Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
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Capítulo 17: Nadie te toca, nadie te mira, nadie te piensa.
La calma de la tarde anterior, llena de risas y descubrimientos sencillos, se había quedado grabada en mi memoria como uno de esos momentos perfectos que uno desea que no terminen nunca. Pero a la mañana siguiente —o al nuevo ciclo de fuego que marcaba el paso del tiempo aquí—, entendí con claridad que esa dulzura convivía siempre con la intensidad absoluta de su amor, con esa posesión que no era solo deseo, sino ley, norma y verdad inquebrantable.
Estábamos en el gran salón de audiencias, un espacio inmenso de piedra negra y columnas altas, donde Lucien recibía a los líderes de los distintos territorios del Abismo, a los jefes de clanes, a los guerreros antiguos que le eran leales. Yo solía acompañarlo siempre que podía, sentada en un pequeño trono a su lado, observando, escuchando, aprendiendo cómo gobernaba, cómo mandaba, cómo todos se inclinaban ante él con un respeto mezclado de terror absoluto.
Ese día habían venido los señores de las Tierras Profundas, seres de piel grisácea, cuerpos grandes y fuertes, ojos pequeños y brillantes como carbones encendidos. Eran conocidos por ser rudos, directos, poco acostumbrados a las sutilezas, y ese día traían regalos: cajas con piedras raras, metales que brillaban con luz propia, tejidos de una suavidad increíble.
Uno de ellos, el más alto y ancho de todos, se acercó un poco más de lo permitido, cargando una bandeja con una pieza de joyería elaborada, hecha con hilos de metal oscuro y una piedra roja tan intensa que parecía contener fuego vivo. Al pasar frente a mí, levantó un poco la vista, y sus ojos se posaron en mi rostro, recorrieron mi figura, se detuvieron en mis manos, en mi cuello, con una curiosidad grosera, sin el respeto que se debía, sin la prudencia que todos los demás tenían.
—Un regalo también para la compañera del príncipe —dijo, con una voz profunda y ronca, extendiendo la bandeja hacia mí, como si fuera a acercarla más, como si fuera a quedarse allí parado mirándome más tiempo—. Es digna de ser vista, sin duda. Pequeña, suave… distinta a todo lo que hay aquí.
En ese momento, el aire cambió.
Hasta ese instante, Lucien había estado sentado, relajado, escuchando con atención, con esa calma de quien sabe que todo está bajo su control. Pero en cuanto esas palabras salieron de la boca de aquel ser, en cuanto vio cómo sus ojos recorrían mi cuerpo, en cuanto vio que su mano se movía como si quisiera acercarse más… algo se rompió.
No gritó. No se movió bruscamente. Pero de repente, la temperatura de la sala bajó hasta volverse helada, y una presión pesada, oscura, aplastante, llenó todo el espacio, haciendo que todos los presentes se quedaran inmóviles, con la respiración cortada, con miedo escrito en cada rasgo de sus caras.
Lucien se levantó despacio de su trono. Se puso de pie, alto, imponente; sus alas se desplegaron un poco a sus espaldas, grandes, oscuras, poderosas, y sus ojos, esas llamas que siempre ardían, ahora brillaban con una furia fría, letal, que hizo que hasta a mí me temblaran las piernas.
Dio un paso hacia adelante, solo uno, pero fue suficiente para que el señor de las Tierras Profundas retrocediera dos, con la bandeja temblando en sus manos, con la cabeza baja de golpe, entendiendo demasiado tarde que había cruzado una línea que nadie, absolutamente nadie, debía cruzar.
—¿Qué has dicho? —preguntó Lucien. Su voz era baja, tranquila, suave… y eso era lo más aterrador de todo. No había grito, ni rabia descontrolada. Había una furia contenida, antigua, absoluta, de alguien que no tolera la ofensa, de alguien que considera que lo que es suyo es sagrado e intocable.
—Yo… solo… —balbuceó el otro, pálido bajo su piel grisácea—. Solo dije que… que es distinta…
Lucien se acercó más, y todos se apartaron a su paso, como si fuera un huracán que podía destruirlo todo. Se detuvo justo frente al ser que había hablado, y lo miró de arriba abajo, con un desprecio que dolía más que cualquier golpe.
—Escúchame bien, criatura de las profundidades —dijo, despacio, marcando cada palabra, grabándola en el aire, en la memoria de todos los presentes—. Y que lo que voy a decirte quede grabado a fuego en tu mente, y en la mente de todos los que están aquí, y en la mente de cada ser que habita en mis tierras, en mis dominios, en todo lo que es mío.
Se giró un poco, señalándome con una mano, con esa propiedad absoluta que siempre tenía, pero ahora cargada de advertencia.
—Ella es Isabela. Ella es mía. Y por ser mía, es intocable. Es sagrada. Es la única cosa en todo este reino que no se mira, no se toca, no se desea, no se piensa.
Volvió a mirar al que había hablado, y su voz se endureció, se volvió cortante como una espada de hielo:
—Nadie te toca, nadie te mira, nadie te piensa. Esa es la ley. Esa es mi ley. Y quien la rompa… quien se atreva a poner sus ojos en ella más de lo necesario, quien se atreva a pensar en ella con algo que no sea respeto absoluto, quien se atreva a acercarse, a hablar, a desear lo que es mío… pagará con su vida. Y no solo con su vida. Pagará con la vida de todo lo que ama, de todo lo que tiene, de todo lo que le pertenece. Borraré su nombre, su historia, su existencia entera de este mundo, hasta que nadie recuerde jamás que existió.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado, aterrador. Nadie se movía. Nadie respiraba casi. Todos sabían que no eran palabras vacías. Todos sabían que Lucien cumplía sus amenazas, siempre, sin dudas, sin piedad.
