpleaños. Así que sí. Tú eres mi papá.

—¡Sebastián! —Le jalé la oreja—. Se dice "el señor Dante". No puedes andar diciéndole papá a alguien de...

—Bea. —Dante me detuvo la mano, riéndose por lo bajo—. Déjalo. Me gusta cómo suena.

"Claro que te gusta", pensé. "Es la única persona de esta familia que te dice que sí a todo."

Pero no seguí peleando. Porque Dante encendió otra vez las velitas que se habían apagado, y con esa voz que baja para todo menos para cantar, arrancó "Las mañanitas". Yo me le uní, medio a fuerzas, y luego ya no tan a fuerzas. Sebastián, en medio de los dos, con dieciocho velas iluminándole la cara, cerró los ojos.

—Pide un deseo —le dijo Dante. Y luego me miró a mí—. Tú también, Bea. Pide.

Cerré los ojos.

"Que estos dos tengan salud. Que mi hijo entre a una buena universidad. Y que me divorcie pronto de Rodrigo, por Dios, que me divorcie pronto."

Sebastián sopló las dieciocho de un solo aliento. Aplaudimos. Y por un instante, en esa cocina prestada, con un pastel comprado por un desconocido, los tres parecimos algo que nunca fuimos en Los Tulipanes: una familia.

—————

Ya tarde, mientras Dante lavaba los trastes, tanteé a mi hijo.

—Sebas. Si tu papá y yo nos divorciáramos... ¿con quién te quedarías?

Lo pensó con una seriedad que me dolió.

—Depende —dijo al fin—. Si te casas con el papá Dante, contigo. —Se rascó la nuca—. Y si no, pues... con el que tenga más dinero, ¿no? Para que me alcance la universidad.

Suspiré. Mi hijo no tenía maldad. Tenía hambre de que alguien lo cuidara, y a esa edad la ternura y el interés todavía se confunden.

—Ya oíste —dijo Dante desde el fregadero, sin voltear—. Cásate conmigo y se arregla todo.

—Está mal de la cabeza —le dije a Sebastián—. No le hagas caso. Es broma.

Pero mi hijo me miró como si el loco fuera yo.

—————

Al día siguiente le pedí permiso a Sebastián para faltar a cuidarlo —"ya estoy grande, amá"— y Dante me llevó a la universidad, como todos los días.

Fue a la salida cuando pasó.

Dos tipos me cerraron el paso en la banqueta. Uno greñudo, con una chamarra rota; el otro rapado, con un arete y los ojos idos. El rapado me agarró de la muñeca.

—Tú nos debes lana —dijo el greñudo—. Ya páganos o te va a ir mal, señito.

—Yo no les debo nada —contesté, tratando de zafarme.

El rapado alzó la mano.

No la bajó.

Dante salió de la nada, como esa vez, como todas las veces. Le torció el brazo al rapado hasta hacerlo aullar, de un empujón mandó al greñudo contra la pared, y se plantó frente a mí con los dos hombres retrocediendo.

—Lárguense —dijo, bajito—. Antes de que me enoje.

Los tipos salieron corriendo. Pero al greñudo le dio tiempo de soltarle un golpe con algo, un tubo, un palo, no vi bien. Le pegó a Dante en el antebrazo, y aunque él ni se quejó, cuando se subió la manga vi que se le estaba hinchando, poniéndose rojo, feo.

—Estás herido —dije, con el corazón en la boca.

—No es nada.

—Cállate. Sube.

—————

Paré en una farmacia por pomada de árnica y un analgésico, y le dije que se metiera al estacionamiento subterráneo, donde no hubiera gente. Ahí, dentro del Maybach, con la poca luz de las lámparas del techo, le tomé el brazo y empecé a untarle la pomada con cuidado.

Fue un error.

Porque untarle la pomada era tocarlo. Y tocarlo, con esa cercanía, en ese silencio, con su respiración a un palmo de mí, me devolvió de golpe a una noche de hotel que llevaba semanas fingiendo que no recordaba.

—Bea —dijo él, con la voz espesa.

—No hables. Estate quieto.

Pero no se estuvo quieto. Se inclinó despacio y me olió el pelo, un gesto tan íntimo que me erizó la nuca. Con la mano buena me pellizcó la punta de la nariz, luego la barbilla, con esa ternura descarada suya.

