Dos enemigos jurados, unidos por la supervivencia entre el odio y la traición nace un amor oscuro y feroz que desafía todo. Cuando el destino golpea, Augus da su vida para salvar a Kae. Años después, ella vive en paz con su pequeño hijo, quien lleva el nombre de su padre: la prueba de que su vínculo trasciende incluso la muerte.
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El Juego De Las Sombras
Los días siguientes se volvieron una sucesión de vigilancia constante. Kae y Augus ordenaron reforzar cada entrada de la mansión, revisar cada vehículo que se acercara y controlar cada persona que entrara o saliera de sus oficinas. Sabían que Varela y Rodrigo Hale no se quedarían esperando; estaban planeando algo, algo que no podían ver todavía.
Una tarde, mientras revisaban los informes de inteligencia, llegó un sobre sin remitente. No tenía sello, no tenía marca, solo su nombre escrito con letra temblorosa. Augus lo abrió con cuidado, usando una hoja fina para no dejar huellas. Dentro había una fotografía antigua: la reunión de las dos familias años atrás, poco antes de que todo se derrumbara. En el centro, con una cruz marcada sobre su rostro, estaba el padre de Kae, y al lado, con otra marca, el de Augus.
—Un recordatorio —dijo Kae, mirando la imagen con frialdad—. Quieren que volvamos a sentir el dolor. Que dudemos de todo.
—Es solo un juego —respondió Augus, aplastando la foto con la mano—. Intentan desestabilizarnos. Pero no lo lograrán.
Sin embargo, la sensación de ser observados crecía con cada hora. En las calles cercanas aparecían vehículos desconocidos, en las oficinas se encontraban pequeños objetos fuera de lugar, como si alguien hubiera estado allí sin ser visto. Era una guerra psicológica, diseñada para hacerlos sentir que no estaban a salvo ni siquiera en su propio territorio.
Una noche, la alarma se activó en el jardín trasero. Ambos salieron de inmediato, armas en mano, moviéndose en silencio entre los árboles. Encontraron a uno de los guardias inconsciente, pero no había rastro de intrusos. Solo una nota clavada en el tronco de un árbol: El pasado no se puede borrar. Algún día, el odio volverá a ganar.
—No se cansan —murmuró Kae, arrancando el papel con fuerza—. Creen que con palabras y miedo nos harán traicionarnos.
—Porque no entienden lo que tenemos —respondió Augus, acercándose a ella—. Ellos solo conocen la traición, el rencor, el interés. No saben que hay algo más fuerte que todo eso.
Pero la prueba definitiva llegó dos días después. Recibieron una llamada anónima que los citaba en la vieja iglesia abandonada al borde del pueblo, con la promesa de entregarles información sobre los planes de sus enemigos. Sabían que era una trampa, pero también sabían que no podían ignorarla: si querían detenerlos, debían enfrentarlos.
Llegaron cuando el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos rojizos. La iglesia estaba en ruinas, con las ventanas rotas y el suelo cubierto de polvo y escombros. Entraron con cautela, cada uno cubriendo la espalda del otro.
—Al fin —sonó una voz desde el fondo.
Allí estaban: Elías Varela, apoyado en un pilar, y Rodrigo Hale, con una cicatriz nueva en el rostro y una mirada llena de odio. Detrás de ellos, cuatro hombres armados apuntaban directamente a Kae y Augus.
—Pensaron que podían reconstruir lo que sus padres destruyeron —dijo Varela con calma—. Pero olvidaron que la historia no se reescribe con besos. La sangre pide sangre.
—¿Y qué quieren? —preguntó Augus sin alterarse—. ¿Matarnos aquí? Ya saben que no será fácil.
—No necesitamos matarlos de inmediato —intervino Rodrigo, sonriendo con amargura—. Tenemos algo mejor. Algo que los romperá por dentro.
Hizo una señal, y uno de los hombres trajo una caja de madera, la abrió y sacó una serie de documentos amarillentos. Los dejó caer al suelo entre ellos.
