Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 3
Cap. 03: El heredero que quiso reclamarla.
Camila no corrió.
Quería hacerlo. Cada músculo de su cuerpo lo pedía. La lluvia volvía resbalosa la acera, la noche había vaciado la calle y el aroma de Vega se acercaba por detrás con la seguridad de quien nunca había tenido que pedir permiso.
Pero correr era aceptar que la estaban cazando.
Camila apretó la carpeta contra el pecho, metió la otra mano en el bolsillo del vestido y cerró los dedos alrededor de la única cosa dura que llevaba: una llave vieja de la casa de su madre.
No era un arma.
Pero podía abrir piel si era necesario.
—Camila.
La voz de Damián sonó a pocos pasos.
Ella siguió caminando.
—Te estoy hablando.
—Lo sé.
—Entonces voltéate.
Camila se detuvo bajo el toldo cerrado de una panadería. El olor a masa horneada, azúcar y lluvia vieja salía por las rendijas de la puerta. Por un momento absurdo, pensó que tenía hambre.
Luego volteó.
Damián estaba en medio de la acera, empapado, sin abrigo. Aún así, parecía salido de un retrato de guerra: alto, hermoso, furioso. El cabello negro se le pegaba a la frente, los ojos plateados brillaban con un filo que antes había hecho retroceder a hombres armados.
Camila había visto esos ojos en una cama de enfermo.
Había visto miedo en ellos.
El recuerdo la ayudó a no bajar la mirada.
—¿Qué necesita, Damián?
Su boca se torció.
—¿Damián?
Antes ella decía señor. Antes decía heredero. Antes decía lo que hiciera falta para que la noche terminara sin gritos.
—Ya no estoy bajo el servicio de la manada Vega.
—Eso crees.
El aire se volvió más pesado.
No era una frase. Era la presión de rango, una mano invisible empujándole la nuca. La loba de Camila gimió dentro de ella y sus rodillas amenazaron con doblarse.
Camila clavó las uñas en la llave.
Dolor. Metal. Piel.
Se mantuvo de pie.
Damián lo notó. Algo oscuro cruzó su rostro.
—Tres años a mi lado y ahora ni siquiera puedes escucharme diez minutos.
—Lo escuché en el salón.
—Estaba bromeando.
Camila miró la calle vacía, la lluvia cayendo sobre los charcos, las ventanas cerradas de las casas alrededor.
—¡Qué raro! Todos se rieron menos yo.
Damián dio un paso.
—No me provoques.
—No vine a buscarlo.
—Fuiste a Sierra Clara.
Camila guardó silencio.
El aroma de Damián cambió. Más hierro. Más madera quemada. Debajo, muy leve, algo dulce y podrido que no recordaba de antes.
—¿Qué te dijo Gabriel Serrano?
—Que mi documento tiene una irregularidad.
—Mi madre no debió firmar nada.
—En eso estamos de acuerdo.
La lluvia golpeó más fuerte.
Damián soltó una risa corta.
—¿Ahora eres graciosa?
—Ahora estoy cansada.
Por un instante, algo parecido a confusión rompió la rabia de Damián. Miró el rostro de Camila como si de verdad la viera por primera vez desde que había entrado a su cuarto con una palangana de agua tibia tres años atrás.
—Yo no te eché.
Camila sintió que una parte vieja de ella se movía. La parte que había querido escuchar una frase así hace mucho. La parte que había confundido necesidad con afecto porque era joven, porque tenía frío, porque nadie más la había necesitado tanto.
La dejó moverse.
Y luego la dejó morir.
—No. Solo dijiste que otro hombre podía pedirme si le gustaba cómo sirvo.
La mandíbula de Damián se tensó.
—Tomás estaba borracho.
—Usted no.
—Cuidado.
—¿Con qué? —Camila levantó la carpeta—. ¿Con mi libertad mal firmada? ¿Con la calle? ¿Con usted?
Damián cruzó la distancia en dos pasos.
Camila retrocedió, pero no lo bastante rápido. Su mano se cerró sobre el brazo de ella, caliente incluso bajo la lluvia.
El cuerpo de Camila recordó antes que su mente: el peso de esa mano llamándola en la oscuridad, ordenándole que no se fuera, exigiéndole agua, silencio, piel fría sobre una frente ardiendo.
El miedo vino.
También vino la rabia.
—Suéltame.
Damián bajó la voz.
—Vas a volver a Casa Vega.
—No.
—No te pregunté.
La presión de rango cayó sobre ella con más fuerza.
Camila sintió que el aire desaparecía. Su loba se aplastó contra el suelo interno, mostrando el cuello por instinto. La ciudad se estrechó hasta convertirse en la mano de Damián, sus ojos, la orden muda de obedecer.
No.
