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Cuidando Al Hijo Del Ceo Billonario

Cuidando Al Hijo Del Ceo Billonario

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Padre soltero
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El estrado de las máscaras

El palacio de justicia del distrito amaneció sitiado por una muralla de reporteros gráficos y corresponsales de las principales cadenas de prensa de sociedad. Los flashes intermitentes estallaban contra los cristales de la limusina negra en cuanto el vehículo se detuvo frente a la escalinata de mármol. Dentro del habitáculo, el silencio era absoluto, roto únicamente por el zumbido del motor y la respiración acompasada de sus ocupantes.

Mía Thorne ajustó los puños de su saco estructurado azul marino. El diamante de corte esmeralda en su mano izquierda destellaba con una frialdad matemática bajo la luz grisácea de la mañana. A su lado, Maximiliano Vance permanecía inmóvil, con la mandíbula tan tensa que los músculos de su cuello se marcaban como cuerdas de acero bajo el cuello de su camisa de alta costura. Llevaba un traje gris carbón de tres piezas que aumentaba la rigidez militar de su silueta.

—Recuerda lo que pactamos en la biblioteca, Mía —murmuró el billonario, y su barítono profundo sonó como un rugido contenido—. Vanessa va a intentar arrastrarte al lodo de tu pasado en el albergue en cuanto Harrison termine los alegatos de apertura. No la mires a ella. Mírame a mí, o mira al juez de distrito. Si detectan una sola grieta en tu postura, los tiburones del bufete contrario se lanzarán a degüello.

—Ya te lo dije anoche, Maximiliano —replicó Mía, girando el rostro para sostenerle la mirada con esa dignidad inquebrantable que tantas veces había resquebrajado la fortaleza de hielo del magnate—. El albergue fue una circunstancia, no una condena. No tengo nada de qué avergonzarme ante este tribunal. Quien debería temblar es la mujer que abandonó a su hijo durante catorce meses y ahora pretende usarlo como un rehén financiero para sus acciones en la bolsa de Londres.

Maximiliano la observó detalladamente, devorando cada facción de su rostro con una fascinación oscura y posesiva. Extendió su mano grande y fuerte, y con una firmeza que envió una descarga eléctrica directa a la espina dorsal de la joven, entrelazó sus dedos largos con los de ella.

—Entonces salgamos a reclamar lo que es nuestro —sentenció el magnate.

La portezuela se abrió y el estrépito del exterior los envolvió de golpe. Protegidos por un cordón de seis agentes de seguridad privada del Grupo Vance, Maximiliano y Mía ascendieron los escalones de piedra con paso firme y sincronizado. Mía caminó con la frente en alto, ignorando las preguntas apresuradas sobre su supuesto origen clandestino y su repentino ascenso a la alta gerencia de las fundaciones. Para el ojo público, ella era la futura señora Vance, la mujer que había osado domesticar al CEO más despiadado del país.

Al cruzar las puertas dobles de la sala de audiencias número cuatro, la atmósfera cambió drásticamente. El aire olía a madera antigua, cera de piso y a esa formalidad asfixiante de los juzgados. En el ala izquierda, sentada junto a su equipo de tres abogados de sastrería impecable, se encontraba Vanessa Vance. La villana vestía un traje de dos piezas color verde esmeralda, unos anteojos oscuros que se quitó con un movimiento lento y coreográfico, y una sonrisa retorcida que prometía una demolición absoluta. Su belleza simétrica y artificial parecía diseñada para las portadas de las revistas de sociedad, pero sus ojos felinos destilaban una ponzoña pura en cuanto se clavaron en la figura de Mía.

En el estrado principal, el juez de distrito, un hombre de cabello canoso y mirada clínica, repasaba las carpetas con el logotipo dorado de la corporación y los informes médicos que Harrison había ordenado blindar desde Suiza.

—Señores, ocupen sus lugares —ordenó el magistrado con una voz seca que rebotó en los altos techos de la sala.

Maximiliano guio a Mía hacia la mesa de la derecha, donde Harrison ya ordenaba sus notas con una suficiencia ejecutiva absoluta. La tensión en el recinto era un hilo de alta tensión a punto de romperse.

La sesión comenzó sin preámbulos. El abogado principal de Vanessa, un hombre de cabello plateado y ademanes teatrales, tomó la palabra para presentar la moción de urgencia por desacato civil e idoneidad residencial.

—Su Señoría, la posición de mi representada es muy clara —declaró el leguleyo, paseándose frente al estrado con una carpeta de cuero rígido—. El Grupo Vance ha construido una elaborada pantalla contractual para engañar a esta corte. Presentan a la señorita Mía Thorne como una académica brillante convalidada por el Instituto de Neurología de Zúrich, pero la realidad es mucho más oscura y negligente. Hace menos de un mes, esta mujer no tenía un domicilio legal registrado. Vivía en las sombras de la zona sur, asistiendo a un albergue de beneficencia pública. ¿Es este el entorno residencial estable que un billonario ofrece para el heredero de un consorcio internacional? Introducir a una extraña de la calle en la vida de un menor con trauma es un acto de paternidad negligente que invalida cualquier derecho de custodia.

Un murmullo sutil recorrió las bancas de la prensa al fondo de la sala. Vanessa se reclinó en su silla, cruzando las piernas y dedicándole a Mía una mirada de superioridad absoluta, convencida de que el contraataque de oro se había desmoronado bajo el peso de los registros municipales.

