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Capítulo 20
Capítulo 20: Dos Palabras
Llegamos a la mansión cuando el cielo ya se había vuelto naranja. Renato estacionó —yo le había cedido el volante porque conducía mejor que yo aunque jamás lo admitiría en voz alta— y salimos del auto en silencio. Un silencio cómodo. De esos que no necesitan llenarse.
Duró exactamente cuatro segundos.
—¡¡¡TÍAAAAAAA!!!
El grito vino de la reja principal como un misil teledirigido. Un misil de un metro quince de estatura, pelo castaño revuelto, rodillas raspadas, y una sonrisa a la que le faltaban dos dientes frontales.
Tomasito Montiel. Tomi. Seis años. Sobrino mío, hijo de mi hermano mayor. Y la criatura más destructiva que la naturaleza había producido desde el último asteroide que borró a los dinosaurios.
—¡TÍAAAA! ¡TÍAAAA! ¡LLEGASTE! —Tomi corrió hacia mí como si no existieran las leyes de la física, sus zapatillas de superhéroe golpeando el camino de piedra a una velocidad que desafiaba sus piernas cortas—. ¡Papá me dejó quedarme hoy! ¡Dijo que si me portaba bien! ¡Ya me porté bien! ¡Me comí todo el brócoli! ¡BUENO NO TODO PERO SÍ LA MITAD! ¡¿ESO CUENTA?!
Me agaché justo a tiempo para recibirlo. El impacto casi me tira al suelo. Tomi se me colgó del cuello con la fuerza de un primate profesional y empezó a hablar directamente contra mi oreja a un volumen que probablemente violaba ordenanzas municipales.
—Te extrañé un millón, tía. Un millón de millones. ¿Me trajiste algo? ¿Fuiste al centro comercial? ¡Yo veo bolsas! ¿Qué hay en las bolsas? ¿Es para mí? ¿ALGO es para mí?
—Hola, Tomi —dije, y a pesar de todo, a pesar de que este niño era un desastre con piernas, sonreí—. No, no es para ti.
—¿POR QUÉ?
—Porque la vida es injusta. Ve acostumbrándote.
Tomi se separó de mí lo suficiente para mirarme con esos ojos enormes y castaños que usaba como arma de destrucción masiva.
—¿Y quién es él? —preguntó, señalando a Renato.
Renato estaba de pie junto al auto, las bolsas todavía en las manos, mirando a Tomi como quien mira un fenómeno meteorológico que no sabe si va a convertirse en tornado.
—Es Renato. Trabaja conmigo.
—¿Es tu novio?
—No.
—¿Segura?
—Completamente.
—¿Y por qué le compraste ropa?
La lógica de un niño de seis años era aterradora. Aterradora porque era impecable.
—Porque la necesitaba. Es mi asistente y tiene que verse bien.
—Ah. —Tomi procesó esto durante medio segundo—. Mi mamá también le compra ropa a mi papá y dice lo mismo.
Sentí el calor subir por mi cuello. Detrás de mí, el silencio de Renato se hizo más denso, si es que eso era posible.
—No es lo mismo, Tomi.
—¿Por qué?
—Porque no lo es.
—Pero...
—Tomasito.
—Bueno, ya.
El niño se bajó de mis brazos y trotó directamente hacia Renato con la confianza suicida de alguien que no conoce el concepto del miedo. Se plantó frente a él, inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo —Renato le sacaba más de un metro de altura— y lo evaluó con la seriedad de un general inspeccionando tropas.
—Eres muy alto —declaró Tomi.
—Sí —dijo Renato.
—¿Juegas básquet?
—Tenis.
—Ah. Tenis es aburrido.
Yo contuve la respiración. Acababa de decirle a un prodigio del tenis, a un hombre que había dedicado cada día de su vida a ese deporte, que su pasión entera era aburrida.
Renato lo miró. Tomi lo miró. El universo contuvo el aliento.
—A veces —dijo Renato.
Tomi sonrió como si acabara de encontrar a su mejor amigo.
—¡Me caes bien! ¿Quieres ver mi colección de insectos? Tengo un escarabajo que encontré en el jardín. Le puse Ricardo. ¡RICARDO TIENE SEIS PATAS!