—Mi futura novia me está curando las heridas —murmuró contra mi sien—. Podría acostumbrarme.

Se me subió el calor a la cara. El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba segura de que él lo oía en ese coche cerrado. Y por un segundo, un segundo peligroso, se me olvidó todo lo que yo era.

—Soy mujer casada —dije, y lo empujé del pecho con la mano, más para salvarme yo que para detenerlo a él.

Dante me sujetó la muñeca de golpe, deteniendo la mano que le seguía untando pomada. Respiraba distinto. Cerró los ojos un instante, apretó la mandíbula, y cuando los abrió había hecho el esfuerzo de tragarse algo grande.

—Ya, deja —dijo, ronco—. Con eso basta. —Se bajó la manga, arrancó el coche—. Te invito a cenar. En mi casa. Yo cocino.

Le agradecí al cielo que arrancara. Necesitaba aire.

—————

Pasé a mi casa a cambiarme. Encontré a Sebastián en la mesa, encorvado sobre la guía del examen de admisión a la universidad, subrayando con un plumón, moviendo los labios al leer.

Se me ablandó el pecho de verlo así. Y al mismo tiempo me apretó la angustia. Porque el examen estaba encima, y yo tenía que sacarlo de esa prepa donde lo golpeaban y meterlo a otra, ¿pero a cuál? No tenía palancas. No tenía dinero. No conocía a nadie.

"Las escuelas buenas piden fila, recomendaciones, meses de trámite", me recordó la voz, implacable como una lista de precios. "Y las que aceptan a media semana, en pleno ciclo, son las que cuestan lo que tú no tienes. ¿Con qué lo vas a pagar, Beatriz? ¿Con tu sueldo de profesora?"

Cerré la guía de Sebastián y la volví a abrir, sin leerla, solo por hacer algo con las manos. Mi hijo merecía un lugar donde estudiar sin miedo. Y yo no sabía cómo dárselo. Esa impotencia, la de una madre que ama y no alcanza, es de las que no dejan dormir.

En casa de Dante, él ya tenía puesto el mandil y una mesa llena de guisos caseros, como si cocinar para tres fuera lo más natural del mundo. Sonó el celular de Sebastián. Era Rodrigo. Mi hijo contestó, tímido, y yo le arranqué el teléfono antes de que su padre le metiera veneno en la cabeza.

—¿Qué quieres, Rodrigo?

—Ah, contestaste tú —dijo él, arrastrando las palabras con desprecio—. Dime una cosa, Beatriz. ¿Ahí andas? ¿Revolcándote con el mantenido mientras tu hijo mira? Qué buen ejemplo.

—Adiós, Rodrigo. —Colgué. No pensaba darle el gusto.

Dante sirvió todo sin hacer comentarios, aunque yo sabía que había oído. Sebastián, entre bocado y bocado, no paraba con lo suyo:

—Amá, ya divórciate y cásate con Dante. Digo, con mi papá. Aquí se come rico y todo.

Estaba tan distraída, tan cansada, que la angustia se me salió sola:

—El problema no es ese, Sebas. El problema es que te tengo que cambiar de escuela y no sé cómo. No conozco a nadie. No tengo con qué. Y el examen está aquí, encimísima.

Dante dejó la cuchara. Me miró a los ojos, tranquilo, con esa seguridad suya que a veces daba escalofrío.

—Eso déjamelo a mí —dijo—. En dos días te lo cambio de escuela.

Lo miré. Un mecánico. Un muchacho de veintidós años que decía haberse sacado la lotería. Prometiéndome, así como así, resolver en dos días lo que a mí me quitaba el sueño.

—¿Tú? —dije, y no pude evitar la sonrisa incrédula—. Ay, Dante.

—Tú confía.

Le dije que sí con la cabeza, para no discutir, pero por dentro no le creí ni la mitad. "Con qué palanca, muchacho, si eres tan pobre como yo."

Y mientras pensaba eso, el brazo firme que me había arrancado de dos maleantes esa tarde me seguía quemando en la memoria, el olor de su piel en el coche, la muñeca que él me había sujetado. Dos cosas que no lograba apagar: la sospecha de que ese muchacho no era lo que decía ser, y el deseo despierto, terco, que ya no sabía cómo volver a dormir.

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