Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6: Las telas de la reina y el esclavo de la moda
—Vaya... —murmuró Alexander, con una sonrisa de medio lado que denotaba que el juego corporativo se había vuelto sumamente interesante—. Veo que sus métodos de asfixia no se limitan únicamente a las demandas judiciales, abogada Valentina.
La Emperatriz ni siquiera se sobresaltó por su repentina y ruda aparición. Dejó la servilleta de tela sobre la mesa con una parsimonia exasperante, se tomó su tiempo para beber el último sorbo de su copa de vino tinto y luego elevó la mirada hacia el imponente hombre de negocios. No había timidez en sus ojos, ni rastro de esa típica sumisión de las mujeres que buscaban desesperadamente llamar la atención del codiciado CEO. Para ella, Alexander era simplemente un hombre con un buen traje y un ejército de papeles.
—Un soberano no solo defiende sus fronteras de los ejércitos extranjeros, señor Alexander —respondió Valentina, cruzándose de brazos con total naturalidad—. También debe exterminar a las alimañas que intentan robar en su propio patio. Ese infeliz estaba perturbando la paz de mi súbdita más leal. Considero que fui bastante piadosa.
Alexander soltó una carcajada corta, genuinamente divertido. A su lado, la abuela de Valentina miraba al apuesto millonario con los ojos abiertos como platos, alternando la vista entre él y su nieta, completamente muda.
—¿Piadosa? Le prometió la ruina absoluta a través del sistema financiero —señaló el CEO, dando un paso más hacia la mesa, invadiendo su espacio con esa presencia magnética que solía hacer tartamudear a sus empleados—. La mayoría de las mujeres en su posición habrían llorado o pedido ayuda. Usted prefirió sonar como un capo de la mafia italiana a mitad de un almuerzo.
Valentina arqueó una ceja, mirándolo con un desdén soberano que desarmó por completo la postura dominante del empresario.
—Si vine a este siglo a hacer el trabajo de una abogada, usaré las herramientas de este siglo. Ahora, si me disculpa, señor Alexander, estoy disfrutando de un banquete de carne asada con mi familia y los asuntos de su demanda los discutiremos en mi oficina, bajo mis términos y en mi horario. No me gusta mezclar los negocios con la comida. Es de mala educación.
Alexander se quedó congelado por un segundo. ¿Acababa de echarlo de su mesa? ¿A él? Una chispa de profunda fascinación y un peligroso respeto brilló en sus ojos oscuros. Dio un paso atrás, acomodándose el saco gris con una sonrisa de medio lado que prometía tormenta.
—Nos vemos mañana en el buffet, abogada. No se haga esperar —sentenció, antes de darse la vuelta y retirarse con su paso firme.
Valentina ni siquiera lo miró marchar; simplemente tomó otro trozo de pan y continuó su comida como si nada hubiera pasado.
Unos días después, la Emperatriz se encontraba de pie frente al espejo del modesto vestidor de su departamento, envuelta en una batalla interna contra el guardarropa de la antigua dueña del cuerpo.
—¡Esto es un insulto a la vista! ¡Una absoluta declaración de derrota! —rugió Valentina, arrojando un saco de lana gris y holgado directamente al suelo.
Al revisar las perchas, su indignación solo crecía. Todo lo que la antigua Valentina poseía eran prendas oscuras, camisas tres talles más grandes de lo necesario, vestidos sueltos y aburridos de colores mortuorios como el marrón y el negro gastado. La pobre chica había usado esa ropa como un escudo invisible para esconderse del mundo, intentando disculparse ante la sociedad por su peso, enterrando sus curvas bajo metros de tela sin forma.
—¡No pienso vestir como si estuviera de luto por mi propia existencia! —dictó la Emperatriz frente al espejo, mirándose las bonitas facciones blancas—. Tengo un imperio que conquistar en esos tribunales y un cuerpo real que merece ser adornado con el esplendor digno de una soberana.
Su monólogo imperial fue interrumpido por el sonido estridente del timbre del departamento, seguido de una serie de golpes dramáticos en la madera de la puerta.
