Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.
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Guerra declarada
Viktor D'Angelo
Tomé una decisión completamente madura.
Racional.
Inteligente.
Y digna de un hombre de veintiocho años.
Decidí evitar a Samantha Torres.
Porque claramente era la solución más lógica.
Si ella era el problema...
La respuesta era simple.
Distancia.
Espacio.
Control.
Exactamente tres cosas que dominaba perfectamente.
O al menos eso creía.
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—¿Dónde vas?
Ian levantó la vista de su teléfono.
—A trabajar.
—Mentira.
—¿Perdón?
—Llevas tres días evitando la pastelería.
Silencio.
—No la estoy evitando.
—Claro.
—No lo hago.
—Por supuesto.
—Ian.
—Viktor.
—No estoy evitando a Samantha.
—Entonces dime la última vez que pasaste más de veinticuatro horas sin ir allí.
...
Maldita sea.
—Eso no prueba nada.
—Lo prueba todo.
Lo odiaba.
Profundamente.
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La realidad era sencilla.
Después del accidente.
Después del casi beso.
Después de aquella absurda tensión entre nosotros...
Necesitaba pensar.
Y para pensar necesitaba distancia.
Porque Samantha comenzaba a ocupar demasiado espacio dentro de mi cabeza.
Y aquello nunca terminaba bien.
Las emociones eran peligrosas.
Las emociones hacían cometer errores.
Y yo había cometido suficientes en mi vida.
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Por desgracia, el universo tenía otros planes.
Porque el jueves por la mañana apareció Clara.
Mi asistente.
La persona más eficiente del planeta.
Y probablemente la única capaz de darme órdenes sin morir en el intento.
—Necesito una firma.
—Déjala ahí.
—Y una reunión.
—Cancélala.
—Y una inspección.
—Reprograma.
—En Crema Chantilly.
Levanté la vista.
Lentamente.
—¿Qué?
—La inspección.
—¿Por qué?
—El programa de apoyo a pequeños negocios.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
Porque justamente ese proyecto dependía de una de mis fundaciones empresariales.
Y justamente esa semana debíamos visitar varios establecimientos.
Incluyendo...
—No.
—Sí.
—Envía a alguien más.
—Ya envié a alguien más.
—Excelente.
—Está enfermo.
Por supuesto que estaba enfermo.
Porque aparentemente el destino tenía sentido del humor.
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Dos horas después estaba entrando nuevamente a la pastelería.
Y ya me arrepentía.
Muchísimo.
Porque apenas crucé la puerta, Samantha levantó la vista.
Y sonrió.
Instintivamente.
Sin darse cuenta.
Y algo dentro de mí reaccionó inmediatamente.
Otra vez.
—Hola.
Dijo.
—Hola.
Respondí.
Como un completo idiota.
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—Pensé que habías muerto.
Comentó Olivia desde una mesa cercana.
—Lo consideré.
—Qué decepción.
—Gracias.
—De nada.
Sí.
Definitivamente pasaba demasiado tiempo cerca de Samantha.
Porque ahora hasta sus amigas me respondían con sarcasmo.
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Intenté concentrarme en el trabajo.
De verdad.
Pero Samantha parecía empeñada en destruir todos mis esfuerzos.
Porque cada vez que aparecía cerca...
Me distraía.
Y porque era imposible ignorarla.
Especialmente cuando llevaba aquel delantal cubierto de harina.
Y el cabello recogido de forma desordenada.
Y esa sonrisa.
Maldita sonrisa.
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—¿Estás observándola otra vez?
La voz de Ian apareció detrás de mí.
—No.
—Sí.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque sabía que vendrías.
—Eso es inquietante.
—Lo sé.
—Necesitas ayuda profesional.
—Probablemente.
Definitivamente.
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A mediodía ocurrió el desastre.
Porque si algo había aprendido sobre Samantha Torres era que donde ella iba...
Los problemas la seguían.
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Todo comenzó con un cliente.
Uno particularmente desagradable.
De esos que creen que el dinero les permite comportarse como idiotas.
—Esto es inaceptable.
La voz resonó por todo el local.
Varios clientes giraron la cabeza.
Incluyéndome.
—Señor...
Intentó decir Samantha.
—No me interrumpa.
Mala idea.
Muy mala idea.
Porque Samantha odiaba que la trataran así.
Y yo también.
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—Pedí esto hace quince minutos.
—Porque hay muchas personas esperando.
—No es mi problema.
