En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
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CAPITULO 13
La mañana del día siguiente se presentó con un cielo de color plomo que parecía colgar a pocos metros de las copas de los pinos ancestrales. El frío ya no era un elemento invisible; se materializaba en el aliento espeso de Mei, que formaba nubecillas blancas cada vez que exhalaba. Fiel a su palabra, la joven agrónoma se encontraba en la entrada de su cueva antes de que los primeros rayos del sol —unos destellos pálidos y sin calor— lograran quebrar la penumbra del valle.
A los pies del sendero, tres siluetas envueltas en burdas capas de cuero la esperaban. Sora, Maya (quien tras la reprimenda del jefe Gorik y ver el estómago vacío de sus crías había decidido apartarse discretamente de la facción de Talia) y otra recolectora llamada Nila, sostenían sus cestas de mimbre con las manos cubiertas por pedazos de piel atados con lianas.
Mei descendió con paso ágil. A diferencia de las demás, su túnica modificada le permitía una movilidad completa y, gracias al calor residual de la tela de ortiga que ya utilizaba como forro interior en su ropa, el frío del norte no entumecía sus músculos.
—Buenos días —saludó Mei, su voz firme infundiendo confianza en el grupo—. El suelo está duro por la escarcha, lo que significa que tendremos que trabajar rápido antes de que la tierra se congele por completo y sea imposible excavar. Síganme y mantengan los ojos abiertos.
El grupo se internó en las profundidades del bosque bajo, alejándose de las rutas de caza habituales de los machos. Mei las guió hacia una vaguada húmeda, protegida del viento por una formación rocosa, donde el suelo negro y rico en materia orgánica no se había endurecido tanto.
—Deténganse aquí —ordenó Mei, arrodillándose junto al tronco descompuesto de un roble caído. Señaló unas plantas marchitas, cuyas hojas, antes verdes y acorazonadas, ahora lucían secas y de un tono marrón oscuro—. La mayoría de los recolectores de la tribu ven esto y piensan que la planta ha muerto. Pero la magia de la naturaleza ocurre abajo, donde los ojos perezosos no miran. Estas son las hojas de la papa silvestre.
Mei sacó de su cinturón una estaca de madera densa que había afilado previamente con su piedra de río. Introdujo la estaca en la tierra negra a unos veinte centímetros del tallo principal y comenzó a hacer palanca con movimientos rítmicos y calculados, cuidando de no aplicar una fuerza bruta que pudiera dañar el producto. Después de un par de movimientos, la tierra se abrió, revelando un racimo de tubérculos redondeados, cubiertos de arcilla húmeda pero visiblemente sanos y firmes.
Sora ahogó un grito de sorpresa, cubriéndose la boca. —¡Están ahí! ¡Realmente están ahí abajo!
—La planta concentra toda su energía y sus azúcares en estos tubérculos para sobrevivir al invierno —explicó Mei, limpiando la tierra de una de las papas con los dedos—. Ahora es nuestro turno de usar esa energía. Excaven con cuidado, de la periferia hacia el centro. Si rompen la piel de la papa, se pudrirá rápido con la humedad de la cueva. Las que estén sanas durarán toda la Luna Blanca si las mantenemos secas.
Las tres hembras se arrodillaron de inmediato, imitando la técnica de Mei con sus propias estacas de madera. Al principio sus movimientos eran torpes, rompiendo algunas raíces, pero bajo la guía paciente y las correcciones directas de Mei, pronto comenzaron a extraer tubérculos de manera eficiente. El sonido de la madera golpeando la tierra y las exclamaciones de alegría de las recolectoras rompieron el silencio sepulcral del bosque invernal. Por primera vez en sus vidas, estas hembras no sentían el terror de la hambruna inminente; sentían el poder del conocimiento aplicado.
En menos de dos horas, las tres cestas de mimbre estaban a la mitad de su capacidad, repletas de un alimento denso que salvaría a sus nidos de la escasez.
—Es suficiente por hoy —declaró Mei, levantándose y sacudiendo el barro de sus manos—. Si cargamos más, no podremos movernos rápido si aparece algún depredador. Ahora iremos al claro de los sauces a recolectar las últimas cortezas antes de regresar.
Mientras las recolectoras acomodaban las hojas secas sobre las papas para ocultar el botín de las miradas curiosas de la plaza principal, Mei se adelantó unos pasos hacia el arroyo congelado. Fue en ese momento cuando sus sentidos, agudizados por el entorno salvaje, captaron algo inusual.
El suelo cubierto de escarcha y hojas caídas mostraba una alteración. Mei se agachó, apartando una rama seca. Frente a ella, impresa en el barro semicongelado, se encontraba una huella colosal. No era la garra ancha y pesada de un oso de la Roca. Era la huella de una almohadilla perfecta, con marcas de garras retráctiles que se hundían profundamente en la tierra: la pisada de un gran felino.
Pero lo que hizo que Mei frunciera el ceño con preocupación no fue la presencia de la huella, sino su dirección y su frescura. Los bordes de la pisada aún no se habían cubierto de escarcha, lo que significaba que el animal había pasado por allí hacía apenas unos minutos. Y no estaba solo. Al lado de la huella grande, había otras tres pisadas de felinos menores, moviéndose en una formación de abanico táctico.
"No es Kaelen", pensó Mei, su corazón dando un vuelco sutil. Las huellas de Kaelen eran ligeramente más grandes y su patrón de marcha era solitario y soberbio. Estas huellas pertenecían a una patrulla de reconocimiento. Los leones del sur estaban rodeando los límites de la Tribu de la Roca con una frecuencia e intensidad que no correspondían a una simple visita de cortesía o un banquete de alianza. Había un movimiento estratégico en curso, una tensión política entre las especies que la tribu de los osos, en su arrogancia física, parecía estar ignorando por completo.