Maximiliano cerró los puños sobre la mesa de caoba, y la línea dura de su mandíbula tembló con una furia destructiva que amenazaba con saltar sobre el estrado, pero Mía le puso una mano sobre el antebrazo, deteniéndolo con una calma helada.

Harrison se puso de pie, ajustándose los anteojos con parsimonia corporativa. —Su Señoría, el bufete de la contraparte parece confundir la falta de privilegios económicos heredados con la falta de cualificación profesional. La señorita Thorne es una psicóloga licenciada con honores cuyas investigaciones de campo sobre el mutismo selectivo llamaron la atención del Instituto de Zúrich precisamente por su capacidad para operar en entornos de alta vulnerabilidad. El Grupo Vance no evalúa el valor de su personal por las cuentas bancarias de su pasado, sino por los resultados cuantitativos de su presente.

—¿Resultados? —interrumpió el abogado de Vanessa con desdén—. Un informe residencial firmado por una asistente social no borra el fraude de un compromiso de conveniencia armado en veinticuatro horas tras la aparición de mi cliente en la propiedad.

El juez de distrito golpeó el mallete contra la madera, exigiendo silencio. Luego, clavó sus ojos analíticos directamente en Mía.

—Señorita Thorne —llamó el magistrado, y su voz resonó con una gravedad judicial—. Como Directora de la División y prometida del señor Vance, la corte le otorga el derecho de declarar sobre las condiciones reales del menor bajo su tutela residencial. Suba al estrado de testigos.

Mía sintió que el corazón le daba un vuelco, pero se obligó a respirar hondo. Se levantó de su asiento con una lentitud tortuosa, alisando su falda azul marina. Caminó hacia el estrado con pasos firmes, sosteniendo la mirada del juez y negándose a parpadear ante la sonrisa maliciosa de Vanessa. Al sentarse y colocar su mano derecha sobre la Biblia de formalidad, miró de reojo a Maximiliano; el billonario la observaba desde su mesa con una fijeza tan posesiva y protectora que el frío del palacio pareció disiparse por completo.

—Doctora Henderson, la asistente social de este tribunal, ha presentado un informe que califica su intervención residencial como un éxito estadístico sin precedentes en este distrito —declaró el juez, entornando los ojos—. Sin embargo, la contraparte alega que su presencia en la mansión es un riesgo debido a su inestabilidad financiera previa. ¿Qué tiene que decir ante este estrado, señorita Thorne?

Mía acomodó sus manos sobre el borde de madera del estrado, dejando que el diamante de corte esmeralda brillara con fuerza ante las cámaras de la prensa al fondo.

—Su Señoría —comenzó Mía, y su voz clara, firme e inquebrantable dominó la sala de inmediato—. El albergue de la zona sur no es una grieta en mi expediente; es la prueba de que comprendo el aislamiento y el desamparo mejor que cualquiera de los especialistas que el dinero del Grupo Vance pagaba antes de mi llegada. Estaba allí porque el sistema que defiende los apellidos de la alta sociedad me dio la espalda, pero mis conocimientos y mi dignidad permanecieron intactos.

Vanessa borró su sonrisa de golpe, enderezándose en su asiento con una mueca de disgusto.

—Durante catorce meses, Leo Vance estuvo confinado al silencio de un armario en una mansión de millones de dólares —continuó Mía, alzando la voz con una autoridad analítica que silenció cualquier murmullo—. Los millones de su madre no evitaron que el niño se hundiera en el búnker de su mente tras ser abandonado. Mi programa residencial, diseñado desde la empatía y la estructura cualitativa, logró que el heredero de esta corporación pronunciara sus primeras palabras el pasado viernes frente a una asistente social de este mismo tribunal. Si la contraparte considera que rescatar a un niño de seis años de su trauma mediante el trabajo diario es un acto de negligencia, entonces este tribunal no está juzgando la idoneidad de un hogar, sino el orgullo herido de una mujer que prefirió cambiar a su hijo por acciones en la bolsa de Londres. El anillo que llevo en mi mano no es una pantalla, Su Señoría; es el pacto de un hogar que ya demostró resultados.

Un silencio sepulcral, espeso y absoluto, cayó sobre la sala de audiencias número cuatro. El abogado de Vanessa se quedó con la boca abierta, incapaz de articular réplica alguna ante la fiereza y la verdad médica de la declaración, mientras Harrison sonreía con una suficiencia corporativa devastadora.

El juez de distrito contempló a Mía durante unos segundos que parecieron eternos. Luego, miró las carpetas de Suiza, el informe de la asistente social y, finalmente, clavó su vista en la figura de Maximiliano Vance, quien asentía con la cabeza en un respaldo absoluto hacia su prometida.

El magistrado tomó el mallete de madera y lo levantó con una solemnidad que hizo que a Mía se le cortara la respiración en el estrado. El veredicto de la primera gran batalla estaba por caer, y en el tablero de los Vance, la reina de la calle acababa de triturar la máscara de la alta sociedad con la pura fuerza de su dignidad de acero.

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Celina
me encanta ☺️🥰🤗 tu historia 💛💛💛💛 por favor no tardes en publicar 💛💛💛 Gracias ☺️
Maria Guanipa: encanta de que te gusta 🥰
total 1 replies
Maria Guanipa
excelente novela, deberías de leerla🥰
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