Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Lo que no debería pasar
Llevaban veintisiete días sin pistas concretas.
La mansión donde Isabella estaba cautiva parecía flotar fuera del mundo. Oculta entre la espesura del bosque, sin señal, sin rutas visibles, sin coordenadas claras. Un lugar suspendido en la nada, donde el tiempo parecía detenido… o distorsionado.
Dante la observaba desde el pasillo, apoyado contra el marco de la puerta. Sus ojos eran dos carbones encendidos, fijos en ella como si tratara de descifrar un enigma que lo desvelaba desde el primer día.
Isabella caminaba por el salón con paso lento, como si sus pies dudaran de cada baldosa. Ya no era la fiera que intentaba escapar, que escupía fuego por la boca y pateaba los barrotes invisibles. Ahora era otra versión de sí misma: una mezcla de rabia contenida, resignación… y algo más. Algo que ella no podía nombrar sin que se le incendiara la garganta.
Se detuvo frente a la chimenea, que aún crepitaba con las brasas moribundas de una leña vieja. Se frotó los brazos. No era frío. Era ansiedad. Era piel tratando de calmar lo que el alma no podía.
—¿Tenés frío o miedo? —preguntó Dante, con la voz áspera como la madera quebrada. Ella giró apenas el rostro, sin sorpresa.
—¿Y si te dijera que no tengo ninguno de los dos?
—Te creería —dijo él—. Sos buena mintiendo. Pero peor negando. Isabella bufó, fastidiada. Ni siquiera tenía ganas de discutir.
—¿Viniste a provocarme otra vez?
—No.
—Dio un paso, y luego otro. Lento, como si el suelo pudiera colapsar bajo su peso—. Vine a mirarte un rato. A veces me olvido de por qué empecé todo esto. Pero cuando te veo... me acuerdo.
—¿Y qué ves? —preguntó ella, con una media sonrisa sarcástica.
—Una herida.
Una que no te pertenece… pero que quiero abrir igual.
—Estás enfermo.
—Puede ser. Pero vos también. —Su mirada bajó, suave, hasta sus labios—. Si no, ¿por qué no te fuiste la noche que abrí esa puerta?
Ella sintió cómo la garganta se le cerraba. ¿Lo había imaginado? ¿Había sido un juego? ¿La prueba de algo que no entendía? No respondió. Respiraba agitada. El aire se volvió espeso. Tóxico.
Dante se acercó un paso más. Y otro.
Y cuando estuvo tan cerca que podía escuchar el latido de ella... la miró como si estuviera frente a un incendio.
—No tenés derecho —susurró Isabella, con un hilo de voz quebrado.
—Lo sé.
—Y la besó.
Fue un beso brutal. Ardiente. Desesperado. No fue ternura. Fué hambre. Fue un grito mudo estampado en la piel.
Los labios de Dante buscaron los de ella como un ladrón en plena madrugada: sin pedir permiso. Sin explicación. Sin retorno. Isabella quedó paralizada.
Pero luego… algo en su cuerpo cedió. Tal vez por cansancio. Tal vez por deseo. Respondió. Solo un instante.
Su boca respondió. Su cuerpo tembló… y lo besó también.
Y entonces, como si algo la despertara desde dentro, lo empujó con toda la fuerza que le quedaba. Le cruzó una bofetada con tanta rabia que hasta el fuego de la chimenea pareció titilar.
—¡No vuelvas a hacerlo! ¡Nunca más!
—Sus ojos ardían—. ¡No soy tuya! ¡No soy una prisionera de placer! Dante no se movió. Ni una palabra.
Solo la miró, con una expresión que era todo: culpa, deseo, rabia, confusión.
—Lo siento —murmuró.
Y se perdió en la penumbra del pasillo, como un fantasma que se arrepiente tarde.
Habitación de Isabella – más tarde
Sus manos temblaban al abrir la libreta. La tenía contra el pecho, como si fuera una herida recién cerrada. El corazón le latía rápido. Sus labios aún ardían.
Tomó el bolígrafo. Y escribió. Sin pensar. Como quien sangra sobre el papel.
“Me besó.
Me besó y no pude frenarlo.
Lo odié. Lo odié con cada parte de mi alma… pero por unos segundos… lo besé también.
¿Qué me pasa?”
“Luca.
Sigo pensando en él. En cómo me protegía. En esa calma que me daba en medio del caos. Con él, sentía que podía respirar.
Pero con Dante…
Con Dante siento que me estoy quemando.”
“¿Se puede odiar y desear a la misma persona?
¿O me estoy volviendo loca?”
Cerró la libreta con fuerza. Se acostó con el cuaderno sobre el pecho, como si eso pudiera calmarla. Pero el sabor del beso seguía ahí.
Y no sabía si era rabia… o ganas.
Mansión Mancini – Oficina de vigilancia
Luca miraba fijamente la pantalla. Las cámaras satelitales giraban con lentitud hipnótica. Vittorio irrumpió en la sala con pasos duros.
—¿Algo?
—Una pista —dijo Luca, señalando un punto en el monitor—. Costa noreste. Un terreno rural registrado como “campo experimental”. Sin actividad pública, pero con sensores térmicos activos y vigilancia nocturna.
—¿Dante?
—O alguien que lo cubre —respondió, serio—. Quiero ir yo.
—Vas a ir. Pero no solo.
—Vittorio hizo una pausa. Lo miró de reojo—. Antes… decime: ¿por qué la dejaste sola? ¿Qué fue esa llamada tan urgente? Luca dudó. Bajó la mirada.
—Antes de que vos me rescataras, nunca te hablé de mi vida anterior. Nunca te conté que tenía una hermanita.
Maritza.
Vittorio lo miró en silencio.
—Esa llamada… era sobre ella.
Alguien dijo haberla visto en una clínica del sur.
Si hay una mínima posibilidad de que esté viva… no voy a dejarlo pasar.
Vittorio asintió. Lento.
Pero sus ojos ya estaban viendo otra cosa.
Pensaba en Dante.
Y pensaba… en Isabella.
Y en cómo, últimamente, cuando estaban juntos… algo se encendía entre ellos. Algo que no le gustaba.
Ubicación desconocida – madrugada Dante no dormía.
Estaba sentado frente al escritorio, la copa de whisky a medio tomar.
Entre los dedos, una hoja amarillenta: una página arrancada del diario de Elio, su hermano muerto.
“Si algún día dejás de saber quién sos… recordá lo que más te dolió. Eso te dirá quién te convertiste.”
Sus ojos ardían.
Y en su mente, la imagen de Isabella no desaparecía.
Ni su voz.
Ni sus labios. Ni la bofetada.
Lo que no debería pasar… ya había empezado a pasar.