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Renací Para Evitar Mi Final

Renací Para Evitar Mi Final

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Reencarnación / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.

Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.

Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.

Esta vez conserva todos sus recuerdos.

Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.

Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:

No perseguirá al príncipe.

Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.

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21

Thomas desapareció en las sombras como un fantasma, un portador de un futuro que aún no existía, pero que dependía enteramente de su coraje. Mientras su figura se desvanecía, el príncipe Kaelan se irguió, el lastre del duelo siendo reemplazado por el peso de una corona invisible pero inmensa.

—No podemos quedarnos aquí—dijo, su voz ya no la de un príncipe, sino la de un monarca asumiendo el mando—. Este callejón es una tumba esperando a sus ocupantes. Alistair tendrá patrullas por todas partes, buscando no solo a rebeldes, sino a fantasmas.

—¿A dónde vamos, Alteza?—preguntó Marcus, su mano nunca lejos de su espada, sus ojos escudriñando las sombras como si esperaran que Alistair mismo emergiera de ellas.

—No vamos a ningún lugar—respondió Valeria, su voz tranquila pero con una autoridad que hacía que todos se giraran hacia ella—. Somos nosotros. Somos el centro. El imán. Y es aquí donde debe comenzar la confrontación. No huyendo hacia el palacio, sino reclamando la ciudad como nuestro dominio.

El príncipe la miró, y en sus ojos, Valeria vio una comprensión que trascendía las palabras. Entendía que no se trataba de encontrar un lugar seguro. Se trataba de crear uno. Se trataba de transformar la ciudad entera en su salón del trono.

—Tienes razón—dijo Kaelan, su voz ganando fuerza—. Alistair quiere encerrarnos, quiere acorralarnos, quiere convertirnos en fugitivos en nuestro propio reino. No se lo permitiremos. No buscaremos refugio. Lo buscaremos a él. En su propio terreno.

Mientras hablaban, el sonido de las patrullas se acercaba. El ritmo metódico de los cascos sobre las piedras, el susurro de las capas al viento, el glugluteo bajo de los Guardias de la Fe rezando sus cánticos de purificación. No eran soldados; eran una plaga. Una plaga de fervor ciego que se extendía por las venas de la ciudad.

—Necesitamos un símbolo—dijo Valeria, ya cerrando el Libro de los Destinos y guardándolo de nuevo—. Algo que la gente pueda ver. Algo que les diga que el rey no ha huido. Que el rey está con ellos.

Se giró hacia Eleanor —La fuente del Mercado Central—dijo Eleanor—. Es el corazón de la ciudad. Allí es donde la gente se reúne, donde se escuchan las noticias, donde se forja la opinión pública. Si...

—Si el rey aparece allí—terminó Valeria—. No en el trono, sino en el agua. No con una corona, sino con la promesa de un futuro mejor.

El plan era audaz, casi suicida, pero mientras el príncipe lo consideraba, Valeria podía ver la semilla de la posibilidad germinando en su mente. No era un plan militar, pero era un plan real. Y en una guerra como esta, la realidad era más valiosa que la estrategia.

—Hagámoslo—dijo Kaelan, su voz firme—. Pero no solos. Necesitamos aliados. Necesitamos gente que crea en nosotros, no por nuestro linaje, sino por nuestra causa.

—Y yo sé dónde encontrarlos—dijo Marcus, una sonrisa sombría dibujándose en su rostro—. En las profundidades. En los lugares donde la luz del palacio nunca llega. En los tugurios, en los barrios bajos, en los callejones donde los descontentos se reúnen y susurran sobre el cambio.

—¿Y por qué nos seguirían?—preguntó Eleanor, su voz pragmática—.Somos el poder que los ha oprimido durante generaciones.

—Porque no les daremos poder—respondió el príncipe, su voz llena de una convicción que parecía sacada del libro mismo—. Les daremos justicia. Les daremos oportunidades. Les daremos la voz que les han arrebatado. No seremos sus gobernantes. Seremos sus campeones.

Mientras hablaban, se movieron, no huyendo de las patrullas, sino deslizándose a través de las sombras que ellas creaban. La ciudad, antes un tapiz de vida y luz, se había convertido en un laberinto de miedo y sospecha. Las puertas estaban cerradas, las ventanas barradas, y las calles, antes llenas de mercaderes y ciudadanos, estaban ahora vacías, salvo por las figuras encapuchadas de los Guardias de la Fe, que se movían como fantasmas silenciosos, sus cánticos susurrados un contrapunto siniestro al Lamento Real que aún resonaba en la distancia.

Mientras avanzaban, Valeria sentía el libro vibrar, no con urgencia, sino con una extraña sensación de... anticipación. Como si la ciudad misma estuviera conteniendo la respiración, esperando el momento en que el destino se decidiera.

