Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
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17 La confunción
—Vamos, Sasha… contéstame. ¿Por qué te has enfadado tanto conmigo? Yo solo quería saber dónde estabas —se repetía Miguel a sí mismo, con la voz cargada de frustración, mientras conducía sin rumbo fijo, se sentia muy desesperado por que ells se fue llorando.
Se detuvo ante la luz roja de un semáforo. Se quedó mirando al frente un instante, luego bajó la cabeza, vencido y decepcionado consigo mismo. «Tal vez lo he arruinado todo… quizás me equivoqué, quizás la asusté al aparecer, ay, realmente necesito verla…».
Cuando levantó la cabeza, listo para empiezar la marcha en cuanto cambiara la luz, escuchó el sonido de su teléfono, que había dejado abandonado en el asiento del acompañante.
—Puede que sea ella… —murmuró, y aunque habló con aparente mal humor, sus ojos brillaron con esperanza, convencido de que por fin sería Sasha quien llamaba.
Sin embargo, al mirar la pantalla, su expresión cambió por completo: era su hijo, Noha. Al ver su nombre, Miguel sintió el enojo al recordar que le habia fallado, entonces decidió adoptar una postura rígida. Se dijo a sí mismo que lo correcto ahora era ser un padre estricto y firme.
—Noha, ¿qué quieres? —le contestó con sequedad, arrancando el coche en cuanto el semáforo cambió y alejándose del cruce—. Te aviso desde ya que las cosas van a cambiar entre nosotros. No te voy a dar ni un peso más.
Hablaba con dureza, tratando de convencerse de que hacía lo correcto:
—Esa mala calificación que trajiste me ha enseñado una lección: debo privarte de ciertas comodidades para que aprendas a madurar. Además, ya he bloqueado todas tus tarjetas. De ahora en adelante, cada cosa que necesites te la tendrás que ganar con tu propio esfuerzo. ¿Me has oído bien?
Hizo una pausa, tratando de sonar razonable aunque estaba molesto:
—No lo hago por ser cruel, lo hago para que aprendas. Así que se acabó eso de ser el padre compasivo que te lo daba todo sin pedirte nada a cambio —agregó, y se notaba en su voz lo mucho que le había molestado y decepcionado aquel mal resultado para entrar a la universidad
Al otro lado de la línea, Noha escuchaba cada palabra en absoluto silencio. Sus manos se cerraron con fuerza, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sentía una rabia profunda crecer en su pecho: para él, lo que su padre acababa de hacer era desheredarlo definitivamente. Era el fin de todos sus lujos, de esa vida llena de caprichos y excentricidades que, siendo hijo de un hombre rico, siempre había considerado su derecho.
Sin decir ni una sola palabra, cortó la llamada de golpe. No quería escucharle más; sentía que si seguía hablando, terminarÍa gritándole todo lo que pensaba, y prefirió tragarse esa furia y guardársela para sí. En ese momento, tenía dos razones de peso para odiar: su padre y su tío ronald. Le parecía que ambos se habían puesto de acuerdo para arruinarle la vida y convertir su día en un infierno.
—Bueno… pues me voy a ir a hacerle una visita a alguien —murmuró con amargura, levantándose de un salto de la cama.
Fue directo a su armario, eligiendo su ropa con la arrogancia y el gusto excesivo que siempre lo caracterizaban. Tomó una camperón de alta costura, importada directamente de Italia, una pieza cara y llamativa que solo alguien de su posición podía permitirse. Luego eligió con cuidado sus zapatillas: unas edición limitada, de esas que cuestan una fortuna y que lucía con orgullo como símbolo de estatus. Para rematar, se puso una gorra de baloncesto de diseño europeo, exclusiva y difícil de conseguir; era su forma de ser, su sello personal: siempre excéntrico, siempre llamativo, siempre demostrando que era elegante en su vestir.
Bajó las escaleras a toda prisa, sin importarle nada de lo que pasaba a su alrededor, solo con la necesidad urgente de marcharse y alejarse de todos. Estaba furioso con su padre por haberle cortado el dinero, y furioso con su tío por el maltrato y la amenaza que había recibido poco antes.
Entró en la cochera y, en lugar de tomar su propio coche, decidió llevarse uno de los vehículos de su padre, como una forma de desafío más. Se acercó a la caja fuerte de la pared, marcó la combinación digital y tomó las llaves.
Al salir conduciendo por la entrada principal, se encontró con una escena tensa y dolorosa, que se desarrollaba con la gravedad de una emergencia real.
Una ambulancia estaba aparcada con las luces encendidas, esperando. Vio que trasladaban a una mujer, que por su ropa era evidente que era una empleada de la casa: la llevaban en una camilla, inmovilizada con correas de seguridad y con el cuello sujeto por un collarín, señal de que su estado era delicado. Veia a las empleadas melisa y morena que estaban ahí, muy cerca, con los rostros pálidos y serios por la tensión; una de ellas subió al vehículo para acompañarla durante el trayecto al hospital.
No vio a Ronald por ningún lado; solo estaba uno de los guardias de seguridad, plantado en la entrada, vigilando que todo estuviera en orden, con la mirada atenta y seria.
Morena, al escuchar el motor, se giró justo a tiempo para ver cómo un coche salía disparado de la mansión, alejándose a toda velocidad, dejando atrás el drama y el caos.
—¡Miguel se retiro…! —dijo en voz alta, aunque en realidad era Noha quien conducía, nonlo había visto al tener el vidrio polarizado, lo que hizo creer que se iba marchándose como si nada importara.