—No, pero tampoco es el mío.
Silencio.
Peligroso.
Porque acababa de responder.
Y porque yo conocía esa mirada.
La mirada previa a una discusión.
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—¿Sabe quién soy?
Preguntó el hombre.
Y automáticamente perdí toda esperanza.
Porque las personas que hacían esa pregunta nunca mejoraban la conversación.
—No.
Respondió Samantha.
—Y sinceramente no me importa.
Ian se atragantó con el café.
Olivia desapareció detrás del mostrador para ocultar la risa.
Y yo cerré los ojos.
Porque aquello terminaría mal.
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—Exijo hablar con el dueño.
—No está aquí.
—Entonces despídase.
—No funciona así.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Dios mío.
Ahora hasta las discusiones ajenas sonaban como nosotros.
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El hombre golpeó el mostrador.
Demasiado fuerte.
Y ahí terminó mi paciencia.
Me puse de pie.
Caminé hacia ellos.
Y hablé antes de pensarlo demasiado.
—Creo que la señorita ya explicó la situación.
Silencio.
El cliente me observó.
Y su expresión cambió inmediatamente.
Porque me reconoció.
Por supuesto que me reconoció.
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—Señor D'Angelo.
—Buenos días.
—No sabía que usted estaba aquí.
—Claramente.
Mi tono fue suficiente.
Porque el hombre palideció un poco.
—Yo solo...
—La salida está detrás de usted.
—Pero...
—Detrás de usted.
Más silencio.
Y finalmente se marchó.
Rápidamente.
Muy rápidamente.
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Cuando desapareció, el local entero pareció relajarse.
Y entonces Samantha se giró hacia mí.
Con los brazos cruzados.
—No necesitaba ayuda.
—Lo sé.
—Podía manejarlo.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué interviniste?
Excelente pregunta.
Porque la respuesta real era peligrosa.
Demasiado peligrosa.
—Porque estaba siendo un imbécil.
Ella me observó.
Durante varios segundos.
Y finalmente sonrió.
—Buen punto.
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La tarde continuó normalmente.
O casi normalmente.
Porque después de aquello dejamos de fingir.
No completamente.
Pero un poco.
Lo suficiente para volver a bromear.
Lo suficiente para sentirnos cómodos otra vez.
Lo suficiente para olvidar que intentábamos mantener distancia.
Y ahí comprendí algo.
Algo importante.
Algo extremadamente molesto.
No quería mantener distancia.
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Más tarde, cuando el local estaba casi vacío, Samantha apareció junto a mi mesa.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende.
—¿De qué?
—De si es peligrosa.
—Probablemente.
Suspiré.
—Adelante.
Ella sonrió.
Y aquella sonrisa ya era una amenaza para mi estabilidad emocional.
—¿Por qué desapareciste tres días?
Maldición.
Directo al corazón del problema.
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La observé.
Pensando.
Buscando una mentira convincente.
No encontré ninguna.
Porque por primera vez no quería mentirle.
—Porque necesitaba pensar.
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Sobre qué?
Silencio.
Largo.
Muy largo.
—Sobre ti.
Sus ojos se abrieron apenas.
Y mi corazón decidió dejar de colaborar.
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Ninguno habló durante varios segundos.
Porque la respuesta había sido demasiado honesta.
Demasiado real.
Demasiado peligrosa.
Y aun así no me arrepentí.
Ni un poco.
Porque era la verdad.
La única verdad que ya no podía seguir negando.
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Aquella noche, mientras conducía hacia casa, recibí un mensaje suyo.
Solo uno.
Simple.
Pequeño.
Pero suficiente para arruinar completamente mis intentos de actuar con normalidad.
"La próxima vez que desaparezcas, al menos avisa."
Sonreí.
Como un idiota.
Otra vez.
Y respondí sin pensarlo.
"La próxima vez intentaré ser más profesional."
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
"Buena suerte con eso, D'Angelo."
Releí el mensaje varias veces.
Y por primera vez acepté algo que llevaba semanas evitando.
La guerra había terminado.
La verdadera guerra, al menos.
La de resistirme a ella.
Porque ya no estaba luchando contra mis sentimientos.
Ahora estaba luchando contra algo mucho peor.
La posibilidad de perderla.
Y eso era una batalla que no estaba seguro de poder ganar.
Porque la guerra ya estaba declarada.
Y mi corazón había elegido bando mucho antes que yo.
Fin del Capítulo 22...☕