Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Duque Reed 1
Dos días después, la Mansión Dupont se encontraba sumida en una actividad frenética.
Porque aquel día...
Vesta Dupont iba a visitar la Mansión Reed.
Y nadie sabía si preocuparse o resignarse.
—Señorita, por favor, permanezca quieta.
—Lo intento.
—No, está moviendo el pie.
—Porque estoy nerviosa.
—Está sonriendo demasiado.
—Porque estoy feliz.
—Y también está tarareando.
Vesta parpadeó inocentemente.
—¿Eso es un crimen?
Las doncellas intercambiaron miradas.
No.
Pero definitivamente era una señal de peligro.
Finalmente estuvo lista.
Vesta se contempló frente al espejo.
Llevaba un hermoso vestido color magenta que resaltaba el verde brillante de sus ojos.
Su largo cabello rubio había sido cuidadosamente trenzado, cayendo elegantemente sobre uno de sus hombros.
Una capa del mismo tono descansaba sobre sus hombros para protegerla del frío de Sunderland.
Y sus zapatos hacían juego perfectamente.
Giró una vez frente al espejo.
Luego otra.
Y una tercera.
—Estoy preciosa.
Las doncellas sonrieron.
Porque era cierto.
No había ostentación exagerada.
Simplemente...
Vesta lucía radiante.
Y, más importante aún, feliz.
—¿Lista, señorita?
Vesta tomó aire.
Y sonrió.
—Lista.
[A conocer al atractivo león de Sunderland.]
Cuando llegaron finalmente a la mansión Reed, Vesta vio que era impresionante.
Mucho más imponente de lo que había imaginado.
Muros altos.
Piedra oscura.
Guardias impecablemente entrenados.
Y, por todas partes, el emblema rojo de la familia Reed.
Un león majestuoso.
Fuerte.
Imponente.
Vesta observó los estandartes.
Luego miró la enorme residencia.
Y sonrió para sí misma.
[He llegado a la cueva del atractivo león.]
La doncella a su lado hizo como si no hubiera escuchado nada.
Aunque ya no estaba segura de querer saber qué ocurría dentro de la mente de su señorita.
Los sirvientes de los Reed la recibieron con una impecable cortesía.
—Señorita Dupont.
—Bienvenida a la Mansión Reed.
Vesta respondió con una sonrisa amable.
Y poco después fue guiada hasta uno de los salones.
Entró sola.
Y apenas cruzó la puerta, sus ojos se agrandaron.
Rojo.
Todo era rojo.
Los sillones.
Las cortinas.
Los detalles decorativos.
Las alfombras.
Los cojines.
Incluso pequeños adornos parecían seguir aquella misma paleta.
Vesta miró alrededor.
Luego volvió a mirar.
Y finalmente comentó en voz alta, completamente fascinada:
—¿Le gustará tanto el rojo que hasta su habitación tendrá ese color?
—Sí.
La voz masculina respondió desde la entrada.
Vesta dio un pequeño salto.
Giró rápidamente.
Y allí estaba él.
El duque Reed.
Alto.
Impecablemente vestido.
Con aquella presencia tranquila y segura que parecía llenar la habitación.
Los ojos oscuros del hombre la observaban con aparente serenidad.
Y las comisuras de sus labios mostraban apenas un rastro de diversión.
Vesta sintió que se calentaban sus mejillas.
[Por favor.]
[No te sonrojes tan rápido.]
Se aclaró la garganta.
—Entonces realmente le gusta mucho el rojo.
El duque inclinó ligeramente la cabeza.
—Supongo que es una costumbre familiar.
Vesta sonrió.
—Debe ser difícil perder algo dentro de esta mansión.
El hombre soltó una pequeña risa.
Y aquella breve muestra de humor bastó para desarmar nuevamente parte de la compostura de Vesta.
[¡Está riéndose!]
[¡Y sigue siendo guapo cuando lo hace!]
El duque se acercó unos pasos.
Sus ojos se detuvieron brevemente en el vestido magenta.
—Ese color le sienta bien, señorita Dupont.
Vesta abrió ligeramente los ojos.