—Todos los escarabajos tienen seis patas —dije.
—¡PERO LAS DE RICARDO SON ESPECIALES!
Tomi agarró la mano de Renato —la mano de Renato, que empuñaba raquetas y firmaba contratos y que probablemente nadie agarraba así desde hacía años— y tiró de él hacia la casa. Renato se dejó llevar con la expresión de alguien que ha sido capturado por una fuerza de la naturaleza y ha decidido no resistirse.
Las bolsas de ropa quedaron abandonadas junto al auto.
Yo las recogí. Las recogí yo, Valentina Montiel, heredera del imperio Montiel, levantando bolsas del suelo como una plebeya, mientras mi sobrino de seis años secuestraba a mi asistente para presentarle a un escarabajo llamado Ricardo.
Mi vida era ridícula.
Media hora después, Tomi había logrado lo que yo no había conseguido en dos semanas: hacer que Renato se sentara.
Estaban los dos en el piso de la sala, rodeados de cojines que Tomi había arrastrado del sofá para construir lo que él llamaba "el laboratorio de Ricardo." Renato estaba sentado con las piernas cruzadas —las piernas largas dobladas en un ángulo que parecía incómodo pero que él sostenía sin quejarse— mientras Tomi le explicaba con detalle enciclopédico las características únicas de su escarabajo.
—Y MIRA, cuando le pones el dedo cerca, mueve las antenas. ¿Ves? ¿VES? Eso significa que le caes bien. Si no le cayeras bien, no las movería.
—¿Eso es cierto? —preguntó Renato, mirando al escarabajo en el frasco con una seriedad que me desconcertó.
—Totalmente. Lo investiqué.
—¿Dónde?
—Se lo pregunté a mi tía y ella dijo que sí.
Renato levantó la vista y me encontró parada en la entrada de la sala, apoyada contra el marco de la puerta, observándolos. Nuestras miradas se cruzaron. Y juro —juro por todo lo que alguna vez fue sagrado en mi vida anterior y en esta— que vi la esquina de su boca curvarse hacia arriba. Un milímetro. Menos que un milímetro. La sombra de una sombra de una sonrisa.
Pero estaba ahí.
Desvié la mirada tan rápido que probablemente parecí sospechosa.
—Tomi, ya es hora de cenar.
—¡CINCO MINUTOS MÁS!
—Ahora.
—¡Renato todavía no vio cómo Ricardo come!
—Ricardo puede comer sin audiencia.
—¡PERO ÉL ES TÍMIDO PARA COMER SOLO!
Tomé aire. Conté hasta tres.
—Si cenas en diez minutos, puedes mostrarle a Renato cómo come Ricardo mañana.
Tomi se levantó tan rápido que casi tiró el frasco.
—¡¿Renato VIENE MAÑANA?! —Se giró hacia Renato con una emoción que era casi violenta—. ¡¿VIENES MAÑANA?!
Renato me miró. Yo asentí.
—Sí —dijo Renato.
Tomi soltó un grito de guerra que resonó en toda la mansión y salió corriendo hacia el comedor, dejando un rastro de cojines destrozados a su paso.
Silencio.
Renato se puso de pie. Se sacudió los pantalones. Me miró.
—¿Siempre es así?
—Está calmado hoy.
Algo cruzó por su expresión. No era una sonrisa. No llegaba a tanto. Pero era algo. Algo cálido y breve y humano que asomó por una grieta en la piedra antes de desaparecer.
—Debería irme —dijo.
—La chaqueta te queda bien —solté.
¿Por qué dije eso? ¿POR QUÉ DIJE ESO?
Renato se detuvo. Me miró. Yo mantuve la compostura con un esfuerzo sobrehumano, como si le hubiera dicho algo tan casual como "hace buen clima" o "cierra la puerta al salir."
—Dijiste que era aceptable —dijo.
—Aceptable para mi estándar es un cumplido.
Renato procesó esto. Asintió una vez. Y caminó hacia la puerta.