Y entonces, lo vieron. No una patrulla, sino una procesión. Una procesión de Guardias de la Fe, y en el centro de ellos, una figura que hizo que el corazón de Valeria se detuviera. Era Alistair. No encadenado, no humillado, sino vestido con las túnicas blancas y doradas de un sumo sacerdote. Y a su lado, llevando un estandarte, estaba Cassian.

—No puede ser—susurró Eleanor, su mano yendo al cuchillo—. Lo capturamos. Lo vimos huir.

—Lo vimos huir de nosotros—corrigió Valeria, su voz llena de una comprensión aterradora—. No de Alistair. Nunca fue nuestro prisionero. Fue nuestro... distracción. Mientras luchábamos contra su espada, él estaba forjando su corona.

Alistair no estaba solo. Estaba flanqueado por nobles, nobles que Valeria reconocía del Consejo Real. Hombres y mujeres que habían jurado lealtad al rey, pero que ahora parecían hipnotizados por el carisma y la retórica de Alistair. Y detrás de ellos, una multitud de ciudadanos, no forzados, sino... voluntarios. Sus rostros estaban llenos de una fe ciega, una devoción que era tanto hermosa como aterradora.

—Se está moviendo hacia la plaza principal—dijo el príncipe, su voz baja y urgente—. Hacia el mismo lugar donde planeábamos hablar. Pero él no va a hablar. Va a... predicar.

—No podemos dejarlo llegar allí—dijo Marcus, su voz llena de una furia fría—. No podemos dejarlo envenenar las mentes del pueblo.

—No podemos detenerlo con espadas—respondió Valeria, su mente racing, el libro mostrándole un camino, un camino frágil y peligroso, pero un camino no obstante—. Si lo atacamos, se convierte en un mártir. Si lo arrestamos, se convierte en un símbolo de opresión. No podemos luchar contra su fe con fuerza. Tenemos que luchar contra ella con... una fe más grande.

Se acercó al príncipe, sus ojos brillando con una intensidad que parecía desafiar las sombras de la noche. —Alteza, usted es el rey. No por la ley, no por la tradición, sino por el destino. Y un rey no se esconde en las sombras. Un rey no huye de una batalla. Un rey... lidera.

El príncipe la miró, y en sus ojos, Valeria vio el momento en que el chico murió por completo y el rey nació. No una transición, sino una transformación. Un renacimiento forjado en el fuego de la traición y la necesidad.

—Tienes razón—dijo Kaelan, su voz ya no la de un príncipe, sino la de un rey—. No voy a huir. Voy a enfrentarlo. No como un rival, sino como lo que soy: el legítimo gobernante de este imperio.

Se quitó la capa que lo identificaba como un noble, revelando una túnica simple, pero de un tejido y un corte que hablaban de una calidad que el dinero no podía comprar. Luego, se giró hacia Marcus y Eleanor, su mirada no la de un comandante a sus soldados, sino la de un rey a sus consejeros.

—Marcus, ve a los barrios bajos. No para reclutar un ejército, sino para encontrar aliados. Encuentra a los líderes de los gremios, a los cabezas de familia, a la gente que el pueblo respeta. Diles que el rey los necesita. Diles que el futuro del imperio depende de ellos.

—Eleanor, ve a la Casa de los Pergaminos. No para encontrar pruebas, sino para encontrar historia. Encuentra los registros antiguos, las leyendas de los primeros reyes, las profecías que hablaban de un linaje bendecido por los dioses. Necesitamos armas, pero nuestras armas no serán espadas. Serán historias. Serán verdades.

—Y yo—dijo, volviéndose hacia Valeria, su mirada intensa—. Iré a la fuente del Mercado Central. No solo para hablar, sino para escuchar. Para escuchar al pueblo. Para entender sus miedos, sus esperanzas, sus necesidades. Un rey que no escucha a su gente no es un rey. Es un tirano.

Mientras hablaban, la procesión de Alistair se acercaba, sus cánticos creciendo en volumen, una marea de fervor que amenazaba con ahogar todo a su paso.

—Tenemos que movernos—dijo Valeria, su voz baja y urgente—. Ahora.

Se separaron, no con la tristeza de una despedida, sino con la determinación de una misión. Marcus y Eleanor se deslizaron en las sombras, desapareciendo en los laberintos de la ciudad, mientras Valeria y el príncipe se movían en la dirección opuesta, hacia el corazón del mercado, hacia el lugar donde el destino del imperio se decidiría no con espadas, sino con palabras.

Mientras caminaban, Valeria sentía el peso del libro, no como una carga, sino como una responsabilidad. No era solo un libro de profecías o un registro del pasado. Era un testamento. Un testamento de la fe, la esperanza y la determinación de los que habían venido antes. Y era su deber, su sagrado deber, asegurar que ese testamento se entregara a las manos correctas.