—¿Lin Mei? ¿Pasa algo? —preguntó Sora, acercándose con la cesta al hombro, notando la fijeza de la mirada de la joven.
Mei se levantó de inmediato, borrando la huella de una patada sutil para no desatar el pánico entre las mujeres. —Nada, Sora. Solo asegurándome de que el camino esté despejado. Volvamos a la aldea por el sendero trasero, el viento está cambiando y la nieve no tardará en caer.
El regreso fue silencioso pero triunfal para las recolectoras. Mei las guió con éxito por las rutas secundarias, evitando la plaza central donde Talia y sus seguidoras solían reunirse para criticar a los nidos bajos. Al llegar a la bifurcación que conducía a las colinas altas, Sora se detuvo y miró a Mei con una devoción que rozaba las lágrimas.
—Gracias, Lin Mei —dijo la hembra ciervo, haciendo una inclinación de cabeza profunda—. Hoy has salvado a mis crías. Ninguna hembra de la Roca ha hecho jamás lo que tú hiciste por nosotras. Si Boran o cualquier otro macho intenta molestarte de nuevo, no te quedarás sola en esa cueva. Toda la sección baja de la tribu te respaldará.
—Cuiden la comida y mantengan el secreto tal como lo acordamos —respondió Mei con una sonrisa cálida, validando el agradecimiento de la mujer—. El conocimiento es nuestra mejor arma contra el invierno. Vayan a sus nidos.
Mei emprendió la subida hacia su cueva, sintiendo el peso del fardo de corteza de sauce en su espalda. Las palabras de Sora confirmaban lo que su mente estratégica había planeado: había comenzado a erosionar la base del poder de Talia. La belleza física y las plumas exóticas perdían todo su valor cuando el estómago de una madre rugía de hambre; la verdadera autoridad residía en quien proveía soluciones reales.
Al entrar a su cueva, Mei dejó caer el fardo y se dispuso a encender de nuevo el fogón para continuar con su telar. Sin embargo, al acercarse a las piedras del fuego, se percató de que la atmósfera dentro del espacio cerrado no era la misma. El olor a menta de su cueva estaba sutilmente entrelazado con ese aroma familiar y almizclado a sol de sabana y peligro latente.
Mei se giró despacio, buscando en las esquinas oscuras de la cueva. —Sé que estás aquí, Kaelen. Deja de esconderte en las sombras como un gato asustado.
Desde la penumbra de la parte más profunda de la cueva, donde Mei almacenaba sus calabazas de agua, una silueta colosal comenzó a materializarse. Kaelen dio un paso hacia la luz del fogón, con una sonrisa perezosa e increíblemente atractiva dibujada en sus labios perfectos. No llevaba su túnica oscura de guerrero; su torso desnudo mostraba la perfección de sus músculos dorados, que parecían inmunes al frío exterior.
—Es imposible sorprenderte, mi flor de plata —ronroneó Kaelen, su voz profunda haciendo vibrar las paredes de piedra—. Tienes los sentidos de un depredador y las manos de una diosa. Estaba observando tu tela de allá allá. Realmente es una obra de arte.
Mei cruzó los brazos, sosteniéndole la mirada con severidad. —¿Qué haces en mi cueva, Kaelen? El jefe Gorik fue muy claro sobre los límites territoriales, y eso te incluye a ti, por muy líder de los leones que seas.
La sonrisa de Kaelen disminuyó ligeramente, reemplazada por un brillo de seriedad en sus ojos ámbar. Dio un paso al frente, reduciendo la distancia entre ambos hasta que Mei pudo sentir de nuevo el calor asfixiante y magnético que emanaba de su cuerpo.
—Vine porque el invierno no es lo único que se acerca a este valle, Lin Mei —dijo el león, su barítono volviéndose bajo y confidencial—. Vi que estuviste examinando las huellas en el bosque bajo. Eres inteligente, demasiado inteligente para tu propio bien. Sabes que mis guerreros están patrullando.
—Están rodeando a la Tribu de la Roca, Kaelen —replicó Mei, dando un paso al frente, desafiando su tamaño—. Eso no es patrullaje de alianza. Eso es un despliegue táctico. ¿Qué es lo que realmente busca la Tribu del León en estas montañas?
Kaelen la miró fijamente por un largo momento, admirando la valentía de la mujer que, en lugar de encogerse ante un macho alfa, lo interrogaba como a un igual. El león estiró una de sus grandes manos y, con una delicadeza asombrosa para su fuerza, tomó un mechón del cabello negro de Mei, haciéndolo rodar entre sus dedos.
—Buscamos asegurar el futuro de nuestro territorio, Lin Mei —respondió el león con una honestidad brutal—. La Tribu de la Roca se está debilitando por culpa de líderes viejos y machos que solo piensan en su orgullo individual. Las tierras del sur necesitan expandirse antes de que la gran helada destruya los campos de caza. Pero vine aquí hoy para decirte algo más importante.
Se inclinó hacia ella, sus ojos ámbar brillando con una fijeza posesiva. —Cuando la tormenta estalle y los osos tengan que decidir su destino, no dejaré que te quedes en este rincón olvidado. Estás construyendo maravillas con tus manos, pero este nido es muy pequeño para una reina. Prepárate, pequeña flor. El hilo de tu destino ya está amarrado al mío, y ni todos los osos de la Roca podrán romperlo.
Mei sostuvo la mirada del fiero león, sintiendo que la tensión política del mundo exterior y la tensión magnética dentro de su cueva estaban a punto de colisionar en una guerra donde ella ya no era una simple espectadora, sino la pieza central del tablero.
zorra ? ¿ q animal ?