Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 19: El peso de un apellido
El amanecer llegó envuelto en una espesa niebla.
Puerto Azul parecía suspendido en el tiempo.
Las embarcaciones apenas podían distinguirse a lo lejos y el sonido de las olas era más fuerte que de costumbre.
Nica abrió la ventana de su habitación y respiró profundamente.
Sobre la mesa descansaban la brújula, las notas anónimas y la fotografía de la Mansión Beaumont.
Las observó durante unos segundos.
Todo había cambiado desde que escapó.
Al principio solo quería desaparecer.
Ahora, en cambio, sentía que el pasado la estaba alcanzando paso a paso.
Pero también había encontrado algo que nunca había tenido.
Personas que la apreciaban por quien era y no por el apellido que llevaba.
Tomó la brújula entre sus manos.
La aguja volvió a marcar el norte.
—Ojalá fuera tan fácil encontrar el camino... —susurró.
Después guardó todo en un cajón y salió rumbo al Café del Puerto.
Cuando llegó, Marta ya estaba acomodando unas cajas de frutas.
—Buenos días.
—Buenos días, hija.
Nica sonrió.
Ya se había acostumbrado a escuchar ese "hija" lleno de cariño.
—¿Dormiste mejor?
—Un poco.
—Me alegro.
Hoy necesito una ayuda especial.
—¿Qué pasó?
Marta le señaló un cartel apoyado sobre una silla.
—El sábado vamos a organizar una cena solidaria para ayudar al hogar de niños del pueblo.
Nica abrió los ojos con entusiasmo.
—¡Qué buena idea!
—Todos los comercios colaboran.
Pensé que podrías encargarte de decorar el salón.
Ella llevó una mano al pecho.
—¿Yo?
—Claro.
Tenés buen gusto.
Además, quiero que este lugar también tenga un poquito de vos.
Aquellas palabras la emocionaron.
Nadie le había dado tanta confianza en tan poco tiempo.
—No te voy a fallar.
—Nunca pensé que lo harías.
Al mediodía, el café comenzó a llenarse.
Los clientes habituales saludaban a Nica con la alegría de siempre.
Don Ernesto apareció con un periódico bajo el brazo.
—Hoy traje noticias.
—¿Buenas o malas?
—Depende de quién las lea.
Dejó el diario sobre el mostrador.
En la portada aparecía un titular sobre un importante grupo empresarial que preparaba una gran inversión en la región.
Nica apenas miró la fotografía.
No quería saber nada del mundo de los negocios.
Ese ya no era su mundo.
O al menos eso intentaba convencerse.
La campanita de la puerta sonó.
Ian entró al café.
Pero esta vez no sonreía.
Parecía preocupado.
—Buenos días.
—Buenos días.
Nica notó inmediatamente el cambio en su expresión.
—¿Todo bien?
Él intentó sonreír.
—Sí... solo fue una mañana complicada.
Ella no insistió.
Preparó su café favorito y lo acompañó hasta la mesa junto a la ventana.
Cuando regresó con la taza, encontró a Ian observando el mar.
—Acá tenés.
—Gracias.
Nica hizo el gesto de marcharse.
—Esperá.
Ella volvió a girarse.
—¿Sí?
Ian señaló la silla frente a él.
—¿Tenés cinco minutos?
Marta observó la escena desde la cocina y, con una sonrisa cómplice, le hizo un gesto para que se sentara.
Nica aceptó.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente Ian rompió el silencio.
—¿Te acordás de la pregunta que te hice el primer día?
Ella frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Si eras feliz.
Nica sonrió con dulzura.
—Sí.
—¿Y ahora?
Ella miró por la ventana.
Puerto Azul seguía siendo hermoso.
Marta era como una segunda madre.
Los clientes ya eran parte de su rutina.
Pero también estaban Samuel, las notas, las fotografías y los secretos.
Respiró hondo.
—Creo que sigo aprendiendo qué significa ser feliz.
Ian asintió lentamente.
—Es una buena respuesta.
Porque la felicidad cambia con el tiempo.
Nica lo observó unos segundos.
—¿Y vos?
Él levantó la vista.
—¿Sos feliz?
La pregunta pareció sorprenderlo.
Sonrió con cierta melancolía.
—Hace mucho tiempo que no me hacía esa pregunta.
Antes de que pudiera responder, su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió de inmediato.
Se puso de pie.
—Perdoname... tengo que atender.
Se alejó hasta la vereda.
Nica lo observó desde la ventana.
Nunca lo había visto tan serio.
No escuchaba lo que decía.
Pero alcanzó a leer una frase en sus labios.
—No... todavía no puedo decirle quién soy.
Nica quedó inmóvil.
¿Quién era realmente Ian?
Y... ¿por qué sentía que él también estaba atrapado por un secreto?
Nica permaneció inmóvil junto a la ventana.
Ian seguía hablando por teléfono en la vereda.
El viento movía suavemente su camisa mientras escuchaba con atención a la persona del otro lado de la llamada.
No levantaba la voz.
Solo respondía con frases cortas.
Pero una de ellas seguía resonando en la mente de Nica.
"Todavía no puedo decirle quién soy."
Aquellas palabras despertaron aún más preguntas.
