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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7. El vestido para su madre

Max había mandado a Ismael, su asistente, a recoger el vestido. Dos veces. Y las dos veces se había arrepentido a media orden y le había dicho que lo dejara, que él iría en persona.

No sabía mentirse tan bien como creía. El vestido era para el cumpleaños de su madre, sí. Pero podía habérselo comprado a cualquier casa de modas de Europa con una sola llamada. Que hubiera elegido justamente el Atelier Duarte —ese pequeño taller de la Roma, el del vidrio empañado— no tenía nada que ver con Soledad Alcázar.

Ismael, discreto, le había dejado el nombre del taller anotado en una tarjeta que Max se sabía de memoria desde el primer día. Había pasado tres veces frente a esa cuadra en una semana. Hoy, por fin, se había bajado del coche.

Empujó la puerta y una campanita sonó sobre su cabeza.

Y ahí estaba ella.

Al fondo, inclinada sobre un maniquí, prendiendo con alfileres el vuelo de una falda. El pelo recogido, un par de mechones sueltos, un alfiletero atado a la muñeca como una pulsera de espinas. Max se quedó parado en la entrada, con la campanita todavía temblando, y sintió lo mismo que la primera vez, solo que multiplicado por diez porque ahora no había un vidrio de por medio: el corazón se le disparó, la garganta se le cerró, y algo en su cuerpo, ese cuerpo suyo tantos años dormido, se puso de pie y dijo presente.

Respiró hondo. Una vez. Otra. Se ordenó a sí mismo comportarse como el hombre que hacía callar juntas enteras y no como un adolescente al que le sudan las manos.

—Buenas tardes —dijo ella, levantando la vista. Y luego, reconociéndolo con esa cortesía profesional que él iba a aprender a amar y a odiar—: Usted es el señor que encargó el vestido para su mamá, ¿verdad? Pase, por favor. Ya está casi listo.

Casi listo. Max no supo si hablaba del vestido o de él.

Lucía se limpió las manos en el mandil y lo guio hasta el maniquí donde colgaba la pieza: un vestido largo, color vino, con un trabajo de bordado que le subía por un costado. Empezó a explicárselo, y aquí ocurrió algo que Max no había previsto. La mujer callada que él imaginaba se transformó. Cuando hablaba de su oficio, a Lucía le cambiaba la voz, se le encendían los ojos, se le soltaban las manos en el aire.

—Todo esto es bordado a mano —dijo, rozando con la yema del dedo una hilera de cuentas, sin llegar a tocarla, como quien señala algo sagrado—. Son casi cuarenta horas de pedrería, cuenta por cuenta. Y esta parte de aquí, la botonadura, la forramos con la misma tela para que no rompa la línea. A su mamá le va a caer perfecto en el escote; la pedrería levanta la luz justo aquí, ¿ve?

Max veía. Vaya que veía. Solo que no estaba mirando el vestido.

Estaba mirando la manera en que se le movía la boca al decir "pedrería". La forma en que se le marcaba la clavícula cuando levantaba el brazo para señalar el escote del maniquí. El modo en que hablaba de cuarenta horas de trabajo como si fueran un placer y no un sacrificio. Y cuando ella se inclinó para acomodar el ruedo, el botón más alto de su blusa cedió apenas —nada, un milímetro— y dejó ver la línea limpia del cuello bajando hacia el hombro.

A Max se le secó la boca. Tuvo que apartar la vista hacia la ventana, hacia la calle, hacia cualquier cosa que no fuera esa franja de piel, para poder seguir respirando como una persona normal.

Sintió, con una nitidez que lo asustó, cómo su cuerpo respondía otra vez. Ahí. De pie. En un taller lleno de luz, con ella hablándole de costuras. Cerró el puño dentro del bolsillo del pantalón, apretó la mandíbula y respiró por la nariz, invocando el mismo control glacial con el que se había duchado con agua helada durante treinta y cinco años. No aquí. No ahora. No delante de ella.

Desde la trastienda se asomó una mujer mayor, de anteojos y porte elegante, con un metro de costura colgado al cuello: la maestra Ofelia. Le echó al cliente una mirada rápida, de esas que evalúan un traje y calculan el precio en dos segundos, saludó con una inclinación cortés y volvió a lo suyo, dejándolos solos. Max apenas la registró. Toda su atención le costaba trabajo repartirla; ahora mismo estaba entera puesta en un solo punto de la sala.

—¿Le parece bien, entonces? —preguntó Lucía, enderezándose, ajena por completo a la tormenta que tenía enfrente—. Si quiere, le muestro cómo se vería con los aretes que suele usar su mamá. A veces la joya pelea con la pedrería, y hay que decidir quién manda.

—Que mande el vestido —dijo Max.

Ella se rio por lo bajo, sorprendida.

—Se nota que no ha discutido nunca con una señora sobre sus aretes.

—Con mi madre, no. —Algo se le tensó apenas en la cara al nombrarla, y lo disimuló—. Pero le voy a hacer caso a la experta.

Lucía lo miró de reojo, divertida, sin saber que acababa de arrancarle a aquel hombre la primera sonrisa de verdad que daba en semanas: una cosa pequeña, apenas un movimiento en la comisura, que en un rostro tan acostumbrado a la dureza parecía casi un terremoto.

—¿Le parece bien el largo, entonces? —insistió ella.

—Está perfecto —dijo él. Y la voz le salió más baja y más ronca de lo que pretendía.

Lucía parpadeó, como si el tono la hubiera rozado en algún lado. Se recompuso enseguida, profesional.

—Le haré los últimos ajustes esta semana. Si su mamá pudiera venir a una última prueba…

—No va a poder. Es sorpresa. —Max improvisó rápido, porque la verdad era que no pensaba compartir a esta mujer con nadie, ni siquiera con su madre—. Pero cualquier ajuste, yo lo coordino. Con usted. Directamente.

—Claro. Puede llamar al taller y…

—Prefiero algo más directo. —Se oyó decirlo antes de decidirlo. El hombre que nunca pedía nada a nadie, pidiendo—. ¿Me pasas tu WhatsApp? Para… coordinar.

El "usted" se le había caído solo, a mitad de la frase, sin permiso.

Lucía se quedó quieta. Era lo más normal del mundo darle el contacto a un cliente. Lo hacía todo el tiempo. Y sin embargo, con este hombre de traje oscuro que la miraba como si ella fuera la única pieza de arte en toda la sala, sacar el celular le costó un esfuerzo raro.

Pensó, absurdamente, en lo que diría Fernanda si la viera dudando. "Es un cliente, comadre, dale el número y ya." Pensó en la maestra Ofelia, ahí atrás, que seguro los estaba oyendo. Pensó que se estaba comportando como una tonta por un simple contacto de trabajo.

Y aun así, cuando sacó el teléfono, sus dedos se detuvieron un segundo sobre la pantalla. Como si algo dentro de ella supiera, antes que ella misma, que ese número no iba a ser un contacto de trabajo cualquiera.

Levantó la vista.

Y chocó de lleno con la mirada de él.

El corazón le dio un vuelco que no supo, ni quiso, explicarse.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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