Yo no lo miré irse. No lo necesitaba. Podía escuchar sus pasos, cada uno, alejándose por el pasillo. Firmes. Seguros. Los pasos de alguien que llevaba ropa nueva y una camiseta amarillenta doblada bajo el brazo, como un amuleto que no podía soltar.
Tomi cenó en tiempo récord. Nueve minutos y treinta segundos, incluyendo un interrogatorio exhaustivo que comenzó en el momento en que la primera cucharada de sopa tocó su boca.
—Tía.
—¿Mmm?
—¿Renato es tu amigo?
—Es mi empleado.
—¿Pero es tu amigo también?
—Es complicado.
—¿Complicado como las matemáticas?
—Más.
Tomi masticó pensativamente. Su siguiente pregunta fue una emboscada que no vi venir.
—¿Por qué tienes una foto de él en tu teléfono?
Me congelé. Mi mano se detuvo a medio camino entre el plato y mi boca. El tenedor quedó suspendido en el aire como evidencia en un juicio.
—¿Qué?
—Tu teléfono. —Tomi señaló mi celular, que estaba boca arriba sobre la mesa, con la pantalla apagada—. Cuando te llegó un mensaje se encendió la pantalla y vi la foto. Es Renato, ¿verdad? De espaldas. Con bolsas.
Maldito niño. Maldito niño observador con sus malditos ojos de halcón y su maldita capacidad de notar todo en el peor momento posible.
—Es una foto de prueba. Estaba probando la cámara.
—¿Y la pusiste de fondo de pantalla para probar la cámara?
—Sí.
—Eso no tiene sentido, tía.
—Tienes seis años. Muchas cosas no van a tener sentido todavía.
Tomi me miró con una expresión que era demasiado sabia para su cara redonda de dientes faltantes. Abrió la boca. Yo supe —con la certeza absoluta de alguien que conocía a este niño desde el día de su nacimiento— que lo que fuera a salir de esa boca iba a destruirme.
—¡¡¡MI TÍA TIENE NOVIOOOOO!!!
El grito rebotó en las paredes del comedor, subió por las escaleras, atravesó los pasillos y probablemente llegó hasta el jardín. La empleada que estaba sirviendo el postre casi deja caer el plato. Yo sentí que el alma se me salía del cuerpo por las orejas.
—Tomasito Montiel, baja la voz AHORA MISMO.
—¡TIENE NOVIO! ¡TIENE NOVIO! ¡SU NOVIO SE LLAMA Renato! ¡LO TIENE DE FONDO DE PANTALLA!
—NO es mi novio.
—¡LE COMPRÓ ROPA! ¡MI MAMÁ DICE QUE ESO ES DE NOVIOS!
—Tu mamá no sabe de lo que habla.
—¡SE LO VOY A DECIR!
—TOMASITO.
El niño se levantó de la silla y empezó a correr alrededor de la mesa cantando "la tía tiene novio, la tía tiene novio" con una melodía improvisada que, para mi horror absoluto, era bastante pegajosa.
Lo perseguí. Valentina Montiel, renacida con conocimiento del futuro, heredera de una fortuna multimillonaria, chelista con formación clásica, persiguiendo a un niño de seis años alrededor de una mesa de caoba de doce puestos mientras él cantaba sobre mi supuesto novio.
Esto no pasaba en mi vida pasada. En mi vida pasada yo era digna.
Finalmente lo atrapé cuando tropezó con la pata de una silla. Lo levanté como un saco de papas y lo miré directo a los ojos.
—Escúchame bien, Tomasito. Renato no es mi novio. La foto fue un accidente. Y si le dices una sola palabra de esto a tu mamá, a tu papá, o a CUALQUIER ser humano vivo o muerto, no vuelves a ver a Ricardo jamás.
Tomi evaluó la amenaza con la sagacidad de un negociador profesional.
—¿Me compras helado mañana?
—¿Me estás extorsionando?
—Mamá dice que se llama negociación.
Cerré los ojos. Respiré.
—Un helado. Uno solo.
—¡TRATO! —Tomi selló el acuerdo con un abrazo estrangulador y un beso húmedo en mi mejilla—. Pero sigo pensando que es tu novio.