—¡Valen! ¡Abrime la puerta ya mismo, chiquita, antes de que me dé un ataque de ansiedad acá en el pasillo! —gritó una voz sumamente chillona y teatral desde el exterior.
Valentina caminó con paso firme y abrió de golpe. En el umbral apareció Thiago, el mejor amigo de la antigua abogada. Thiago era un diseñador de modas independiente, un hombre joven, abiertamente gay, extremadamente excéntrico y vestido con una campera de neón fosforescente que casi hace parpadear a la Emperatriz por el impacto visual. Entró al departamento como un torbellino, arrastrando un bolso enorme y gesticulando con las manos.
—Ay, no, no, no... Mi amor, me enteré de que saliste del hospital y vine corriendo. Esperaba encontrarte deprimida, comiendo un kilo de helado directo del pote y llorando por el asqueroso de Federico, pero... —Thiago se frenó en seco, clavando sus ojos hiperactivos en su amiga.
Valentina permanecía estática en medio de la sala, con la espalda recta como una lanza, los brazos cruzados y una mirada de absoluta frialdad dominante que Thiago jamás le había visto en los cinco años que llevaban de conocerse. La antigua Valentina se habría encorvado de hombros; esta versión parecía medir dos metros de altura por pura actitud.
—¿Quién eres tú para irrumpir de esa manera en mis aposentos, esclavo de la moda? —preguntó Valentina con una voz profunda y formal.
Thiago parpadeó tres veces, completamente descolocado. Se tocó el pecho de forma dramática.
—¿"Esclavo de la moda"? ¿"Aposentos"? Pará un poco, reina, ¿qué te dieron en ese hospital? ¿Te lavaron el cerebro con nafta? ¿Y esa postura? Si seguís tirando los hombros para atrás así, vas a romper la ley de la gravedad.
—Basta de insolencias —lo cortó ella, señalando el vestidor abierto con un gesto imperioso de su mano regordeta—. He estado revisando mis pertenencias textiles y es una completa miseria. Necesito que consigas sedas imperiales, brocados de oro y corsés de batalla de talle grande. No pienso volver a pisar la corte con esos trapos grises que parecen mantas para caballos.
A Thiago se le cayó la mandíbula. Se quedó en shock absoluto, mirando a su amiga como si la hubiera poseído el espíritu de una reina alienígena. Sin embargo, a los pocos segundos, la sorpresa del diseñador se transformó en una emoción puramente artística. El brillo de sumisión que Valentina siempre había tenido en los ojos había desaparecido, reemplazado por un magnetismo letal, soberbio y peligrosamente atractivo. El cambio de seguridad le voló la cabeza.
—A ver... no entiendo por qué carajo estás hablando como si hubieras salido de una telenovela de época —dijo Thiago, acercándose a ella con una sonrisa gigante y los ojos brillando de emoción—, pero tengo que admitir una cosa: ¡Me vuelve loco! ¡Esa actitud de perra empoderada te queda espectacular! Chau a la Valentina que pedía perdón por respirar.
Thiago tiró su bolso al sillón y se plantó frente a ella, tomándola de los hombros con entusiasmo renovado.
—Olvidate de las sedas imperiales porque no estamos en el año 1500, mi reina, pero escuchame bien: desde hoy me corono como tu estilista oficial de cabecera. Esos infelices del buffet se reían de tus curvas porque te vestías como una carpa de circo abandonada. ¡Pero ahora te voy a armar unos trajes entallados, unos escotes de infarto y unos colores vivos que van a hacer que a tu jefe se le caigan los ojos de la cara! Si vas a ir a la guerra legal, vas a ir vestida como la soberana XL que sos. ¡Van a tener que respetarte el talle por las buenas o por las malas!
Valentina observó el entusiasmo del extravagante hombre y, por primera vez, asintió con una sonrisa complacida. Había encontrado a su primer aliado moderno. Un esclavo de la moda, sí, pero uno que entendía el poder de una buena armadura visual. La reconquista del reino corporativo acababa de conseguir su mejor estratega textil.
Federico se te fue la gallina de los huevos de oro se te acabó tu suerte
no se te ocurra acercarte porque no sabes de lo que pueda ser capaz.