La palabra no salió.
Se le quedó clavada en los dientes.
Damián tiró de ella.
Camila sacó la llave del bolsillo y se la clavó en la mano.
El heredero soltó un gruñido, más sorprendido que herido, y aflojó el agarre apenas lo suficiente para que ella se apartara.
—¡Estás loca!
—Estoy libre.
El golpe llegó antes de que ella pudiera cubrirse.
No fue una bofetada completa. Damián se contuvo en el último segundo o su cuerpo herido le falló; Camila no supo cuál de las dos cosas. Aun así, el impacto la hizo chocar contra la persiana metálica de la panadería. La carpeta cayó al suelo, abriéndose en la lluvia.
El sello provisional de Sierra Clara empezó a mancharse.
Algo dentro de Camila se enfrió.
Damián miró el papel. Luego la miró a ella.
Por primera vez, pareció entender que había cruzado una línea visible.
—Camila...
—No.
Esta vez la palabra salió.
Pequeña. Ronca. Suficiente.
—No voy a volver.
El aroma de Gabriel llegó con el viento antes que su voz.
Abeto.
Café oscuro.
Piedra bajo lluvia.
—Quite la mano de ella.
Damián giró.
Gabriel Serrano estaba al otro lado de la calle, sin paraguas, con el abrigo negro abierto y dos guardias de Sierra Clara detrás. No parecía apresurado. Eso lo hacía peor. La calma de Gabriel no era lentitud; era control absoluto sobre la violencia que aún no había decidido usar.
Camila sintió un tirón en el pecho.
Su loba levantó la cabeza.
Damián mostró los dientes.
—Esto no es asunto suyo, Serrano.
Gabriel cruzó la calle.
—Una mujer bajo el registro provisional de protección de Sierra Clara fue seguida, presionada por rango y golpeada a dos cuadras de mi oficina. Es exactamente asunto mío.
—Ella es Vega.
Gabriel miró a Camila, no a Damián.
—¿Es usted Vega, Camila?
La pregunta la sostuvo.
No la respondió por ella.
No la cubrió con su autoridad antes de darle espacio.
Camila se agachó, recogió la carpeta empapada y se obligó a enderezarse.
—No.
Gabriel asintió una sola vez.
Entonces miró a Damián.
—Ella dice que no.
Damián rió con desprecio.
—¿Ahora las de bajo rango deciden a qué manada pertenecen?
El aire cambió.
No con furia.
Con ley.
Gabriel no levantó la voz. No hizo falta.
—Sí.
La palabra cayó sobre la calle como un martillo.
Los guardias de Sierra Clara bajaron las manos a sus armas. En las ventanas cercanas, algunas cortinas se movieron. Humanas, probablemente. No entendían lo que veían. Un hombre rico discutiendo con otro bajo la lluvia. Una mujer con la mejilla roja y papeles mojados.
No veían al lobo de Damián empujando contra su piel.
No veían al alfa de Sierra Clara llenando la calle sin dar un solo paso de más.
Camila sí lo veía.
Y algo en ella, algo que nunca había tenido permiso de sentirse seguro, quiso acercarse a ese aroma.
Damián señaló a Gabriel con una mano sangrando por la llave.
—No sabe lo que está protegiendo. Esa mujer durmió fuera de mi puerta tres años. Me bañaba. Me tocaba. Me alimentaba. Si no la tomé fue porque no quise rebajarme.
Cada palabra era una cuerda lanzada al cuello de Camila.
Antes, se habría quedado quieta para no empeorar las cosas.
Ahora dio un paso adelante.
—Me tocaba porque usted no podía sostener una taza.
El rostro de Damián se vació.
Gabriel no se movió, pero Camila sintió su atención volverse completa sobre ella.
—Lo alimenté porque era mi trabajo —continuó Camila, con la voz temblando solo al final—. Lo bañé porque nadie más quería aguantar sus gritos. Dormí fuera de su puerta porque su madre me ordenó que, si usted dejaba de respirar, yo pagaría por ello. No confunda servicio con amor, Damián.
La lluvia llenó el silencio.
Por un segundo, el heredero pareció más herido que furioso.
Después volvió la furia.
—Te vas a arrepentir.
Dio un paso hacia ella.
Gabriel se interpuso.
No la empujó detrás de él. No la agarró. Simplemente ocupó el espacio entre ambos, como una puerta cerrándose.
—Alto.
Orden de alfa.
La orden no fue un grito. Fue una vibración grave que sacudió los charcos, bajó por la piel de Camila y golpeó a Damián de frente.
Damián se detuvo.
Sus ojos se volvieron casi blancos. Los tendones de su cuello se marcaron mientras peleaba contra una orden que no pertenecía a su manada pero venía de un alfa más asentado, más entero, menos roto.
