«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.
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CAPÍTULO 14: Matías no se rinde
El lunes por la mañana, el campus de la Universidad Nacional lucía repleto de estudiantes que caminaban entre los pabellones de las distintas facultades bajo un sol radiante de primavera. El patio central, rodeado de grandes árboles y bancos de madera, era un hervidero de jóvenes que conversaban, tomaban mate y repasaban apuntes antes de ingresar a las aulas.
Mía caminaba por el corredor principal de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales junto a dos compañeras de cursada. Llevaba jeans ajustados, una remera blanca básica y una chaqueta de cuero sintético corta que acentuaba su figura. Tenía una carpeta de apuntes bajo el brazo y una expresión de tranquilidad absoluta; la noche del viernes y el fin de semana posterior pasados en el departamento de Leónidas le habían otorgado una serenidad radiante que no pasaba desapercibida para nadie.
Sin embargo, la paz duró poco.
Al llegar al centro del patio principal, una figura se interpuso en su camino, bloqueándole el paso de manera dramática.
Matías Silva.
Matías vestía una camisa de marca impecable, pantalones de vestir informales y llevaba en la mano un ramo enorme de rosas rojas envueltas en papel de seda dorado. Su rostro reflejaba una mezcla de orgullo herido, desesperación y la firme convicción de que un gesto grandilocuente frente a decenas de estudiantes bastaría para limpiar el papelón sufrido en el bar y en la fiesta.
—Mía, por favor, necesitas escucharme —declaró Matías alzando la voz lo suficiente para que varios grupos de estudiantes que estaban cerca giraran la cabeza para observar el espectáculo.
Mía se detuvo en seco, suspirando con cansancio mientras sus compañeras de cursada daban un paso atrás con gesto de incredulidad.
—Matías, por favor. Estamos en la facultad, no en una telenovela de la tarde —dijo Mía con tono sereno pero tajante—. Guarda esas flores y déjame pasar, que tengo clase de Teoría de la Comunicación en cinco minutos.
—No me voy a mover de aquí hasta que me escuches —insistió Matías, dando un paso adelante y ofreciéndole el ramo de rosas con una inclinación teatral—. Sé que las cosas entre nosotros se pusieron raras por culpa del hermano de tu amigo. Ese tipo te tiene intimidada, Mía. Te manipula porque es un hombre mayor y cree que puede manejarte a su antojo. Pero yo estoy aquí para demostrarte que soy un hombre de verdad, alguien de tu edad con quien puedes tener un futuro real, sin presiones ni sombras familiares.
Un murmullo sordo corrió entre los estudiantes presentes en el patio. Varios sacaron sus teléfonos celulares para grabar la escena, intuyendo el drama inminente.
Mía cruzó los brazos sobre el pecho, ladeó la cabeza y miró a Matías Silva con una combinación de lástima profunda y sarcasmo afilado.
—¿Un hombre de verdad, Matías? —preguntó ella con una voz clara y potente que resonó en todo el patio central, haciendo que el silencio se apoderara del lugar—. Déjame aclararte un par de puntos, porque parece que tienes un problema serio de comprensión de la realidad.
Matías parpadeó, tomado por sorpresa ante la falta de emoción romántica en el rostro de la joven.
—Primero —continuó Mía dando un paso hacia él, señalando el ramo de rosas con el dedo índice—: Leónidas Benavídez no me tiene intimidada ni me manipula. Leónidas es diez veces más hombre de lo que tú vas a ser en toda tu vida, simplemente porque no necesita montar un circo mediático en medio de un patio universitario para llamar la atención.
Un sonido ahogado de '¡uuuuuh!' se escuchó entre los estudiantes de segundo año que observaban la escena desde los escalones.
—Y segundo —agregó Mía con una sonrisa helada que le congeló la sangre al muchacho—: Un hombre de verdad no sale corriendo a esconderse cuando cae una tormenta en el campo, ni se la pasa inventando chismes porque su orgullo no soporta que una mujer le diga que NO. Te lo dije en la fiesta, te lo demostré en el bar y te lo repito hoy frente a toda la facultad: no me interesas, Matías. Ni hoy, ni el viernes que viene, ni nunca. Así que hazte un favor, ahorra el dinero de las flores para pagar un curso de dignidad y déjame caminar tranquila.
El patio estalló en una mezcla de risas disimuladas, murmullos divertidos y aplausos espontáneos por parte de varias estudiantes que celebraban la respuesta tajante de Mía.
El rostro de Matías mutó de un tono pálido a un rojo escarlata humillante. Bajó el ramo de rosas a toda prisa, sintiéndose el centro de las burlas de medio campus. Abrió la boca para intentar decir algo, pero la mirada de hielo y la postura erguida de Mía le indicaron que cualquier palabra adicional solo profundizaría su ridículo.
Sin añadir un solo término más, Matías dio media vuelta y caminó a pasos apresurados hacia la salida de la facultad, dejando tras de sí una estela de murmullos divertidos.
Mía se acomodó la carpeta de apuntes bajo el brazo, les dedicó un guiño cómplice a sus compañeras de cursada y continuó su camino hacia el aula de clases con la barbilla en alto, dejando en claro que a ella nadie la utilizaba como trofeo de juego universitario.