—Buenas noches, Tomi.
—¡Buenas noches, tía! ¡Saluda a tu novio de mi parte!
Lo bajé antes de que la tentación de lanzarlo fuera demasiado grande.
Las diez de la noche. La mansión estaba en silencio. Tomi dormía en la habitación de huéspedes, probablemente soñando con escarabajos y extorsiones exitosas. Yo estaba en mi cama, con el pelo húmedo de la ducha y el teléfono en la mano, mirando la foto.
Renato de espaldas. La chaqueta negra. Las bolsas. El atardecer.
Era una buena foto. Objetivamente. Nada más.
La seguí mirando durante un tiempo que prefiero no especificar.
Después la bajé de fondo de pantalla y la guardé en una carpeta que nombré "Agenda Profesional." Ahí estaba a salvo. Ahí nadie la encontraría. Ahí podía fingir que era lo que no era.
Dejé el teléfono en la mesita de noche y cerré los ojos.
El teléfono vibró.
Lo ignoré. Probablemente era un mensaje del grupo de la familia, o una notificación de alguna aplicación, o...
Vibró otra vez.
Lo tomé.
Era un mensaje de WhatsApp. De un número que había guardado como "Asistente" porque guardar su nombre real habría sido admitir algo que no estaba lista para admitir.
Lo abrí.
Dos palabras.
"Gracias, Valentina."
Me quedé mirando la pantalla.
Gracias. Valentina. Diecisiete caracteres contando el punto. Dos palabras en una burbuja verde sobre un fondo gris. Sin emoticonos, sin stickers, sin contexto adicional. Ni siquiera una coma antes de mi nombre —no, espera, sí había una coma—. Había escrito mi nombre completo, no "Val", no "Montiel", no un frío "señorita". Valentina.
Y era la primera vez.
La primera vez que Renato Solís me enviaba un mensaje primero. En dos semanas de trabajo, de convivencia forzada, de tensión y silencios y miradas que duraban un latido más de lo necesario, jamás había iniciado una conversación. Yo le escribía órdenes, horarios, direcciones. Él respondía con monosílabos o confirmaciones secas. Pero nunca —nunca— había tomado su teléfono y decidido, por cuenta propia, enviarme algo.
Hasta ahora.
Gracias, Valentina.
No era una declaración. No era una confesión. No era nada que el mundo consideraría significativo. Dos palabras que cualquier persona educada podría escribir después de que alguien le comprara ropa. Cortesía básica.
Pero esto era Renato. Y con Renato, cada palabra era una concesión. Cada gesto era territorio cedido. Cada grieta en la piedra era un terremoto en miniatura.
Me llevé el teléfono al pecho.
El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en las muñecas, en el cuello, en las sienes. Un pulso constante y abrumador que no tenía nada que ver con la carrera que me había pegado persiguiendo a Tomi alrededor de la mesa y todo que ver con diecisiete caracteres en una pantalla.
Quise responder. Abrí el teclado. Lo cerré. Lo abrí de nuevo. Escribí "de nada" y lo borré. Escribí "no fue nada" y lo borré. Escribí "usa la chaqueta mañana" y lo borré porque sonaba a lo que era: una excusa para verlo con la chaqueta otra vez.
Finalmente escribí:
"Para eso estoy."
Corto. Ambiguo. Lo suficientemente frío para no revelar que me temblaban las manos.
Enviar.
Dejé el teléfono en la mesita. Me acosté boca arriba. Miré el techo de mi habitación, blanco, perfecto, enorme, el techo de una heredera que tenía todo lo que el dinero podía comprar.
Gracias, Valentina.
Sonreí.
No podía verme nadie, así que me permití hacerlo. Sonreí contra la almohada como una idiota, como la adolescente de diecinueve años que era y que a veces olvidaba ser, como alguien que había vivido una vida entera, había muerto, había vuelto, y ahora estaba acostada en la oscuridad sonriendo por un mensaje de dos palabras de un hombre que tenía tres camisetas y un orgullo del tamaño del océano.
Dos palabras.
El peso de un mundo moviéndose.