En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 17
Después de dos días enteros investigando sobre la poción de fertilidad utilizando todos los libros que pudo encontrar en la biblioteca del ducado, Xenia tuvo que aceptar una realidad bastante frustrante: no había encontrado absolutamente nada útil.
Los textos hablaban de hierbas medicinales, tratamientos para enfermedades, algunas fórmulas alquímicas antiguas e incluso supersticiones absurdas que prometían toda clase de milagros, pero ninguna explicación sólida que pudiera servirle como base para sus experimentos.
Aquello solo logró despertar aún más su curiosidad.
Si el ducado no tenía los conocimientos que necesitaba, entonces solo quedaba un lugar.
El palacio imperial.
Esa misma noche redactó una carta formal solicitando permiso para consultar la biblioteca real. La respuesta llegó a la mañana siguiente.
El emperador Leonhart Viremont le concedía acceso completo.
Y además añadía una pequeña nota al final.
"Puedes venir cuando quieras. Pero no olvides traerme algo interesante."
Xenia soltó un largo suspiro al terminar de leerla.
—¿Acaso cree que fabrico pociones como si fueran pan? —murmuró para sí misma.
Aun así, preparó una pequeña botella que había terminado recientemente y se dispuso a partir.
Como consecuencia del secuestro, Viktor había reforzado considerablemente su seguridad, por lo que una escolta de guardias la acompañó durante todo el trayecto hasta el palacio.
Una vez allí fue conducida directamente al salón del trono.
Tal como esperaba, Leonhart parecía estar aguardándola.
O más exactamente, aguardando el regalo.
Los ojos dorados del emperador se iluminaron apenas la vio entrar.
—¡Xenia!
La joven avanzó con elegancia por la enorme sala antes de realizar una impecable reverencia.
—Su Majestad, Sol del Imperio. Xenia Edevane presenta sus respetos.
—Sí, sí, muy bien. Ahora dime, ¿qué me trajiste?
Xenia ya ni siquiera se sorprendió.
Le extendió la pequeña botella de cristal.
—Una poción experimental.
—¿Qué hace?
—Cambia temporalmente el color del cabello.
Los ojos del emperador brillaron.
—¿En serio?
—Sí.
—Maravilloso.
La sonrisa que apareció en el rostro del hombre hizo que varios sirvientes bajaran discretamente la cabeza.
Xenia comenzaba a sospechar que el emperador disfrutaba de sus experimentos incluso más que ella.
Después de conversar unos minutos, Leonhart finalmente permitió que las doncellas la acompañaran hasta la biblioteca.
Y cuando Xenia cruzó aquellas enormes puertas dobles, se quedó completamente inmóvil.
La sala era gigantesca.
Estanterías que parecían tocar el techo se extendían en todas direcciones. Miles y miles de libros descansaban cuidadosamente ordenados bajo la luz que entraba por los enormes ventanales.
Por un instante olvidó incluso respirar.
—Increíble...
Las doncellas sonrieron al verla.
Era la misma reacción que tenían casi todos los visitantes.
Sin perder tiempo, Xenia comenzó su búsqueda.
Primero consultó tratados de botánica.
Después libros de alquimia avanzada.
Más tarde textos antiguos sobre magia curativa.
Y cuando terminó con esos, pasó a revisar registros médicos de siglos anteriores.
Poco a poco fue encontrando información interesante.
Algunas plantas que jamás había visto.
Métodos antiguos de extracción.
Propiedades mágicas extrañas.
Ideas que comenzó a anotar rápidamente en su cuaderno.
Tan concentrada estaba que el tiempo desapareció por completo.
Las horas pasaron sin que lo notara.
El sol comenzó a descender lentamente.
La biblioteca se volvió más silenciosa.
Y aun así ella continuó leyendo.
Hasta que una voz sonó de repente junto a su oído.
—Xenia.
El susurro fue tan repentino que un escalofrío recorrió toda su espalda.
Xenia soltó un pequeño grito ahogado mientras cerraba el libro de golpe.
Volteó rápidamente al escuchar aquella voz tan cerca de ella y terminó encontrándose cara a cara con Clark. Estaban tan próximos que apenas unos centímetros separaban sus rostros. Durante un instante ambos se quedaron inmóviles, observándose directamente a los ojos, hasta que Xenia fue la primera en reaccionar, frunciendo el ceño con evidente molestia.
—¿Está loco? ¿Piensa matarme de un susto? —espetó mientras lo miraba fijamente.
Clark no pareció sentirse culpable en lo más mínimo. Por el contrario, una sonrisa divertida apareció en sus labios.
—Claro que no. Solo quería sorprenderte.
—La próxima vez avise, por favor.
—Lo tendré en cuenta.
Xenia no creyó ni una sola palabra.
Con un suspiro resignado, volvió su atención al libro que tenía abierto frente a ella. Clark, por su parte, tomó asiento en la silla vacía del otro lado de la mesa sin siquiera preguntar si podía hacerlo.
Durante unos segundos reinó el silencio.
O al menos para Xenia.
Porque Clark se dedicó a observarla.
La forma en que leía.
La velocidad con la que pasaba las páginas.
La manera en que tomaba apuntes.
Incluso la pequeña arruga que aparecía entre sus cejas cuando algo le parecía interesante.
Finalmente, fue él quien rompió el silencio.
—¿Cuántas horas llevas aquí?
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Entonces unas cuantas.
—¿Comiste?
Xenia levantó la vista del libro.
—¿Qué?
—Pregunté si comiste.
—Sí.
Clark arqueó una ceja.
—¿Cuándo?
Xenia abrió la boca para responder.
Y volvió a cerrarla.
Porque sinceramente no lo recordaba.
El príncipe soltó una pequeña risa.
—Tal como imaginaba.
—Estoy ocupada.
—Y también estás olvidando necesidades básicas.
—No exageres.
—Xenia, llevas horas aquí encerrada.
—Estoy investigando.
— ¿Que estás investigando?
Xenia dudó unos segundos.
—Una poción de fertilidad.
El príncipe quedó inmóvil.
—¿Una qué?
—Una poción de fertilidad.
—...
—...
—No voy a preguntar.
—Excelente decisión.
Clark carraspeó.
—Definitivamente no voy a preguntar.
—Perfecto.
—Aunque ahora tengo muchas preguntas.
Xenia se masajeó las sienes.
Por alguna razón sentía que aquella investigación iba a volverse muchísimo más complicada desde el momento en que Clark había aparecido
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