En las heladas tierras de Rusia nació un hombre destinado a conocer el verdadero significado del sufrimiento. Desde su infancia fue arrojado a un mundo de violencia, traición y muerte, donde cada día era una batalla por sobrevivir. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran solo una pequeña muestra de las heridas que consumían su alma. Después de perder todo aquello que alguna vez amó, se convirtió en una sombra de sí mismo: un guerrero despiadado que caminaba entre cadáveres y campos de batalla sin sentir miedo, compasión o esperanza. Para él, el mundo era un infierno interminable, y él mismo era uno de sus demonios. Sin embargo, cuando el destino parecía haber sellado su condena, una mujer apareció en su vida. A diferencia de los demás, ella no vio al monstruo que todos temían, sino al hombre roto que se ocultaba tras años de dolor. Con paciencia, valentía y una determinación inquebrantable, comenzó a derribar los muros que protegían su corazón.
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Capítulo 17: Las flores del invierno
No pude dejar de pensar en ello durante todo el día.
Rose seguía evitando mirarme.
No importaba si desayunábamos juntos.
Si ayudábamos a alimentar a las gallinas.
Si caminábamos por el pueblo.
Cada vez que nuestras miradas estaban a punto de encontrarse...
Ella giraba la cabeza.
Al principio pensé que era una coincidencia.
Después dejé de creerlo.
Algo había hecho mal.
Solo no sabía qué.
Y aquello me preocupaba más de lo que quería admitir.
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Esa misma tarde salí de la casa.
Caminé sin un destino claro.
Hasta que recordé a alguien.
El viejo leñador.
Era mayor.
Había vivido mucho más que yo.
Seguramente entendería cosas que para mí seguían siendo un misterio.
Lo encontré junto al bosque, partiendo un enorme tronco con su hacha.
Al verme sonrió.
—¡Leon!
—Hace tiempo que no vienes a trabajar.
—Sí.
Él apoyó el hacha contra un tocón.
—¿Qué te trae por aquí?
Me quedé unos segundos pensando cómo formular la pregunta.
Finalmente hablé.
—Necesito ayuda.
El hombre arqueó una ceja.
—Eso sí que es raro.
Sonreí apenas.
Era cierto.
Casi nunca pedía ayuda.
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Nos sentamos sobre un tronco.
El bosque estaba completamente cubierto por la nieve.
El anciano esperó pacientemente.
Respiré hondo.
—Rose me besó.
El viejo permaneció completamente serio durante dos segundos.
Después soltó una carcajada tan fuerte que varias aves salieron volando de los árboles.
—¡JAJAJAJA!
Lo observé confundido.
—¿Por qué se ríe?
Le costó varios segundos recuperar el aliento.
—Perdón...
—No me lo esperaba.
Cruzó los brazos.
—¿Y qué pasó después?
—Vi los fuegos artificiales.
El anciano parpadeó.
—No...
—Después del beso.
Pensé unos segundos.
—Seguimos viendo los fuegos artificiales.
El hombre volvió a quedarse en silencio.
Luego apoyó una mano sobre su frente.
—Ay, muchacho...
—Eres un caso difícil.
Incliné ligeramente la cabeza.
—¿Hice algo malo?
El anciano soltó un suspiro.
—Déjame adivinar.
—Ahora ella evita mirarte.
Abrí ligeramente los ojos.
—¿Cómo lo sabe?
Él sonrió.
—Porque fui joven hace muchos años.
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El leñador acomodó mejor su gorro de lana.
—Escucha bien, Leon.
Asentí.
—Cuando una chica besa al muchacho que le gusta...
...normalmente espera que ese sentimiento sea correspondido.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Correspondido?
—Que el otro también quiera besarla.
Aquellas palabras comenzaron a ordenar muchas cosas dentro de mi cabeza.
—Entonces...
—¿Esperaba otro beso?
El anciano sonrió.
—Exactamente.
Guardé silencio.
Pensando.
Pensando mucho.
Entonces recordé lo que Rose me había explicado la noche del festival.
"No es algo que hagas con cualquiera."
"Solo con alguien muy especial."
Todo comenzó a tener sentido.
Un beso era algo especial.
Y si una persona lo daba...
Esperaba saber si la otra sentía lo mismo.
Levanté la vista.
—Creo que ya entendí.
El anciano asintió satisfecho.
—Vas aprendiendo.
