Amar es lindo, que te ame y elija vez tras vez la misma persona que amas, es inexplicable. Pero lamentablemente, en este mundo, hay demasiadas personas rotas, demasiadas personas tratando de curar sus heridas, demasiadas personas sin saber reconocer cuando son amadas y cuando solamente son un paso en la vida. Y muchas personas olvidan lo más importante, para amar a otros sin lastimar, primero debemos amarnos nosotros mismos
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CAPÍTULO 8 La puerta que no se toca
El regreso a la mansión Ventura no fue tranquilo.
Nadie habló durante el trayecto.
Samuel conducía con el rostro tenso, las manos firmes sobre el volante, como si necesitara controlar algo más que el automóvil. Ana miraba por la ventana, pero no veía la ciudad; veía fragmentos de todo lo que acababa de descubrir.
Valentina Montenegro.
Horacio Montenegro.
Ramiro Echeverría.
Y ese silencio extraño de su padre adoptivo cada vez que esos nombres aparecían.
Jared viajaba detrás, en otro auto, manteniendo distancia, como si entendiera que ese espacio era necesario… o como si supiera que el verdadero choque aún no había ocurrido.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la mansión, Ana no se movió de inmediato.
—Ana —dijo Samuel, sin mirarla—. Esto tiene que parar.
Ella giró lentamente el rostro.
—No va a parar.
Samuel apretó la mandíbula.
—Te estás metiendo en una historia que no es segura.
Ana soltó una risa breve, sin humor.
—Eso ya lo dijiste antes.
—Y sigo diciéndolo.
Ella abrió la puerta.
—Pero no me has explicado nada.
Bajó del auto.
Y por primera vez, Samuel no la detuvo.
Esa noche la mansión estaba demasiado silenciosa.
Gabriela intentó hablar con ella, pero Ana se encerró en su habitación sin dar explicaciones. Sobre la cama estaban los documentos del archivo, la carpeta del orfanato y las notas de la biblioteca.
Todo conectado.
Todo incompleto.
Ana se sentó en el suelo, apoyada contra la cama, y cerró los ojos.
—¿Qué me están ocultando? —susurró.
Pero el silencio no respondió.
Solo la incertidumbre.
Al amanecer, Ana ya había tomado una decisión.
No podía seguir esperando.
No podía seguir recibiendo piezas sueltas.
Necesitaba enfrentar directamente el centro del problema.
Y ese centro, lo sentía con una certeza inquietante, estaba en la familia Montenegro.
Se vistió rápidamente.
Cuando bajó, Samuel ya la esperaba en el comedor.
—No saldrás hoy —dijo sin rodeos.
Ana se detuvo en seco.
—Sí voy a salir.
—No.
—Papá…
—Ana, esto no es negociable.
Ella lo miró con firmeza.
—Ya no puedes decidir eso.
El silencio entre ambos se tensó.
Gabriela apareció desde el pasillo, preocupada.
—Por favor… no discutan.
Ana la miró un segundo.
Luego volvió a Samuel.
—Voy a ver a Valentina Montenegro.
La reacción fue inmediata.
Samuel se puso de pie.
—No.
Ana sostuvo su mirada.
—Sí.
—No tienes idea de lo que estás diciendo.
—Sí la tengo.
Samuel respiró profundamente, intentando controlarse.
—Esa familia no es segura.
Ana apretó los labios.
—Nada de esto es seguro.
Silencio.
Gabriela intervino suavemente.
—Ana… ¿por qué esa mujer?
Ana bajó la mirada un segundo.
Porque no sabía cómo explicarlo del todo.
Pero algo dentro de ella lo exigía.
—Porque todo empieza con ella.
Nadie respondió.
Porque nadie podía refutarlo sin revelar demasiado.
Horas después, Ana salió de la mansión sin avisar.
Esta vez no pidió permiso.
Tomó un taxi directamente hacia el centro de la ciudad.
Jared la esperaba en una esquina acordada.
—Pensé que no vendrías —dijo él al verla.
—Necesito ver a Valentina Montenegro —respondió Ana sin rodeos.
Jared no se sorprendió.
Solo la observó.
—Eso no es fácil.
—Nada lo ha sido.
Él asintió lentamente.
—Entonces tienes que entender algo antes.
Ana cruzó los brazos.
—Habla.
Jared bajó la voz.
—Valentina no es solo una mujer con un pasado complicado.
Ana lo miró.
—¿Qué es entonces?
—Es el centro de una historia que alguien intentó enterrar.
El aire pareció volverse más pesado.
—¿Y por qué debería creerlo?
Jared la observó con calma.
—Porque ya empezaste a ver las grietas.
Silencio.
Ana bajó la mirada por un segundo.
—Quiero verla.
Jared suspiró.
—Está bien.
—¿La conoces?
Él dudó.
Un segundo demasiado largo.
—Sé dónde está.
Eso no era una respuesta completa.
Y Ana lo sabía.
Pero no insistió.
Porque necesitaba avanzar.
La casa estaba en una zona privada, rodeada de árboles altos y vigilancia discreta.
Ana se detuvo al ver la reja.
—¿Aquí vive? —susurró.
Jared asintió.
—Desde hace años.
Ana sintió un extraño vacío en el estómago.
—¿Por qué nadie habla de ella?
Jared la miró.
—Porque su vida dejó de pertenecerle hace mucho tiempo.
Ana avanzó hacia la entrada.
—Voy a tocar.
Jared la detuvo suavemente del brazo.
—Espera.
Ella lo miró.
—¿Qué?
—No sabes cómo puede reaccionar.
Ana respiró hondo.
—Necesito hacerlo igual.
El silencio entre ambos se tensó.
Finalmente Jared la soltó.
—Entonces no entres sola.
Ana lo miró sorprendida.
—¿Vienes conmigo?
—No quiero que te enfrentes a esto sin preparación.
Ana dudó.
Pero asintió.
—Vamos.
La puerta se abrió después de varios segundos.
Una mujer apareció.
Elegante.
Serena.
Pero con una mirada cargada de algo difícil de definir.
Dolor.
Sorpresa.
Y miedo contenido.
Ana la observó.
Y sintió algo extraño.
Como si la conociera de algún lugar imposible.
La mujer también la miró.
Y se quedó completamente inmóvil.
El tiempo pareció detenerse.
—¿Quién eres? —preguntó la mujer, con voz temblorosa.
Ana tragó saliva.
—Me llamo Ana Laura Ventura.
El nombre cayó como un golpe.
La mujer retrocedió un paso.
Y sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas.
—No… —susurró ella.
Ana frunció el ceño.
—Necesito hablar con usted.
La mujer negó lentamente.
—No puede ser…
Su voz se quebró.
Y entonces lo dijo.
Con un hilo de voz.
—Tú… no puedes estar aquí.
Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Por qué?
La mujer la miró como si estuviera viendo un fantasma.
—Porque tú…
Pausa.
Tragó saliva.
—Tú estabas muerta para nosotros.
El mundo de Ana se detuvo.
Y por primera vez desde que comenzó su búsqueda…
sintió que estaba a punto de descubrir algo que no podría deshacer jamás.