Gabriel sostuvo la mirada sin esfuerzo visible.
—Va a presentarse ante una audiencia provisional mañana al mediodía —dijo—. Usted, Beatriz Vega, el escribano que firmó esta liberación y cualquier testigo del salón que haya escuchado su oferta de transferencia.
—No puede citar a mi madre como si fuera una ladrona.
—No la cité como ladrona.
Gabriel inclinó apenas la cabeza.
—Todavía.
Uno de los guardias de Sierra Clara soltó aire por la nariz. Camila casi sonrió, aunque la mejilla le ardía.
Damián miró a Camila por encima del hombro de Gabriel.
—Si haces esto, no habrá vuelta atrás.
Camila apretó los papeles mojados.
Había pasado años esperando que alguien más decidiera si podía comer, dormir, hablar, respirar sin culpa. La vuelta atrás era una habitación cerrada y una campanilla en la noche.
—Eso espero.
El golpe de su respuesta fue pequeño, pero Damián lo sintió.
Su aroma se volvió amargo.
Gabriel hizo una seña a sus guardias.
—Acompañen al heredero Vega hasta su coche.
—No necesito escolta —escupió Damián.
—No era una oferta.
Damián quiso responder, pero la orden aún le pesaba en los huesos. Finalmente retrocedió, con la mano sangrando y los ojos fijos en Camila como si quisiera grabarle una amenaza bajo la piel.
Cuando se alejó, la calle pareció recordar cómo respirar.
Camila también.
La lluvia le corría por el cabello, por la nuca, por la mejilla ardiente. Sus dedos temblaban tanto que la carpeta casi se le cayó de nuevo.
Gabriel no intentó quitársela.
—¿Puede caminar?
Camila miró la dirección por donde Damián se había ido.
—Sí.
—¿Quiere caminar?
La diferencia entre «puede» y «quiere» le apretó la garganta.
Camila giró hacia Gabriel. De cerca, su aroma era más difícil de ignorar. La envolvía sin tocarla, y su loba, traicionera, quería apoyar el hocico contra esa calma.
—Quiero ir a casa.
—Entonces la llevaremos a casa.
—Dijo que no era una orden.
—Sigue sin serlo.
Camila estudió su rostro. Buscó burla. Impaciencia. Esa superioridad suave con la que los de alto rango fingían escuchar antes de hacer lo que querían.
No encontró nada de eso.
Solo control.
Y una furia muy quieta que no estaba dirigida a ella.
—Está bien —dijo al fin—. Pero no voy a subirme a un coche de Sierra Clara como si me estuvieran arrestando.
La boca de Gabriel se curvó apenas.
—Entonces caminaré a su lado.
—¿Un alfa juez caminando bajo la lluvia por una de bajo rango?
—Por una ciudadana bajo la protección del tribunal.
—¡Qué conveniente!
—La ley tiene sus encantos.
Esta vez Camila sí sonrió.
Le dolió la mejilla.
Gabriel lo notó y su expresión cambió. No dio un paso. No levantó la mano. Solo preguntó:
—¿Puedo ver?
Camila tardó en entender.
Le estaba pidiendo permiso para mirar el golpe.
Algo en su pecho, ya demasiado lleno para una sola noche, se aflojó con peligro.
—No es nada.
—Eso no fue una respuesta.
Camila soltó una risa pequeña, sonrió de forma tenue, cansada.
—Usted también es cuidadoso con las palabras.
—Las palabras son caras cuando terminan en un expediente.
La lluvia siguió cayendo.
Camila apartó un mechón mojado de su rostro.
—Puede ver.
Gabriel se inclinó apenas, manteniendo las manos quietas a los costados. Sus ojos revisaron la marca en su mejilla con una precisión que no la hizo sentirse exhibida, sino registrada. Como si el dolor importara porque había ocurrido, no porque pudiera usarse contra alguien.
—No necesitará médico —dijo—. Pero quedará asentado.
—Todo queda asentado con usted.
—Cuando alguien intenta borrar a una mujer, sí.
Camila bajó la mirada a la carpeta arruinada.
El sello de Sierra Clara estaba corrido, pero aún visible.
—Mañana al mediodía, entonces.
—Mañana al mediodía.
—¿Y si no quiero verlo allí?
Gabriel entendió a quién se refería.
—Puede no mirarlo.
—No es lo mismo.
—No —admitió—. Pero esta vez él tendrá que escucharla.
Camila respiró hondo.
Pan mojado. Piedra. Café oscuro. Abetos después de la lluvia.
Su loba se quedó despierta.
Camila empezó a caminar hacia casa, y Gabriel Serrano caminó a su lado, sin tocarla, sin cubrirla, sin reclamarla.
Por ahora, eso fue suficiente.