—Estos son los contratos originales —explicó Varela—. Los que firmaron sus padres. Y aquí está la verdad: no fue una tracción de un solo lado. Ambos acordaron destruirse mutuamente para eliminar a los competidores, y luego se traicionaron entre sí. Todo fue un plan, un juego de poder donde ustedes dos no fueron más que peones.
Las palabras cayeron como piedras. Kae se agachó y tomó uno de los papeles, leyendo con atención. Las fechas, las firmas, todo parecía auténtico. Por un instante, la duda asomó en su mente: ¿todo lo que habían vivido, todo el dolor, había sido planeado? ¿Habían crecido odiándose por algo que no era más que una farsa de sus mayores?
Varela aprovechó el silencio.
—¿Ven? No hay inocentes. No hay héroes. Solo intereses. ¿Y qué tienen ustedes ahora? Un vínculo basado en mentiras. ¿Creen que puede durar? En cualquier momento, el odio volverá a salir. Y entonces, uno de ustedes apuntará al otro.
Rodrigo levantó un arma, pero no apuntó directamente.
—Dénse la espalda. Demuestren que confían. Si no lo hacen, dispararemos. Si lo hacen… veremos si el instinto de supervivencia es más fuerte que cualquier cosa.
El silencio se volvió pesado. Los ojos de todos estaban fijos en ellos. Augus miró a Kae, y ella a él. No había miedo en sus miradas, solo comprensión.
—¿Lo harás? —le preguntó él en voz baja, solo para que ella lo oyera.
—Solo si tú lo haces —respondió ella con la misma calma.
Y sin dudarlo, se dieron la espalda.
El gesto sorprendió a todos. Varela frunció el ceño, Rodrigo apretó los dientes con furia.
—¿No tienen miedo? —gritó este último—. ¿No saben que pueden dispararles por la espalda?
—Lo sabemos —respondió Augus sin volverse—. Pero también sabemos algo que ustedes nunca entenderán.
—¿Y qué es eso? —preguntó Varela, intrigado a pesar de sí mismo.
—Que el pasado no nos define —respondió Kae—. Aunque todo fuera mentira, aunque todo fuera un plan… lo que sentimos, lo que construimos, es real. No importa por qué empezamos a odiarnos. Importa por qué decidimos dejar de hacerlo.
En ese instante, ambos se giraron al mismo tiempo. Kae lanzó dos cuchillos con precisión, desarmando a dos de los hombres, mientras Augus se lanzaba contra los otros dos, derribándolos antes de que pudieran reaccionar. La pelea fue rápida y feroz, como siempre. Varela intentó huir, pero fue interceptado, y Rodrigo quedó acorralado contra la pared.
—No pueden ganar —escupió el hombre, temblando de rabia—. Siempre habrá alguien que quiera romperlos.
—Que lo intenten —respondió Augus, sujetándolo con fuerza—. Pero se llevarán una sorpresa.
Los dejaron allí, desarmados y sin poder moverse, para que las autoridades los recogieran. Recogieron los documentos y salieron de la iglesia cuando la noche ya había caído.
Caminaron de regreso hacia el coche, sin hablar mucho, pero con la certeza más fuerte que nunca. Kae miró los papeles en su mano, luego los miró a él.
—¿Crees que es verdad? ¿Todo lo que dijeron?
Augus se detuvo y la miró a los ojos.
—Quizás sí, quizás no. Pero ¿qué importa? Si todo fue una mentira, al menos nos llevó a encontrarnos. Y si fue verdad… entonces hemos logrado algo que nadie creía posible: convertir el veneno en algo que nos mantiene vivos.
Kae sonrió, una sonrisa tranquila y verdadera, y dejó caer los documentos al suelo. El viento los levantó y los esparció por la oscuridad.
—Entonces que se quede en el pasado. Lo que importa es ahora.
Se tomaron de la mano y siguieron caminando. Sabían que las amenazas no habían terminado, que siempre habría alguien intentando separarlos. Pero también sabían que, mientras estuvieran juntos, nada podía vencerlos.