Hay personas que llegan a tu vida haciendo ruido, otras que lo cambian todo en el silencio.
Libra nunca imaginó que una conversación sobre Saturno pudiera convertirse en el comienzo de la historia más importante de su vida. Entre recreos, paseos después de clase, chocolates calientes, bancos de madera y amaneceres compartidos, conocerá a Acuario, un chico que tiene la extraña habilidad de encontrar belleza en los pequeños detalles y de hacer sentir especiales a quienes lo rodean.
Mientras el tiempo avanza y el final del curso se acerca, ambos descubrirán que crecer significa aprender a convivir con los cambios, con el miedo a perder lo que amas y con las palabras que, a veces, nunca llegan a decirse.
Porque algunas historias de amor no nacen con un beso.
Nacen con una conversación que parecía insignificante.
Con una fotografía tomada sin avisar.
Con una promesa hecha entre risas.
Con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a convertirse en el hogar del otro.
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Capítulo 16 - Lo que empieza a cambiar
Hay un instante en todas las historias en el que todo sigue siendo igual.
Pero ya no se siente igual.
Los mismos pasillos.
Las mismas bromas.
Las mismas personas.
Y, aun así, algo ha cambiado.
No porque el mundo sea distinto.
Sino porque empiezas a mirar a alguien de una forma que ya no tiene vuelta atrás.
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El lunes amaneció con un cielo completamente cubierto.
Una lluvia fina golpeaba los cristales del autobús mientras Libra observaba distraída las gotas resbalar por la ventana.
Siempre le había gustado la lluvia.
Tenía algo que obligaba al mundo a bajar el ritmo.
La ciudad parecía más silenciosa.
Más lenta.
Como si todos caminaran pensando un poco más de lo habitual.
Cuando llegó al instituto, el patio estaba casi vacío.
Los alumnos se refugiaban bajo los soportales.
Algunos corrían intentando no mojarse.
Otros compartían paraguas.
Libra acababa de guardar el suyo cuando escuchó una voz conocida.
—Hoy el cielo está de tu parte.
Se giró.
Acuario estaba apoyado en una columna, con el pelo completamente mojado.
—¿Y tu paraguas?
Él levantó los hombros.
—Me daba pereza cogerlo.
Ella lo observó unos segundos.
—Eres un desastre.
—Pero un desastre feliz.
—Eso dices ahora.
Dentro de una semana estarás resfriado.
—Exagerada.
—Realista.
Él sonrió.
—Me gusta cuando haces de madre.
Libra abrió mucho los ojos.
—¿Perdón?
—Nada, nada.
Corre.
Él salió corriendo justo antes de que ella intentara darle un pequeño golpe en el brazo.
—¡Ven aquí!
—¡No me alcanzas!
Capricornio, que acababa de llegar, observó la escena.
—¿Otra vez vosotros dos?
—Ha empezado él —protestó Libra.
—Siempre empiezan igual.
Y siempre terminan riéndose.
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Las clases transcurrieron con la tranquilidad habitual.
En Historia les mandaron un trabajo para hacer en parejas.
El profesor comenzó a nombrarlas.
—Leo con Escorpio.
—Capricornio con Marta.
Libra levantó la vista del cuaderno.
Solo quedaban unos pocos nombres.
—Libra...
Hizo una pequeña pausa.
—...con Acuario.
Los dos se miraron al mismo tiempo.
Leo sonrió con malicia.
—Qué casualidad.
—Cállate —respondieron ambos a la vez.
Toda la clase soltó una carcajada.
El profesor frunció el ceño.
—¿He dicho algo gracioso?
—No, profesor.
—Pues empezad a trabajar.
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Aquella misma tarde decidieron quedarse en la biblioteca del instituto.
Era un lugar tranquilo.
Con grandes ventanales por los que seguía viéndose caer la lluvia.
Frente a ellos había un montón de libros abiertos.
Un portátil.
Dos cuadernos.
Y una botella de agua compartida sin que ninguno recordara quién la había comprado.
—Vale —dijo Acuario—. Si seguimos hablando de cualquier cosa, este trabajo no lo acabamos.
—Tú eres el que no para de distraerse.
—Eso es mentira.
—Hace cinco minutos estabas intentando averiguar quién ganaría en una pelea entre un canguro y un avestruz.
—Es una duda importante.