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Después de unos segundos hice otra pregunta.
—¿Cómo puedo hacerla feliz otra vez?
El viejo sonrió de una forma muy curiosa.
Como si la respuesta fuera obvia.
—Flores.
Parpadeé.
—¿Flores?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque a la mayoría de las mujeres les gustan.
Pensé unos segundos.
No parecía una respuesta muy lógica.
Pero tampoco entendía muchas otras costumbres del mundo.
Confiaba en él.
—Gracias.
El anciano levantó una mano para detenerme antes de que me fuera.
—Espera.
Volteé.
Su expresión ya no era bromista.
Era completamente seria.
—Si de verdad sientes algo por Rose...
No lo escondas.
Las personas no pueden leer la mente.
Díselo.
Sentí un ligero nudo en el pecho.
Asentí lentamente.
—Lo haré.
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Todavía conservaba parte del dinero que había ganado trabajando.
Así que fui directamente a la pequeña tienda de plantas del pueblo.
Había flores de muchos colores.
Rojas.
Blancas.
Amarillas.
Azules.
No tenía idea de cuál elegir.
La dueña del lugar sonrió al verme tan confundido.
—¿Son para alguien especial?
Pensé inmediatamente en Rose.
Y respondí sin dudar.
—Sí.
La mujer preparó un pequeño ramo con flores blancas y algunas rosadas.
—Creo que estas dirán lo que tú todavía no sabes expresar.
No entendí del todo sus palabras.
Pero el ramo era bonito.
Lo sostuve con cuidado.
Como si fuera algo muy frágil.
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Cuando regresé a casa pregunté dónde estaba Rose.
Su madre sonrió.
—En el patio trasero.
Salí inmediatamente.
Allí estaba.
Sentada sobre un viejo tronco.
Con un pequeño palo dibujaba figuras sobre la nieve.
Parecía completamente concentrada.
Respiré hondo.
Di unos cuantos pasos.
Ella levantó la cabeza al escucharme.
Nuestros ojos se encontraron.
Y, como siempre durante los últimos días...
Sus mejillas comenzaron a ponerse rojas.
Esta vez incluso hasta las orejas.
Se quedó completamente inmóvil.
Me detuve frente a ella.
Sin decir una palabra.
Le extendí el ramo de flores.
Rose abrió lentamente los ojos.
Miró las flores.
Luego me miró a mí.
Y después volvió a bajar la vista hacia el ramo.
Parecía no creerlo.
—¿Leon...?
Recordé las palabras del leñador.
"Díselo."
Respiré profundamente.
No estaba acostumbrado a expresar lo que sentía.
Pero con Rose...
Quería aprender.
La observé directamente a los ojos.
—Rose...
Ella levantó lentamente la cabeza.
Su respiración era tan nerviosa como la mía.
—Te amo.
El tiempo pareció detenerse.
Rose abrió la boca ligeramente.
Sus mejillas pasaron de rojas...
A completamente escarlatas.
Lentamente levantó ambas manos.
Y escondió todo el rostro detrás de ellas.
—¿R-Rose?
Su voz salió completamente temblorosa.
—N-no puedes decirlo así de repente...
Pude ver cómo incluso las puntas de sus orejas estaban completamente rojas.
Permaneció varios segundos intentando tranquilizarse.
Después separó apenas los dedos de sus manos.
Lo suficiente para mirarme.
Sus ojos estaban brillando.
No de tristeza.
Sino de una felicidad que parecía imposible de contener.
—Yo...
Pensé que...
...tú no sentías lo mismo.
Negué lentamente.
—Solo tardé en entender qué era ese sentimiento.
Rose dejó escapar una pequeña risa entre la vergüenza.
Bajó lentamente las manos.
Aceptó el ramo de flores con muchísimo cuidado.
Como si fuera el regalo más valioso que había recibido.
Luego dio un pequeño paso hacia mí.
Todavía con las mejillas completamente rojas.
Y sonrió.
Aquella sonrisa...
La misma que había visto por primera vez cuando desperté en aquella cama años atrás.
La sonrisa que me había salvado la vida.
Y, mientras la nieve seguía cayendo lentamente sobre el patio, comprendí que aquella chica nunca había estado enojada conmigo.
Solo había tenido miedo.
El mismo miedo que yo.
El miedo de entregar el corazón... y pensar que nadie lo recibiría.