¿Quién era realmente ese hombre?
¿Por qué ocultaba su identidad?
Y, sobre todo...
¿Por qué sentía que todo estaba relacionado con ella?
Cuando Ian terminó la llamada, permaneció unos segundos mirando el mar antes de regresar al interior del café.
Su expresión había cambiado.
Parecía haber tomado una decisión.
—Perdón por eso.
—No pasa nada.
Nica intentó sonreír, aunque la curiosidad la estaba consumiendo.
Ian tomó un sorbo de café.
—A veces las responsabilidades llegan cuando uno menos las espera.
Ella apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Tenés muchas?
Él soltó una pequeña risa.
—Más de las que me gustaría.
—Entonces deberías aprender a descansar.
Ian levantó la vista.
—¿Ese es un consejo de la señorita camarera?
—No.
Respondió ella con una sonrisa.
—Es un consejo de una amiga.
Aquella palabra lo tomó por sorpresa.
Amiga.
No recordaba la última vez que alguien lo había llamado así sin esperar algo a cambio.
Sonrió con sinceridad.
—Entonces prometo intentarlo.
Mientras tanto...
En la suite del hotel frente al mar, Richard Beaumont observaba las fotografías más recientes enviadas por el investigador.
En una de ellas aparecía Nica riendo junto a Ian.
En otra, ambos caminaban por la costanera con dos vasos de café en las manos.
Richard dejó escapar un largo suspiro.
Alexander entró en la habitación.
—Acaba de llegar otro informe.
Richard tomó la carpeta.
Dentro había información sobre la familia Shervian.
La abrió lentamente.
La primera página mostraba el árbol familiar.
Cinco hermanos.
Adrián.
Alex.
Ian.
Brian.
Benek.
Richard cerró la carpeta de golpe.
No necesitaba leer más.
Conocía demasiado bien ese apellido.
—Así que finalmente fue Ian...
Murmuró para sí mismo.
Alexander frunció el ceño.
—¿Lo conocías?
Richard negó con la cabeza.
—Nunca en persona.
Pero sé perfectamente quién es.
Y eso significa que el destino empezó a mover sus piezas mucho antes de que nosotros lo imagináramos.
Esa tarde, el movimiento en el Café del Puerto disminuyó.
Marta aprovechó para comenzar a organizar la decoración de la cena solidaria.
—Nica.
—¿Sí?
—¿Me acompañás al depósito? Hay unas cajas que revisar.
—Claro.
Mientras acomodaban manteles, velas y adornos, Marta observó a la joven de reojo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
—Ese muchacho...
Ian.
¿Es importante para vos?
Nica dejó de doblar un mantel.
No esperaba esa pregunta.
Pensó unos segundos antes de responder.
—No lo sé.
Marta sonrió con ternura.
—Cuando una mujer responde "no lo sé", normalmente ya conoce la respuesta.
Nica rió.
—No es eso.
—Entonces... ¿qué es?
Ella bajó la mirada.
—Con él me siento tranquila.
No necesito fingir.
No me mira como una heredera.
Ni como alguien especial.
Simplemente...
Me mira como Nica.
Marta tomó una de sus manos.
—Y eso vale mucho.
Pero recordá algo.
Las personas también esconden heridas.
No juzgues a alguien solo porque todavía no está preparado para contar su historia.
Nica asintió lentamente.
Aquellas palabras quedaron grabadas en su corazón.
Al caer la tarde, Ian regresó al café.
Ya estaba cerrando.
Encontró a Nica apagando las luces del salón.
—Llegué tarde.
Ella sonrió.
—Un poquito.
Él sacó un pequeño paquete envuelto en papel madera.
—Entonces esto es para compensarlo.
Nica lo tomó con curiosidad.
—¿Puedo abrirlo?
—Claro.
Dentro encontró un cuaderno de tapas de cuero color azul.
Las hojas estaban completamente en blanco.
En la primera página había una única frase escrita con una letra elegante.
"Las mejores historias empiezan el día en que alguien decide escribirlas."
Nica pasó suavemente los dedos sobre aquellas palabras.
—Es hermoso...
—Pensé que podrías usarlo para escribir todo lo que nunca te animaste a decir.
Ella levantó la vista.
Nadie le había hecho un regalo tan personal en mucho tiempo.
—Gracias...
Ian sonrió.
—No me las des todavía.
Espero que algún día ese cuaderno tenga un final feliz.
Los dos permanecieron en silencio.
La campanita de la puerta sonó movida por el viento.
En ese mismo instante, un automóvil negro se detuvo frente al café.
La puerta trasera se abrió lentamente.
De ella descendió un hombre alto, vestido con un impecable traje gris.
Su presencia hizo que Ian perdiera la sonrisa de inmediato.
Nica observó la escena sin entender.
El desconocido caminó directamente hacia ellos.
Se detuvo frente a Ian.
Y dijo con voz firme:
—Tu abuelo quiere verte.
Es hora de que regreses a casa... señor Shervian.
El silencio invadió el café.
Nica sintió que el cuaderno resbalaba entre sus manos.
Por primera vez...
Acababa de escuchar el verdadero apellido del hombre de los ojos grises.
Continuará...