—No lo es.
—Para la ciencia sí.
Libra negó con la cabeza riendo.
—Concéntrate.
Él la observó unos segundos.
—Lo intento.
—Pues inténtalo más.
—Es complicado.
—¿Por qué?
Acuario sonrió de lado.
—Porque te ríes y se me olvida lo que estaba pensando.
El silencio cayó sobre la mesa.
Libra dejó de escribir.
No sabía si aquello era una broma.
O si escondía algo más.
Levantó lentamente la vista.
Él seguía sonriendo.
Pero había algo distinto.
Algo más tranquilo.
Más sincero.
—Eres idiota.
Fue lo único que consiguió responder.
Él soltó una carcajada.
—Ya ha vuelto la borde.
Y la tensión desapareció.
Pero aquella frase quedó dando vueltas en la cabeza de Libra mucho después de que dejaran la biblioteca.
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Tardaron casi dos horas en terminar el trabajo.
Cuando salieron, seguía lloviendo.
Esta vez con más fuerza.
—Genial...
—¿Qué pasa? —preguntó Acuario.
Libra miró alrededor.
—Mi paraguas.
—¿Qué le pasa?
—Me lo he dejado dentro.
Los dos miraron hacia la puerta del instituto.
El conserje acababa de cerrar con llave.
—Perfecto...
Ella suspiró.
—Ahora sí que me voy a mojar.
Acuario no dijo nada.
Abrió su paraguas.
Se colocó a su lado.
—Vamos.
—No hace falta.
—Libra.
Ella sonrió.
—Ya sé.
"Vas a llegar empapada."
—Exacto.
Comenzaron a caminar.
El paraguas apenas cubría a los dos.
Cada vez que el viento soplaba, tenían que acercarse un poco más.
Las calles estaban casi vacías.
Solo se escuchaba el sonido de la lluvia golpeando el suelo.
—¿Sabes qué me gusta de los días así? —preguntó Acuario.
—¿Qué?
—Que la gente deja de correr.
Libra observó la avenida.
Era verdad.
Todo parecía ir más despacio.
—Supongo que sí.
—Y también...
Miró el cielo unos segundos.
—Que obligan a conversar.
Ella sonrió.
—¿Tú necesitas una excusa para hablar?
—No.
—Entonces no la entiendo.
—Yo tampoco.
Siguieron caminando.
Hablaron de música.
De una serie que ambos tenían pendiente.
De un profesor que parecía incapaz de sonreír.
De cualquier cosa.
Hasta que llegaron a la calle donde sus caminos se separaban.
Los dos se detuvieron.
Como siempre.
Pero ninguno parecía tener demasiada prisa por marcharse.
—Bueno...
—Bueno...
Volvieron a reír.
Ya era una costumbre.
—Nos vemos mañana.
—Mañana.
Libra dio dos pasos.
Después se giró.
—Acuario.
—¿Sí?
—Gracias.
Él frunció el ceño.
—¿Por el paraguas?
Ella negó lentamente.
—Por hacer que un lunes cualquiera sea un poco menos lunes.
Acuario permaneció completamente inmóvil.
No esperaba aquella respuesta.
Sonrió despacio.
De esa forma tranquila que solo aparecía muy de vez en cuando.
—Creo que ese ha sido el cumplido más bonito que me han hecho nunca.
Libra sintió cómo las mejillas empezaban a arder.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Ella negó con la cabeza mientras retomaba el camino.
No dejó de sonreír en todo el trayecto hasta casa.
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Esa noche, antes de dormir, abrió el chat con Acuario.
No había ningún mensaje nuevo.
Aun así, se quedó mirando la conversación unos segundos.
Era curioso.
Hacía apenas unos meses, aquel chat no existía.
Ahora guardaba cientos de mensajes.
Fotos.
Audios.
Bromas.
Pequeños fragmentos de días normales que, sin darse cuenta, estaban construyendo algo mucho más grande.
Libra apagó el móvil.
Se tumbó en la cama.
Y comprendió algo que llevaba tiempo evitando admitir.
Ya no esperaba que ocurrieran cosas extraordinarias.
Le bastaba con compartir las ordinarias con él.
Porque, cuando aparece la persona adecuada, incluso un lunes lluvioso puede terminar convirtiéndose en uno de los recuerdos más felices de tu vida.