El señor de las Tierras Profundas se dejó caer de rodillas, inclinando la cabeza hasta tocar el suelo, temblando visiblemente.
—Perdón, Príncipe —susurró, con voz rota—. No sabía… no entendí… no volverá a ocurrir.
Lucien lo miró un segundo más, con esa frialdad que hacía temblar a reinos enteros, y luego hizo un gesto breve con la mano.
—Llévense sus regalos y márchense —ordenó—. Y asegúrense de que nunca más se le ocurra mirar en su dirección, ni siquiera de lejos. Porque la próxima vez… no habrá perdón.
Los seres se retiraron rápido, arrastrando al que había cometido el error, saliendo de la sala con prisa, dejando un silencio que tardó mucho en volver a ser normal.
Cuando estuvimos solos, Lucien se giró hacia mí y, al instante, esa furia helada se desvaneció, dejando paso a una angustia profunda, a un miedo que me sorprendió. Se acercó rápido, me tomó entre sus brazos, me apretó contra su pecho con fuerza, con desesperación, como si tuviera miedo de que alguien me hubiera podido dañar solo con mirarme.
—¿Estás bien? —preguntó, bajito, acariciando mi cabello, mi rostro, mis manos, revisándome como si buscara alguna herida, aunque yo estaba perfectamente sana—. ¿Te hizo daño? ¿Te dijo algo que te molestara?
Le acaricié el rostro, tratando de calmar esa tormenta que se había desatado en él, esa mezcla de rabia y protección que era tan suya.
—Estoy bien, Lucien. No me hizo nada. Solo miró, solo habló sin saber.
Él negó con la cabeza, apartándose un poco para mirarme a los ojos, y vi en ellos la verdad absoluta de lo que sentía, de lo que significaba para él.
—No entiendes, Isabela. Para mí, que alguien te mire con otros ojos, que alguien piense en ti, que alguien te desee… es lo mismo que si te hubiera tocado o te hubiera herido. Es lo mismo que si hubiera intentado quitarme lo que es mío.
Se sentó en el trono y me sentó sobre sus rodillas, rodeándome con los brazos, enjaulándome con su cuerpo, protegiéndome del mundo entero.
—Te dije que eres mía —continuó, con voz grave, cargada de esa obsesión que lo gobernaba—. Y ser mía significa que todo lo que eres, todo lo que tienes, todo lo que piensas, todo lo que ves… es solo para mí. Y al revés. Todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que pienso… es solo tuyo.
Me miró fijamente, grabando cada palabra en mi mente:
—Nadie te toca, nadie te mira, nadie te piensa. Esa no es solo una ley para ellos. Es la verdad de lo que somos. No permito que nadie te toque, porque tu cuerpo es solo mío. No permito que nadie te mire, porque tu belleza, tu sonrisa, tu forma de ser… son cosas que solo yo tengo derecho a ver. No permito que nadie te piense, porque tu alma, tu esencia, todo lo que eres… pertenece solo a mí.
Bajó la cabeza y besó mi cuello, despacio, marcando su piel, dejando su huella, su olor, su presencia en mí.
—Soy un monstruo para el resto del mundo, lo sé. Soy cruel, soy duro, soy implacable. Pero contigo… soy todo lo contrario. Contigo soy todo amor, todo ternura, todo cuidado. Y esa ley que he dicho… nace de ese amor. Porque te quiero tanto, te valoro tanto, te considero tan sagrada… que no soporto la idea de que nadie más pueda siquiera imaginarte, ni acercarse, ni tener una parte pequeña de ti que no sea mía.
Levanté la mano y acaricié sus cuernos, su cabello, su rostro, entendiendo por fin, por completo, esa forma de amar tan distinta, tan absoluta, tan suya. No eran celos tontos, ni orgullo herido. Era que, para él, yo era lo único que existía, lo único que importaba, lo único que tenía valor en todo el universo. Y lo que es único, lo que es sagrado… se cuida, se protege, se guarda celosamente para que nadie más lo toque, ni lo manche, ni lo altere.
—Lo entiendo —susurré, y lo abracé fuerte, pegando mi cuerpo al suyo, mezclando mi calor con el suyo—. Lo entiendo, Lucien. Y te acepto tal como eres. Con tu amor y con tus leyes. Con tu ternura y con tu furia. Porque sé que todo lo que haces, todo lo que dices, todo lo que eres… es por mí.
Él suspiró, como si le hubiera quitado un peso enorme de encima, y me apretó más fuerte, enterrando su rostro en mi cuello.
—Mientras estés aquí, mientras seas mía… nadie te tocará, nadie te mirará, nadie te pensará —prometió, con voz profunda y segura—. Yo me encargaré de eso. Yo seré tu muralla, tu escudo, tu ley. Y te aseguro, pequeña mía… que mientras yo viva, no habrá un solo ser en todo el Abismo, ni en todo el universo, que se atreva a olvidarlo.
Y allí, abrazada a él, en medio de esa sala inmensa y silenciosa, entendí que esas palabras no eran solo una advertencia para los demás. Eran la definición de nuestro amor. Un amor que no compartía, que no dividía, que era todo o nada. Un amor que decía: Eres mía, y por eso, eres intocable para el resto del mundo.
Y en la oscuridad de ese castillo, bajo la protección de ese ser que me amaba con toda su fuerza eterna, entendí que no quería que fuera de otra forma. Porque ser suya, ser intocable, ser solo para él… era el regalo más grande que podía tener.