Y luego sonrió con satisfacción.
—Gracias.
Inclinó un poco la cabeza.
—Usted también luce muy bien, duque Reed.
El hombre arqueó apenas una ceja.
—Es muy directa.
—¿Eso es malo?
Lo observó con sus brillantes ojos verdes.
El duque permaneció en silencio unos segundos.
Finalmente respondió..
—Es inusual.
Vesta sonrió.
—Entonces espero que no le desagrade.
Por un instante, el silencio se instaló entre ambos.
No era incómodo.
Simplemente...
Curioso.
Como si estuvieran intentando entender a la persona frente a ellos.
El duque la observaba con discreta atención.
Aquella joven noble no se comportaba como las demás.
No parecía interesada en impresionar mediante refinados juegos sociales.
No ocultaba fácilmente sus pensamientos.
Y sus expresiones cambiaban con una sinceridad casi infantil.
Era difícil no notar cuando estaba emocionada.
O nerviosa.
O feliz.
Y aquello le resultaba inesperadamente agradable.
Finalmente, el duque habló.
—Pasemos.
Los ojos de Vesta brillaron.
[¿Pasemos?]
[¿A dónde?]
[¿Será que su habitación...?]
[Eso fue rápido y efectivo.. perfecto]
Se puso inmediatamente de pie.
Con una expresión llena de entusiasmo.
El duque observó aquella reacción exageradamente ilusionada.
Y luego comprendió.
La miró durante un segundo.
Y comentó con tranquilidad..
—Al jardín.
El entusiasmo de Vesta disminuyó visiblemente.
—...¿Al jardín?
—Sí.
Hubo un breve silencio.
La sonrisa de Vesta permaneció.
Pero claramente no con la misma intensidad de hace apenas unos segundos.
El duque la observó.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo que contener una sonrisa más evidente.
Porque la decepción en el rostro de Vesta era absolutamente transparente.
Como la de una niña que esperaba una gran aventura misteriosa y descubría que primero debía pasar por una elegante merienda.
—¿Hay algún inconveniente con el jardín? —preguntó él.
Vesta recuperó inmediatamente la compostura.
—¡Ninguno!
Luego añadió con honestidad..
—Simplemente imaginé algo más.. privado..
El duque finalmente sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Ladina.
Genuina.
—¿Más privado?
Vesta se llevó una mano al pecho.
—Su reputación, los leones rojos, la mansión imponente... pensé que quizas habia algo mas..
Lo miró con absoluta sinceridad.
—Uno desarrolla expectativas.
Los ojos oscuros del hombre mostraron un destello divertido.
—Lamento decepcionarla.
—Todavía no estoy decepcionada.
La respuesta salió tan rápido que incluso Vesta tardó un segundo en darse cuenta de lo que había dicho.
Se ruborizó ligeramente.
Pero sostuvo su mirada.
—Después de todo.. apenas estamos comenzando a conocernos.
El duque Reed la observó en silencio.
Y aquella joven de vestido magenta, que había acudido para agradecerle una ayuda y terminaba hablando con una naturalidad desconcertante, volvió a llamar su atención.
Entonces extendió ligeramente la mano en dirección a la puerta que conducía al jardín.
—En ese caso, señorita Dupont...
Su voz grave conservaba aquella calma inquebrantable.
—Permítame mostrarle algo menos privado de lo que le hubiese gustado..
Vesta aceptó acompañarlo.
Y mientras caminaban juntos hacia el jardín donde el té los esperaba entre rosales cubiertos por el frío de Sunderland, no pudo evitar pensar..
[Papá estaría orgulloso de mi proyecto de la escuela..]
[Vincent dijo que maduré..]
[Y estoy intentando convertirme en una mejor persona.]
Miró discretamente al hombre que caminaba a su lado.
Y sonrió para sí misma.
[Pero me alegra mucho que madurar no signifique dejar de emocionarme por conocer a un duque terriblemente atractivo.]
Y, por alguna razón, la pequeña sonrisa que apareció en los labios del duque Reed le hizo sospechar que aquella visita sería mucho más interesante de lo que ambos habían esperado.