Llegaron al mercado, no con el estruendo de una entrada real, sino con el silencio de fantasmas. La fuente, normalmente un lugar de alegría y bullicio, estaba ahora silenciosa, su agua reflejando la luz de la luna como un espejo de plata. Y alrededor de ella, las tiendas cerradas, los puestos vacíos, las calles desiertas, como si la ciudad misma estuviera de luto.

Pero no estaban solos. En las sombras, Valeria podía ver figuras. No los Guardias de la Fe, sino ciudadanos. Gente común, con rostros marcados por el miedo y la incertidumbre, pero también por una curiosidad que no podía ser sofocada. Gente que había venido a ver, a escuchar, a esperar.

El príncipe se acercó a la fuente, no con la arrogancia de un noble, sino con la humildad de un peregrino. Se arrodilló, no para rezar, sino para tocar el agua, para sentir la conexión con la ciudad que ahora era su responsabilidad.

—No soy un orador—dijo, su voz resonando en el silencio de la plaza, no con el poder de un rey, sino con la sinceridad de un hombre—. No tengo las palabras elegantes de un cortesano, ni la retórica de un sacerdote. Solo tengo la verdad.

Se levantó, volviéndose hacia las figuras en las sombras, su mirada no la de un gobernante a sus súbditos, sino la de un hijo a su familia.

—Mi padre ha muerto—dijo, y las palabras, aunque simples, parecían tener el peso de una montaña—. Y el imperio está de luto. Pero el luto no debe ser una excusa para el miedo. No debe ser una oportunidad para la ambición.

Mientras hablaba, más figuras emergían de las sombras, atraídas no por la promesa de un espectáculo, sino por la autenticidad de su dolor.

—Hay hombres en este imperio que verían la muerte de mi padre como una chance para tomar el poder—continuó el príncipe, su voz ganando fuerza—. Hombres que usarían la fe como un arma, que usarían el miedo como una herramienta, que usarían vuestra devoción como un escalón hacia el trono. Hombres como Lord Alistair.

El nombre, pronunciado en el silencio de la plaza, pareció tener un poder propio. Un poder que hizo que algunas figuras retrocedieran, y otras se acercaran.

—Alistair os hablará de purificación—dijo el príncipe, su voz resonando con una convicción que parecía sacada del libro mismo—. Os hablará de un imperio más fuerte, más puro, más justo. Pero sus palabras son como el veneno: dulces al principio, pero mortales al final. No busca purificar el imperio. Busca purificarlo de aquellos que se interponen en su camino. Busca purificarlo de vosotros.

Mientras hablaba, Valeria sintió una extraña energía emanar del libro, una energía que parecía conectar con el príncipe, con la gente, con la misma agua de la fuente. Y supo, con una certeza que trascendía la lógica, que su plan loco podría, después de todo, funcionar.

—Pero yo—dijo el príncipe, su voz ahora no la de un rey, sino la de un campeón—. Yo no os hablaré de purificación. Os hablaré de renovación. No os hablaré de fuerza, sino de comunidad. No os hablaré de justicia, sino de equidad.

Se acercó al borde de la fuente, su mirada recorriendo las caras de la gente, viendo no una multitud, sino individuos, con sus miedos y esperanzas, con sus sueños y pesadillas.

—Soy vuestro rey—dijo, y las palabras, aunque simples, parecían tener el poder de remodelar el mundo—. No porque mi sangre sea más real que la vuestra, sino porque mi juramento es. Y mi juramento no es a la corona, ni al poder, ni a la tradición. Mi juramento es a vosotros. A este imperio. A este pueblo.

Y mientras las palabras salían de sus labios, Valeria sintió el libro vibrar con una intensidad que casi la hizo caer. Vio futuros posibles, corrientes de tiempo que se bifurcaban y volvían a unirse. Vio al príncipe, no en un trono, sino en el mercado, hablando no a nobles, sino a ciudadanos. Vio un imperio no unificado por la fuerza, sino por la fe. Vio un futuro no de sangre y fuego, sino de esperanza y renovación.

Pero también vio otro futuro. Un futuro donde las palabras del príncipe se perdían en el rugido de la multitud, donde la fe ciega de los Guardias de la Fe ahogaba la razón, donde Alistair, no como un Lord Protector, sino como un Rey Sumo, erguía su estandarte sobre las ruinas humeantes del imperio.

Y en ese momento, Valeria supo que la batalla que estaba a punto de librar no era solo por el trono. Era por el alma misma de la humanidad. Por la elección entre la fe ciega y la razón, entre la autoridad y la comunidad, entre el pasado y el futuro.

Y mientras el príncipe continuaba hablando, su voz resonando en la noche como un faro de esperanza en un mar de oscuridad, Valeria se preparó para la verdadera batalla. La batalla que no se libraría con espadas, sino con corazones. La batalla que decidiría no solo quién gobernaría el imperio, sino qué significaba, en realidad, ser humano.

1
Dora Guzman Pacherres
Cada capítulo más interesante sabes tejer las intrigas y nos dejas con un suspenso de querer más y más.
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